Me levanté acalorada y vi clara la llegada del verano. Dieciocho días, poco más de dos semanas y todo acabaría. Terminaría tras cuatro años llenos de todo tipo de experiencias. Llegaría a su fin avisando previamente, pero sin anestesia.
Aún no tengo claro si estoy preparada para vivir el último día, el último minuto. No sé si podré pisar la última baldosa, esa que me lleve al exterior de ese edificio que me ha estado dando la bienvenida durante más de diez años. No importa si no lo estoy, deberé hacerlo en demasiado poco tiempo. Parece que fue ayer cuando tenía mi primera clase de Latín, cuando hicimos la primera guardería que nos daría dinero para ese viaje a Roma.
Voy más allá y parece que sigo estando en el avión que me llevó a Heidelberg, en el que me hizo poner mis pies en Londres o en el instante en el que pisé mi clase de 1º de ESO por primera vez. Queriendo disfrutar de cada instante, incluso ansiando llegar de una vez a mi curso actual y liberarme de esas clases que tanto odiaba, esas de ciencias de las que quería olvidarme.
Algo nuevo nos espera ahí fuera, en el exterior. Algunas cosas serán buenas, otras malas. Sea como sea, no puedo evitar que un nudo se quedé en mi estómago cada vez que pienso en ese primero minuto en un nuevo lugar. Tampoco puedo quitarme el de la garganta cuando se me viene a la cabeza el instante de la despedida. Estoy casi segura de que las lágrimas acompañarán esos momentos. Sí, lo estoy positivamente.
Años atrás adoraba la llegada del verano, a pesar de ser chica de invierno, me encantaba levantarme por la mañana y no tener nada que hacer. Ahora mismo tengo sentimientos encontrados, sigo esperando el verano y sus vacaciones con ganas. Sin embargo, algo cambia cuando pienso que no será como anteriormente, que cuando ese momento llegue no podré esperar a septiembre para verlo todo igual que tres meses atrás. Que, cuando ese mes llegue, me tocará adaptarme a algo diferente, a un lugar distinto. Deberé empezar de cero.
Tengo ganas de conocer gente nueva, pero no quiero dejar atrás a otros que me han dado tantísimo estos años. Me apetece salir del barrio, lo que pasa es que eso significa la despedida definitiva. Espero que el fin no sea tan drástico y que esa gente que me ha demostrado tanto no se vaya totalmente de mi vida. Sé que me estoy poniendo ñoña, también lo supe nada más comenzar la entrada, durante esa primera letra.
No hay muchas formas de expresar esos años que he pasado en su compañía, es sumamente díficil escribirlo todo en esta diminuta entrada, resumir cada instante en tan pocas líneas. Porque para esto las oraciones se quedan cortas. También lo hacen las ideas, sé perfectamente lo que ha significado para mi todo este tiempo, lo que no sé tan bien es que palabras debo usar para expresarlo. Ha sido tanto y se ha pasado tan rápido.
Es que aún recuerdo cuando en ese primer curso veía tan lejos el final, cuando simplemente deseaba que el tiempo pasase, que pasase rápido y llegase lo que ya he nombrado, las vacaciones de verano. También me acuerdo de los profesores, de las primeras clases. De lo que aprendí en esos días en los que parecíamos bebés inspeccionando ese nuevo mundo.
Al igual que recuerdo ese principio, sé que mi mente guardará el final para siempre. Porque merecerá la pena vivirlo solo para poder guardar un gran recuerdo de estos años. Sé que me quedo corta, lo sé. La explicación es que se hace demasiado complicado expresar todo lo que siento al pensar en ese momento. Probablemente lo mejor sea terminar esta entrada despidiéndome de todos, agradeciéndoos todo. Eso haré.
¡Muchas gracias y hasta siempre!
PD. He decidido que cerraré este blog al terminar el curso, abriré otro en verano. El que quiera tener la dirección solo debe pedírmela. Así mantendremos el contacto.
lunes, 6 de junio de 2011
viernes, 3 de junio de 2011
In Memoriam
Siento las gotas de agua golpear los cristales con fuerza, a la misma vez observo como las parejas saltan los charcos con sus risas irreversibles. Mi respiración empaña la ventana de manera irregular, creándome la necesidad de dibujar un corazón en esa zona. Con la cabeza apoyada en la ventana, la mente en otra parte. Donde normalmente está, en esa última noche. En ese coche estropeado. En ese impuntual taller.
Porque aún no te perdono que no me despertases para desayunar contigo, que no me pidieses que te llevase yo al trabajo, aún no te lo perdono. Que me debes un café, un desayuno en la cama, un beso. O miles. Y no se me olvidan, me los debes.
Mientras mi mirada se pierde entre los edificios y rascacielos del precioso Madrid en el que vivimos. Sí, en plural. A la vez que siento el suelo de madera bajo mis pies y me resguardo del invierno con una chaqueta de lana de una talla más grande de lo que necesito, espero oir tus llaves en la puerta y tus pasos en el parqué. Tu voz salundándome y tu sonrisa pidiéndome un beso. Sigo esperando.
Te echo de menos, mucho. Echo de menos tus caricias, tus historias, tus preocupaciones. Hace ya siete años desde esa mañana en la que se me olvidó ponerme el despertador para llevarte a trabajar. Tu no querías, de hecho creo que tuviste que ver en que no sonase. En que las sábanas me dejaron pegada a la cama. Te culparé toda la vida por ello en un desesperado intento por liberarme de la rabia. Llueve fuera, también lo hace dentro, aunque de manera oculta y calmada. Aprendí con los años.
No me aparto, no me muevo un milímetro, estoy a gusto como hace demasiado tiempo que no lo estaba. Este era nuestro rincón, paso mis tardes aquí. Ni quiero ni puedo evitarlo. Allí pasamos esa última noche, allí contamos estrellas en esta ciudad llena de polución, allí seguiré pasando las tardes, frente al gran ventanal del salón.
Me preguntaré toda mi vida por qué saltaste el metro que hay a poco más de dos calles de nuestro portal. Qué te hizo pasar de largo por la parada de autobús y cómo pudiste ser tan despistado como para olvidarte el monedero, no permitiéndote pedir un taxi. Desconozco el motivo por el que ni siquiera cogiste las llaves de mi coche, te habría permitido usarlo sin problemas.
La lluvia aumenta y veo como un hombre moreno corre desesperadamente para llegar a los soportales. Se parece a ti, como tantos otros. Me ha parecido verte tantas veces en estos años, demasiadas. Nadie me cree, tampoco yo misma lo hago, pero te he visto. Y siempre me haces recordar ese último primer beso.
Me desperté sola, encendí la televisión y la dejé abandonada en el salón. Me preparé el desayuno mientras hacia como si escuchase las noticias. Volví en busca del sofá con el tazón entre mis manos. Lo vi, lo vi en la televisión y no caí en la cuenta, no caí. Un mal presentimiento me sobrevino cuando procesé la información que el avance informativo daba. Te llamé, te llamé mil veces. Las llamadas perdidas aún siguen esperando para ser atendidas. Esa mañana me levanté sola, me desperté con las noticias y te insulté, te grité, te pedí explicaciones.
¿Por qué? Pues porque aún no entiendo lo que te hizo coger el tren ese maldito once de marzo.
Porque aún no te perdono que no me despertases para desayunar contigo, que no me pidieses que te llevase yo al trabajo, aún no te lo perdono. Que me debes un café, un desayuno en la cama, un beso. O miles. Y no se me olvidan, me los debes.
Mientras mi mirada se pierde entre los edificios y rascacielos del precioso Madrid en el que vivimos. Sí, en plural. A la vez que siento el suelo de madera bajo mis pies y me resguardo del invierno con una chaqueta de lana de una talla más grande de lo que necesito, espero oir tus llaves en la puerta y tus pasos en el parqué. Tu voz salundándome y tu sonrisa pidiéndome un beso. Sigo esperando.
Te echo de menos, mucho. Echo de menos tus caricias, tus historias, tus preocupaciones. Hace ya siete años desde esa mañana en la que se me olvidó ponerme el despertador para llevarte a trabajar. Tu no querías, de hecho creo que tuviste que ver en que no sonase. En que las sábanas me dejaron pegada a la cama. Te culparé toda la vida por ello en un desesperado intento por liberarme de la rabia. Llueve fuera, también lo hace dentro, aunque de manera oculta y calmada. Aprendí con los años.
No me aparto, no me muevo un milímetro, estoy a gusto como hace demasiado tiempo que no lo estaba. Este era nuestro rincón, paso mis tardes aquí. Ni quiero ni puedo evitarlo. Allí pasamos esa última noche, allí contamos estrellas en esta ciudad llena de polución, allí seguiré pasando las tardes, frente al gran ventanal del salón.
Me preguntaré toda mi vida por qué saltaste el metro que hay a poco más de dos calles de nuestro portal. Qué te hizo pasar de largo por la parada de autobús y cómo pudiste ser tan despistado como para olvidarte el monedero, no permitiéndote pedir un taxi. Desconozco el motivo por el que ni siquiera cogiste las llaves de mi coche, te habría permitido usarlo sin problemas.
La lluvia aumenta y veo como un hombre moreno corre desesperadamente para llegar a los soportales. Se parece a ti, como tantos otros. Me ha parecido verte tantas veces en estos años, demasiadas. Nadie me cree, tampoco yo misma lo hago, pero te he visto. Y siempre me haces recordar ese último primer beso.
Me desperté sola, encendí la televisión y la dejé abandonada en el salón. Me preparé el desayuno mientras hacia como si escuchase las noticias. Volví en busca del sofá con el tazón entre mis manos. Lo vi, lo vi en la televisión y no caí en la cuenta, no caí. Un mal presentimiento me sobrevino cuando procesé la información que el avance informativo daba. Te llamé, te llamé mil veces. Las llamadas perdidas aún siguen esperando para ser atendidas. Esa mañana me levanté sola, me desperté con las noticias y te insulté, te grité, te pedí explicaciones.
¿Por qué? Pues porque aún no entiendo lo que te hizo coger el tren ese maldito once de marzo.
lunes, 30 de mayo de 2011
Jazz, jazz, jazz...
Hace demasiado tiempo desde la última vez que escuché una canción de jazz, casi podría decir que el suficiente como para no recordarlo. Puedo asegurar que, en su momento, fue un estilo que detesté con todas mis fuerzas. No entiendo por qué. El caso es que esa fue la época del pop, del instrumento contínuo en el fondo, de la tecnología, de esas cosas que es tan fácil que te gusten y que se quedan dando vueltas en tu cabeza sin pedirte permiso antes.
Un día del mes de abril. Una tarde perfecta de lluvia, de esas en las que el olor a mojado se te cuela por las ventanas y no quieres dejar de percibirlo. Fue en una de estas en la que redescubrí el jazz, creo que fue el mejor momento para hacerlo. Ni antes ni después, ahora; porque en este momento el jazz es mi estilo. Me gusta su musicalidad, su sencillez, me gusta la voz del cantante sin adulterar o incluso, a veces, me interesa la canción sin cantante alguno.
El pop sigue presente en mi vida ¡Cómo para no estarlo! Pero ha llegado a convertirse en un segundo plano, algo que pensé que jamás ocurriría. Antes, cuando me preguntaban cual era mi estilo de música favorita, yo respondía que el pop. Ahora, desde la relativa lejanía, confesaré que en realidad no tenía estilo favorito, que si decía pop era porque eso ocupaba mis oídos casi todo el día, que mi segunda respuesta era "Ninguna en especial, me gusta la música " Y me quedaba tan a gusto.
Siempre deseé encontrar el estilo que me gustase, una vez lo he encontrado, creo que si lo he hecho ha sido porque es el momento. No hablo de destino, no hablo de futuro escrito, hablo de evolución. Porque puede que sea para mal o para bien, eso no lo sé, el caso es que no soy la misma. Ni yo ni mis gustos.
Que ya no me conformo, que si de mi depende prefiero lo especial, que me gusta lo diferente y que esto es lo que representa para mi el jazz. Música tranquila, música armoniosa, música que facilita el cambiar de mundo al que te apetezca en ese momento. En general, música. Seguramente, mis dudas anteriores se debieran a que los estilos cambian según el momento en el que te encuentres, pero si ahora no tengo esas dudas es porque sé que en cualquier circunstancia una canción de jazz sería perfecta. Otras también, sin embargo nunca rechazaría el jazz.
De todas formas, el pop seguirá interrumpiéndome sin preguntar y la mayoría de sus canciones se quedarán en mi cerebro, las letras pasearán por donde les apetezca y lo comercial será más conocido que ningun otro tipo de música. Aún así, seguiré buscando en internet, cambiando el estilo, haciendo lo posible por encontrar otros estilos...
Porque prefiero el jazz al pop...
Un día del mes de abril. Una tarde perfecta de lluvia, de esas en las que el olor a mojado se te cuela por las ventanas y no quieres dejar de percibirlo. Fue en una de estas en la que redescubrí el jazz, creo que fue el mejor momento para hacerlo. Ni antes ni después, ahora; porque en este momento el jazz es mi estilo. Me gusta su musicalidad, su sencillez, me gusta la voz del cantante sin adulterar o incluso, a veces, me interesa la canción sin cantante alguno.
El pop sigue presente en mi vida ¡Cómo para no estarlo! Pero ha llegado a convertirse en un segundo plano, algo que pensé que jamás ocurriría. Antes, cuando me preguntaban cual era mi estilo de música favorita, yo respondía que el pop. Ahora, desde la relativa lejanía, confesaré que en realidad no tenía estilo favorito, que si decía pop era porque eso ocupaba mis oídos casi todo el día, que mi segunda respuesta era "Ninguna en especial, me gusta la música " Y me quedaba tan a gusto.
Siempre deseé encontrar el estilo que me gustase, una vez lo he encontrado, creo que si lo he hecho ha sido porque es el momento. No hablo de destino, no hablo de futuro escrito, hablo de evolución. Porque puede que sea para mal o para bien, eso no lo sé, el caso es que no soy la misma. Ni yo ni mis gustos.
Que ya no me conformo, que si de mi depende prefiero lo especial, que me gusta lo diferente y que esto es lo que representa para mi el jazz. Música tranquila, música armoniosa, música que facilita el cambiar de mundo al que te apetezca en ese momento. En general, música. Seguramente, mis dudas anteriores se debieran a que los estilos cambian según el momento en el que te encuentres, pero si ahora no tengo esas dudas es porque sé que en cualquier circunstancia una canción de jazz sería perfecta. Otras también, sin embargo nunca rechazaría el jazz.
De todas formas, el pop seguirá interrumpiéndome sin preguntar y la mayoría de sus canciones se quedarán en mi cerebro, las letras pasearán por donde les apetezca y lo comercial será más conocido que ningun otro tipo de música. Aún así, seguiré buscando en internet, cambiando el estilo, haciendo lo posible por encontrar otros estilos...
Porque prefiero el jazz al pop...
lunes, 23 de mayo de 2011
Underwood Girls
Los tacones resuenan en las baldosas de mármol que adornan esa fría sala en la que hace meses que trabaja. Le encanta ese sonido unido con el de las máquinas de escribir que se oyen contínuamente en la habitación, presumiblemente debido a que está rodeada de mecanógrafas. Sí, en su totalidad mujeres.
Todas iguales, uniformadas sin uniforme, elegantes sin elegancia, obligadas sin obligación. Parece que les gusta dejarse llevar por lo dictado. Los vestidos con falda de tubo con los que puedes bajar la vista hasta justo debajo de las rodillas y en los que los franceses marcan las mangas abundan en la estancia. Dejarán el vuelo para sus fines de semana en el campo, como lo haría cualquier madre que merezca la pena en esta época.
Me muevo por el lugar en busca de mi máquina Underwood para mecanografiar lo debido mientras observo a todas y cada una de las copias que me rodean. Seguramente yo sea otra de ellas, pero por lo menos no me coloco un vestido gris en forma de tubo mañana a mañana. Eso ya me hace sentir especial, suene o no prepotente. Ellas, que tienen marido y tres hijos, al menos uno o dos rubios. Ellas, que dedican su tiempo libre a cocinar pastel de manzana o arándanos. Ellas, americanas de los años cincuenta.
Observo sus peinados, exageradamente rizados. Sí, ellas también son en su mayoría rubias, alguna privilegiada puede contemplar su pelo castaño frente al espejo cada día, pero son raras. Esos peinados, decía, esa permanente que les ha costado largos minutos de espera, eso marca su estilo. Algunas quieren sentirse especiales poniéndose unos guantes que les llegan a las muñecas, a juego con el vestido, por supuesto. Aún así, el color solo puede verse en la avenida, asomándose a las ventanas que dan a las grandes calles, plagadas de Corvettes brillantes y rojos. A la gente le gusta lo llamativo, o eso parece.
Miro mi reloj para comprobar que es mi hora de comer, cojo mi ficha y la meto en la perforadora para que conste mi salida. Una vez fuera, con mis zapatos taconeando en el suelo de la calle, me coloco las gafas de sol y me enlazo el pelo con un pañuelo que anime mi atuendo algo más. Soy una excéntrica de época, para qué negarlo. Busco y encuentro una cafetería de esas en las que las camareras te sirven subidas a unos patines, los adoro.
Me siento frente a la ventana y presto atención al cine de la acera de enfrente, hay una gran fila que llega casi hasta la entrada del comercio de al lado, todo el mundo está deseando ver esa nueva película de la Monroe, La Tentación Vive Arriba creo que se llamaba. Desde que esa chica tan guapa había comenzado a salir en la gran pantalla, hace aproximadamente cinco años, nadie parecía capaz de pararla. A pesar de que, para mi gusto, no tenía más que ese envidiable físico y solo un trágico final podría hacerla perdurar tras su retirada.
La camarera que me atenderá ese día se acerca a mí con sus patines color azul. No comeré algo demasiado serio, como casi nunca, así que me decido por unas patatas fritas con bacon y queso y por un perrito caliente. De beber, Coca Cola. La chica apunta y se va dirección a la barra mientras en el tocadiscos suena Elvis Presley, esa nueva gran promesa. Pensándolo seriamente las cosas han evolucionado mucho de unos años atrás a nuestros días. Hasta hace poco, la película en color era algo con lo que soñar. Ahora mismo Marilyn puede mostrar su pelo rubio al mundo sin ningún problema.
Retiro mi mirada y esta vez me fijo en ese nuevo establecimiento que inauguraron hace unas semanas. Nada nuevo, uno más de comida rápida, McDonald´s. Como el Burger´s que hay enfrente, sí, pero seguro que de estos no tienen en la Unión Soviética. Giro mi muñeca y veo la hora, acelerándome al comprobar que me quedan menos de treinta minutos para comer. Por suerte, me traen la comida en ese mismo instante. Más que comer, devoro, en parte porque mi tripa ruge sin parar, en parte porque los segundos van más rápido de lo normal.
Poco más de diez minutos después, voy camino de mi trabajo de nuevo. Perdida en mis pensamientos, imaginándome el futuro, reflexionando sobre los posibles avances. No pueden ser muchos, la ciencia corre deprisa, también lo hace la tecnología. A la vez que entro en la oficina y me quito el lazo del pelo y las gafas de sol, imagino un año 2005 con coches volando por las calles. La gente está empeñada con que dentro de poco el hombre pisará la Luna. Yo, en mi contínuo afán por llevar la contraria, no lo creo. Aún tardaremos al menos unos quince años. Eso sí, lo haremos nosotros y no la URSS, que parece empeñada en superarnos. Igual que nosotros a ellos.
Piso las baldosas grises otra vez y parece como si los colores controlasen mis pensamientos, estos vuelven a perderse entre papeles y máquinas de escribir. Entre tacones y vestidos grises. Entre copias con sonrisas impermeables. Y en medio me despisto yo. Vuelta al trabajo.
Todas iguales, uniformadas sin uniforme, elegantes sin elegancia, obligadas sin obligación. Parece que les gusta dejarse llevar por lo dictado. Los vestidos con falda de tubo con los que puedes bajar la vista hasta justo debajo de las rodillas y en los que los franceses marcan las mangas abundan en la estancia. Dejarán el vuelo para sus fines de semana en el campo, como lo haría cualquier madre que merezca la pena en esta época.Me muevo por el lugar en busca de mi máquina Underwood para mecanografiar lo debido mientras observo a todas y cada una de las copias que me rodean. Seguramente yo sea otra de ellas, pero por lo menos no me coloco un vestido gris en forma de tubo mañana a mañana. Eso ya me hace sentir especial, suene o no prepotente. Ellas, que tienen marido y tres hijos, al menos uno o dos rubios. Ellas, que dedican su tiempo libre a cocinar pastel de manzana o arándanos. Ellas, americanas de los años cincuenta.
Observo sus peinados, exageradamente rizados. Sí, ellas también son en su mayoría rubias, alguna privilegiada puede contemplar su pelo castaño frente al espejo cada día, pero son raras. Esos peinados, decía, esa permanente que les ha costado largos minutos de espera, eso marca su estilo. Algunas quieren sentirse especiales poniéndose unos guantes que les llegan a las muñecas, a juego con el vestido, por supuesto. Aún así, el color solo puede verse en la avenida, asomándose a las ventanas que dan a las grandes calles, plagadas de Corvettes brillantes y rojos. A la gente le gusta lo llamativo, o eso parece.
Miro mi reloj para comprobar que es mi hora de comer, cojo mi ficha y la meto en la perforadora para que conste mi salida. Una vez fuera, con mis zapatos taconeando en el suelo de la calle, me coloco las gafas de sol y me enlazo el pelo con un pañuelo que anime mi atuendo algo más. Soy una excéntrica de época, para qué negarlo. Busco y encuentro una cafetería de esas en las que las camareras te sirven subidas a unos patines, los adoro.Me siento frente a la ventana y presto atención al cine de la acera de enfrente, hay una gran fila que llega casi hasta la entrada del comercio de al lado, todo el mundo está deseando ver esa nueva película de la Monroe, La Tentación Vive Arriba creo que se llamaba. Desde que esa chica tan guapa había comenzado a salir en la gran pantalla, hace aproximadamente cinco años, nadie parecía capaz de pararla. A pesar de que, para mi gusto, no tenía más que ese envidiable físico y solo un trágico final podría hacerla perdurar tras su retirada.
La camarera que me atenderá ese día se acerca a mí con sus patines color azul. No comeré algo demasiado serio, como casi nunca, así que me decido por unas patatas fritas con bacon y queso y por un perrito caliente. De beber, Coca Cola. La chica apunta y se va dirección a la barra mientras en el tocadiscos suena Elvis Presley, esa nueva gran promesa. Pensándolo seriamente las cosas han evolucionado mucho de unos años atrás a nuestros días. Hasta hace poco, la película en color era algo con lo que soñar. Ahora mismo Marilyn puede mostrar su pelo rubio al mundo sin ningún problema.
Retiro mi mirada y esta vez me fijo en ese nuevo establecimiento que inauguraron hace unas semanas. Nada nuevo, uno más de comida rápida, McDonald´s. Como el Burger´s que hay enfrente, sí, pero seguro que de estos no tienen en la Unión Soviética. Giro mi muñeca y veo la hora, acelerándome al comprobar que me quedan menos de treinta minutos para comer. Por suerte, me traen la comida en ese mismo instante. Más que comer, devoro, en parte porque mi tripa ruge sin parar, en parte porque los segundos van más rápido de lo normal.
Poco más de diez minutos después, voy camino de mi trabajo de nuevo. Perdida en mis pensamientos, imaginándome el futuro, reflexionando sobre los posibles avances. No pueden ser muchos, la ciencia corre deprisa, también lo hace la tecnología. A la vez que entro en la oficina y me quito el lazo del pelo y las gafas de sol, imagino un año 2005 con coches volando por las calles. La gente está empeñada con que dentro de poco el hombre pisará la Luna. Yo, en mi contínuo afán por llevar la contraria, no lo creo. Aún tardaremos al menos unos quince años. Eso sí, lo haremos nosotros y no la URSS, que parece empeñada en superarnos. Igual que nosotros a ellos.
Piso las baldosas grises otra vez y parece como si los colores controlasen mis pensamientos, estos vuelven a perderse entre papeles y máquinas de escribir. Entre tacones y vestidos grises. Entre copias con sonrisas impermeables. Y en medio me despisto yo. Vuelta al trabajo.
lunes, 16 de mayo de 2011
Mañanas
Y es que adoro cualquier mañana a tu lado, pero hoy me apetece sentirme especial. Tampoco pido mucho, solo algo diferente. No quiero que obvies los besos, ni las frases cortas pero llenas de sentido que me dices. Ni siquiera pido que dejes de hacer lo típico, que no des los buenos días por ser demasiado normal, no. Porque todo lo que ya estás habituado a hacer y decir es perfecto. Sin embargo, hoy soy amiga de los pluses y me encantaría que se uniesen a nuestros desayunos.
A lo mejor el cambiar el café por el nesquik conseguiría que volviese a mi infancia, probablemente prefiera que tomes un capuchino que me dé una excusa para poder besarte nada más terminar de beberlo o lo mismo no necesito excusas. A lo mejor me estoy volviendo muy tonta, pero hoy quiero una rosa por cada metro que ande, deseo un beso por palabra y una sonrisa por segundo. No es más que una racha, tranquilo, no deberás soportarme en este estado durante más de un día. Lo siento, hoy estoy ñoña. Hoy estoy amorosa. Hoy estoy pesada y necesito que me correspondan, nada más.
Espero que tengas paciencia porque hoy la necesitarás. Según pasen las semanas, según pasen los meses, irás descubriendo esas partes de mí que no a todo el mundo gustan. Porque hay gente muy quisquillosa o porque posiblemente yo me ponga muy pesada. Porque hay gente muy poco comprensiva o porque probablemente yo me vuelva muy intransigente, no lo sé. Sea como sea, me parece que ahora es a ti a quién le toca saber la respuesta.
Aún no he descubierto la causa de estas rachas, no tengo claro si se deben a una alegría extrema que llega sin previo aviso o si, por el contrario, los bajones me inspiran en ese sentido. Si hay suerte, tu podrás contármelo.
El caso es que esta mañana el suspiro se me quedaría en la punta de la lengua si me susurrases una frase de mi poema de Pedro Salinas favorito, ese que tengo escrito en la pared de mi habitación que tanto te gusta. Te adoraría aún más si me trajeses el desayuno a la cama y sería perfecto que esta enamoradiza mujer que desea un caballero recibiese su plato favorito. No, no quiero abusar, son solo antojos, pero realmente los agradecería.
Porque hoy necesito todos los mimos que puedas darme, cualquier cosa empalagosa que en otros momentos habría sido excesiva ahora sería la mejor elección. Seguramente sea una romántica de incógnito, una de esas que dice no serlo pero que se derrite cada vez que ve estas azucaradas películas que siempre acaban igual. Yo que sé, mi cabeza hoy no está para esas cosas, ni esas ni ningunas otras...
... ¿Y si me apetece celebrar San Valentín en diciembre?
¿Y qué pasa si yo hoy quiero que me sirvas el zumo en una copa de champán?
A lo mejor el cambiar el café por el nesquik conseguiría que volviese a mi infancia, probablemente prefiera que tomes un capuchino que me dé una excusa para poder besarte nada más terminar de beberlo o lo mismo no necesito excusas. A lo mejor me estoy volviendo muy tonta, pero hoy quiero una rosa por cada metro que ande, deseo un beso por palabra y una sonrisa por segundo. No es más que una racha, tranquilo, no deberás soportarme en este estado durante más de un día. Lo siento, hoy estoy ñoña. Hoy estoy amorosa. Hoy estoy pesada y necesito que me correspondan, nada más.
Espero que tengas paciencia porque hoy la necesitarás. Según pasen las semanas, según pasen los meses, irás descubriendo esas partes de mí que no a todo el mundo gustan. Porque hay gente muy quisquillosa o porque posiblemente yo me ponga muy pesada. Porque hay gente muy poco comprensiva o porque probablemente yo me vuelva muy intransigente, no lo sé. Sea como sea, me parece que ahora es a ti a quién le toca saber la respuesta.
Aún no he descubierto la causa de estas rachas, no tengo claro si se deben a una alegría extrema que llega sin previo aviso o si, por el contrario, los bajones me inspiran en ese sentido. Si hay suerte, tu podrás contármelo.
El caso es que esta mañana el suspiro se me quedaría en la punta de la lengua si me susurrases una frase de mi poema de Pedro Salinas favorito, ese que tengo escrito en la pared de mi habitación que tanto te gusta. Te adoraría aún más si me trajeses el desayuno a la cama y sería perfecto que esta enamoradiza mujer que desea un caballero recibiese su plato favorito. No, no quiero abusar, son solo antojos, pero realmente los agradecería.
Porque hoy necesito todos los mimos que puedas darme, cualquier cosa empalagosa que en otros momentos habría sido excesiva ahora sería la mejor elección. Seguramente sea una romántica de incógnito, una de esas que dice no serlo pero que se derrite cada vez que ve estas azucaradas películas que siempre acaban igual. Yo que sé, mi cabeza hoy no está para esas cosas, ni esas ni ningunas otras...
... ¿Y si me apetece celebrar San Valentín en diciembre?
¿Y qué pasa si yo hoy quiero que me sirvas el zumo en una copa de champán?
¡Si me llamaras, sí,
si me llamaras!
Lo dejaría todo,
todo lo tiraría:
los precios, los catálogos,
el azul del océano en los mapas,
los días y sus noches,
los telegramas viejos
y un amor.
Tú, que no eres mi amor,
¡si me llamaras!
Y aún espero tu voz:
telescopios abajo,
desde la estrella,
por espejos, por túneles,
por los años bisiestos
puede venir. No sé por dónde.
Desde el prodigio, siempre.
Porque si tú me llamas
-¡si me llamaras, sí, si me llamaras!-
será desde un milagro,
incógnito, sin verlo.
Nunca desde los labios que te beso,
nunca desde la voz que dice:
"No te vayas."
si me llamaras!
Lo dejaría todo,
todo lo tiraría:
los precios, los catálogos,
el azul del océano en los mapas,
los días y sus noches,
los telegramas viejos
y un amor.
Tú, que no eres mi amor,
¡si me llamaras!
Y aún espero tu voz:
telescopios abajo,
desde la estrella,
por espejos, por túneles,
por los años bisiestos
puede venir. No sé por dónde.
Desde el prodigio, siempre.
Porque si tú me llamas
-¡si me llamaras, sí, si me llamaras!-
será desde un milagro,
incógnito, sin verlo.
Nunca desde los labios que te beso,
nunca desde la voz que dice:
"No te vayas."
lunes, 9 de mayo de 2011
Sueños
Me desperté sin saber muy bien lo que había soñado, se me había olvidado completamente y pensé que nunca lo recordaría, la única información que me había quedado era la sensación de emoción que sabía que desaparecería en cuestión de segundos. Normalmente, los recuerdos van distorsionándose según pasa el tiempo y, probablemente, de lo que yo me acordé no fue lo que realmente soñé. Lo más seguro es que eso fuese lo que deseara, eso es lo más seguro.
Si te estás preguntando qué ocupó mi mente durante la noche, tan solo necesitaré una palabra para que logres comprenderlo. Él. Él todo el tiempo. Irremediable y exclusivamente él. Tranquila, no debes preocuparte, sé a qué se debe, se debe a que él ocupó mi último pensamiento del día. Y también el primero, para qué negarlo.
No, no hace falta que formules la pregunta, esa teoría no es cierta. No es verdad que el que esté en mi mente en esos dos momentos del día, el primero y el último, sea para mí algo que prefiero ni nombrar por ser demasiado importante. No, no y no, me niego. Sobre todo en estos momento en los que no me puedo permitir que eso ocurra. Porque tengo otras preocupaciones, porque no es justo y porque no quiero.
No pienso escucharte, no pienso hacer caso a lo que me digas, me da igual, no quiero y ya está. Ya, ya sé que un tsunami no pregunta antes de arrasar con todo, ni se preocupa por si quieres o no que pase, pero es que él no es un tsunami, ni cualquier otro tipo de calamidad meteorológica.
¡Qué no! ¡Qué te digo que no! Que a mi no me convences. Eso no es verdad yespero que nunca lo será. No te pienso repetir las causas. ¡Qué no! Que ni su pelo negro, ni sus ojos verdes, ni su piel morena perduran en mi mente más tiempo del debido. A lo mejor unos segundos, pero solo unos segundos y nada más. Que su sonrisa no es especial, ni tampoco lo son sus carcajadas o sus miradas. Que sí, que sé que me cuesta apartar la mirada cada vez que su verde se cruza con mi azul y me encanta el contraste de mi pelo rubio con el suyo negro, sí, pero eso no quiere decir nada.
¿Se puede saber por qué estás tan pesada? Que no sigas insistiendo, te digo que no. Sí, he suspirado cuando he pensado en él ¿Qué pasa? Eso tampoco tiene por qué tener ese significado, simplemente he suspirado. No, no te intento convencer, a mí misma tampoco. Solo quiero que pares de decir esas tonterías. ¿Que qué soñé? Eso es fácil, caminábamos por un parque, caminábamos de manera lenta, disfrutando del sol y de la brisa y a cada paso íbamos envejeciendo un poco más. Sí, envejecíamos, pero seguíamos con la sonrisa en los labios. Me desperté con esa sensación de felicidad, aunque solo me duró unos instantes.
No, no estoy sonriendo, no tengo cara de tonta ni nada de eso. No, no significa nada para mí. El por qué soñé eso no lo sé, ni tampoco estoy intentando averiguarlo, simplemente ha pasado. La gente también sueña cosas estúpidas ¿No? También pueden soñarse cosas sin sentido y que estén fuera de lugar. Pues ya está.
No, no intento creérmelo yo.Bueno, quizás un poco sí. Yo estoy segura ¿Lo estás tú? No vale responderme con otra pregunta, ya te he dicho que yo estoy segura ¿Intentas hacerme dudar? Pues te alegrará saber que lo has conseguido, dudo. Dudo mucho. O lo mismo lo malo es que no dudo, que lo tengo claro, pero tengo claro lo que no quería saber... Dios mío ¿Y ahora que hago yo?
-No sé, a mí no me preguntes, yo solo soy tu cabeza. Quizás deberías decírselo a alguien unos centímetros más abajo. Sí, me refiero a él, a tu corazón.
Si te estás preguntando qué ocupó mi mente durante la noche, tan solo necesitaré una palabra para que logres comprenderlo. Él. Él todo el tiempo. Irremediable y exclusivamente él. Tranquila, no debes preocuparte, sé a qué se debe, se debe a que él ocupó mi último pensamiento del día. Y también el primero, para qué negarlo.
No, no hace falta que formules la pregunta, esa teoría no es cierta. No es verdad que el que esté en mi mente en esos dos momentos del día, el primero y el último, sea para mí algo que prefiero ni nombrar por ser demasiado importante. No, no y no, me niego. Sobre todo en estos momento en los que no me puedo permitir que eso ocurra. Porque tengo otras preocupaciones, porque no es justo y porque no quiero.
No pienso escucharte, no pienso hacer caso a lo que me digas, me da igual, no quiero y ya está. Ya, ya sé que un tsunami no pregunta antes de arrasar con todo, ni se preocupa por si quieres o no que pase, pero es que él no es un tsunami, ni cualquier otro tipo de calamidad meteorológica.
¡Qué no! ¡Qué te digo que no! Que a mi no me convences. Eso no es verdad y
¿Se puede saber por qué estás tan pesada? Que no sigas insistiendo, te digo que no. Sí, he suspirado cuando he pensado en él ¿Qué pasa? Eso tampoco tiene por qué tener ese significado, simplemente he suspirado. No, no te intento convencer, a mí misma tampoco. Solo quiero que pares de decir esas tonterías. ¿Que qué soñé? Eso es fácil, caminábamos por un parque, caminábamos de manera lenta, disfrutando del sol y de la brisa y a cada paso íbamos envejeciendo un poco más. Sí, envejecíamos, pero seguíamos con la sonrisa en los labios. Me desperté con esa sensación de felicidad, aunque solo me duró unos instantes.
No, no estoy sonriendo, no tengo cara de tonta ni nada de eso. No, no significa nada para mí. El por qué soñé eso no lo sé, ni tampoco estoy intentando averiguarlo, simplemente ha pasado. La gente también sueña cosas estúpidas ¿No? También pueden soñarse cosas sin sentido y que estén fuera de lugar. Pues ya está.
No, no intento creérmelo yo.
-No sé, a mí no me preguntes, yo solo soy tu cabeza. Quizás deberías decírselo a alguien unos centímetros más abajo. Sí, me refiero a él, a tu corazón.
martes, 3 de mayo de 2011
Solo eso. Una casualidad.
Pieza a pieza, con dedicación y esmero. Poco a poco, sin prisas, porque había todo el tiempo del mundo. Hace tres años que empezamos con ese puzle de mil y una piezas. Poniendo una cada día. Hoy lo podíamos haber terminado, pero al buscar la parte que nos faltaba, esa pieza mil uno, no la hemos encontrado. Se nos ha perdido.
Y de repente nos convertimos en las piezas, y alargamos los brazos, nos rozamos con los dedos. Sin embargo, no podemos mantenernos en esa postura todo el tiempo y volvemos a alejarnos, dejando un abismo en medio que nos era imposible obviar.
Buscamos la pieza, miramos por todos lados, pero nada. Nuestra mente se llena de ojalás y de frases en condicional. Alguien la encontrará, alguien la recogerá, alguien sabrá ponerla y terminar el puzle, alguien. Nosotros no. Quizás si recolocamos el salón, ponemos los muebles en su sitio, ponemos todo en su sitio, conseguiremos descubrir dónde está, pero eso ya lo hicimos y volvimos a convertirlo en un mercadillo de esos que ponen los domingos, seguimos igual. No está completo, algo falta.
Qué casualidad que todo esto ocurriera cuando dejaste de llenar habitaciones vacías con tu simple presencia, cuando el frío se metió entre nosotros. He de decir que yo no quería que viniera, el problema es que no pude hacer nada por evitarlo. Ni tú tampoco.
No te culpo, ni a mi. Nos despistamos, nos empeñamos en terminar lo que teníamos y no pensamos en las consecuencias. Nos dejamos llevar y nos equivocamos ¿Y qué más da? La vida es así y está para eso, para cometer errores. Perdona, este ha sido a costa tuya. No pasa nada, este ha sido a costa mía. Sé que tú también buscas la pieza desesperado, sé que estás levantando sillones, cojines y mantas. Ojalá la encontremos, ojalá la palabra ojalá desaparezca de nuestro vocabulario y los verbos en condicional pasen a ser en presente. Lo dudo, pero hemos tardado tanto en llegar al final del puzle, hemos sufrido tanto. A lo mejor ese ha sido el problema.
Qué casualidad que esto pase cuando las palomitas y la manta era lo único familiar de nuestras tardes de lluvia y la calefacción lo que hacia menos notable la gelidez, cuando mis pies fríos han dejado de buscarte por las noches para tratar de calentarse. Qué casualidad.
El silencio se hace presente, como ultimamente siempre ocurre. Antes no nos importaba, porque los silencios no eras momentos de incomodidad en los que nuestras miradas se dirigían a las baldosas que pisaban nuestros pies. Antes podiamos hablar en silencio. Antes, antes... De repente cambiamos el condicional por el pasado. Porque antes todo era diferente y la pieza aún estaba en la caja, preparada para ser colocada en cualquier momento.
Y seguramente deberíamos aceptar la realidad, dejar de buscar algo que ha desaparecido hace demasiado tiempo. Ya ni siquiera es la pieza, tampoco somos nosotros. Es el verbo en presente, ese que deseamos encontrar, el que nos dice que todo ha acabado, que la pieza se ha perdido y no hay nada que hacer, que quizás otra persona consiga que la pongamos, solo que por separado.
Pero qué casualidad que esto ocurra cuando la rosa que me regalaste por San Valentín se marchitó, cuando lo cotidiano se ha transformado en aburrido, cuando nuestra cama se ha hecho dos metros más grande. Sí, qué casualidad.
(Las musas han vuelto, sí. Solo que ahora me acosan con estos textos ñoño-amorosos contínuamente. Prometo parar, el problema es que no sé cuando...)
Y de repente nos convertimos en las piezas, y alargamos los brazos, nos rozamos con los dedos. Sin embargo, no podemos mantenernos en esa postura todo el tiempo y volvemos a alejarnos, dejando un abismo en medio que nos era imposible obviar.
Buscamos la pieza, miramos por todos lados, pero nada. Nuestra mente se llena de ojalás y de frases en condicional. Alguien la encontrará, alguien la recogerá, alguien sabrá ponerla y terminar el puzle, alguien. Nosotros no. Quizás si recolocamos el salón, ponemos los muebles en su sitio, ponemos todo en su sitio, conseguiremos descubrir dónde está, pero eso ya lo hicimos y volvimos a convertirlo en un mercadillo de esos que ponen los domingos, seguimos igual. No está completo, algo falta.
Qué casualidad que todo esto ocurriera cuando dejaste de llenar habitaciones vacías con tu simple presencia, cuando el frío se metió entre nosotros. He de decir que yo no quería que viniera, el problema es que no pude hacer nada por evitarlo. Ni tú tampoco.
No te culpo, ni a mi. Nos despistamos, nos empeñamos en terminar lo que teníamos y no pensamos en las consecuencias. Nos dejamos llevar y nos equivocamos ¿Y qué más da? La vida es así y está para eso, para cometer errores. Perdona, este ha sido a costa tuya. No pasa nada, este ha sido a costa mía. Sé que tú también buscas la pieza desesperado, sé que estás levantando sillones, cojines y mantas. Ojalá la encontremos, ojalá la palabra ojalá desaparezca de nuestro vocabulario y los verbos en condicional pasen a ser en presente. Lo dudo, pero hemos tardado tanto en llegar al final del puzle, hemos sufrido tanto. A lo mejor ese ha sido el problema.
Qué casualidad que esto pase cuando las palomitas y la manta era lo único familiar de nuestras tardes de lluvia y la calefacción lo que hacia menos notable la gelidez, cuando mis pies fríos han dejado de buscarte por las noches para tratar de calentarse. Qué casualidad.
El silencio se hace presente, como ultimamente siempre ocurre. Antes no nos importaba, porque los silencios no eras momentos de incomodidad en los que nuestras miradas se dirigían a las baldosas que pisaban nuestros pies. Antes podiamos hablar en silencio. Antes, antes... De repente cambiamos el condicional por el pasado. Porque antes todo era diferente y la pieza aún estaba en la caja, preparada para ser colocada en cualquier momento.
Y seguramente deberíamos aceptar la realidad, dejar de buscar algo que ha desaparecido hace demasiado tiempo. Ya ni siquiera es la pieza, tampoco somos nosotros. Es el verbo en presente, ese que deseamos encontrar, el que nos dice que todo ha acabado, que la pieza se ha perdido y no hay nada que hacer, que quizás otra persona consiga que la pongamos, solo que por separado.
Pero qué casualidad que esto ocurra cuando la rosa que me regalaste por San Valentín se marchitó, cuando lo cotidiano se ha transformado en aburrido, cuando nuestra cama se ha hecho dos metros más grande. Sí, qué casualidad.
(Las musas han vuelto, sí. Solo que ahora me acosan con estos textos ñoño-amorosos contínuamente. Prometo parar, el problema es que no sé cuando...)
martes, 26 de abril de 2011
Jaque mate
Mueves ficha por segunda vez. Ganaste la primera partida, pero cometiste el error de mostrar tu prepotencia aceptando otra más. Como si pensases que juguemos las veces que juguemos tu siempre me vencerás. No solo vencerás, sino que además me dejarás por los suelos. Como la última vez. Pero hiciste trampas, estoy segura de que no jugaste limpio en nuestra primera partida.
Tres movimientos, solo tres movimientos y me encerraste, dejándome sin salida alguna. Lograste hacerme caer lentamente y sin darme cuenta. Te aliaste con los peones, con la reina y te convertiste en el rey. El rey negro, fuiste el rey negro. Obligándome a mi a ser el blanco, un color claro e inocente, fácil de manchar, fácil de empañar. Ni siquiera te atreviste a jugar sin trucos, desde el principio miraste con desprecio a mis torres, a mis peones, a mis alfiles y a mi rey. Te comiste mis caballos y te los quedaste sin remordimiento alguno.
Y ahora me toca a mi. Y muevo ficha. Y te miro y sonrío con malicia. Porque no lo sabes, pero te estás cavando tu propia tumba con cada movimiento. Esto no ha hecho más que empezar, no obstante, ya me veo ganadora. Sí, ahora la prepotente soy yo, creo que fuiste tu quién me enseñaste a ser así. Tú me descubriste este juego, tú me hiciste querer jugarlo y desear ganarlo. Sin embargo, me faltaba lo más importante, se te olvidó indicarme una norma imprescindible. No se practica en pareja, es individual. Uno contra uno, no uno con el otro. Parece ser que se te pasó contármelo, el caso es que me tocó averiguarlo por mí misma. Algo no muy agradable y que, sin duda, tuvo que ver con que perdiese la partida.
Aparentemente te has quedado sin trucos, supuestamente te he dejado en blanco. A lo mejor has decidido jugar limpio, lo mismo has cambiado tus técnicas una vez me viste suplicarte un empate en el que mi humillación fuese menor y mi rey no se destrozase en pedacitos que luego debía recoger y pegar, probablemente has conocido lo que son los remordimientos, puede ser. Me da igual, sigue siendo demasiado tarde, la partida ya ha empezado y ahora no puedes retirarte.
He cambiado tanto que ya ni mis propios peones me reconocen, por tu culpa. Me he convertido en esto que soy, algo que odio, me he transformado en una reina negra, mi actual color. Una reina absolutista, una reina vengativa, una reina prepotente. Y lo detesto. Quiero cambiar, volver atrás, no aceptar el jugar la primera partida que irremediablemente desencadenó en esta segunda, esta que estoy a punto de ganar. Ojalá lo termine logrando. Sé que primero he de pasar el trámite de ganar esto, porque es un mero trámite, mi alfil amenaza a tu reina y yo te amenazo a ti. La reina negra amenaza al rey blanco, sarcástico color. ¿No te sientes ofendido por ser el blanco esta vez? Deberías, el blanco siempre pierde. El blanco siempre acaba mal. Gracias por hacerme comprobarlo.
Me has convertido en un caos, me has transformado en una reina colocada en la casilla equivocada o en el tablero equivocado. Algo tan patético como jugar conmigo al parchís o a la oca. Algo sin solución, de momento. Observo la partida detenidamente, estudio cada movimiento y posición de lo que te queda aún en pie, lo que no he destrozado ya con el mismo remordimiento que tú tuviste en su momento. No te quedan peones con los que defenderte, lo único que te queda es una torre. Una torre que no me molesta en absoluto, porque ya eres mío, porque ya no tienes escapatoria. Mueves ficha por segunda vez, solo que esta partida la gano yo.
Tres movimientos, solo tres movimientos y me encerraste, dejándome sin salida alguna. Lograste hacerme caer lentamente y sin darme cuenta. Te aliaste con los peones, con la reina y te convertiste en el rey. El rey negro, fuiste el rey negro. Obligándome a mi a ser el blanco, un color claro e inocente, fácil de manchar, fácil de empañar. Ni siquiera te atreviste a jugar sin trucos, desde el principio miraste con desprecio a mis torres, a mis peones, a mis alfiles y a mi rey. Te comiste mis caballos y te los quedaste sin remordimiento alguno.
Y ahora me toca a mi. Y muevo ficha. Y te miro y sonrío con malicia. Porque no lo sabes, pero te estás cavando tu propia tumba con cada movimiento. Esto no ha hecho más que empezar, no obstante, ya me veo ganadora. Sí, ahora la prepotente soy yo, creo que fuiste tu quién me enseñaste a ser así. Tú me descubriste este juego, tú me hiciste querer jugarlo y desear ganarlo. Sin embargo, me faltaba lo más importante, se te olvidó indicarme una norma imprescindible. No se practica en pareja, es individual. Uno contra uno, no uno con el otro. Parece ser que se te pasó contármelo, el caso es que me tocó averiguarlo por mí misma. Algo no muy agradable y que, sin duda, tuvo que ver con que perdiese la partida.
Aparentemente te has quedado sin trucos, supuestamente te he dejado en blanco. A lo mejor has decidido jugar limpio, lo mismo has cambiado tus técnicas una vez me viste suplicarte un empate en el que mi humillación fuese menor y mi rey no se destrozase en pedacitos que luego debía recoger y pegar, probablemente has conocido lo que son los remordimientos, puede ser. Me da igual, sigue siendo demasiado tarde, la partida ya ha empezado y ahora no puedes retirarte.
He cambiado tanto que ya ni mis propios peones me reconocen, por tu culpa. Me he convertido en esto que soy, algo que odio, me he transformado en una reina negra, mi actual color. Una reina absolutista, una reina vengativa, una reina prepotente. Y lo detesto. Quiero cambiar, volver atrás, no aceptar el jugar la primera partida que irremediablemente desencadenó en esta segunda, esta que estoy a punto de ganar. Ojalá lo termine logrando. Sé que primero he de pasar el trámite de ganar esto, porque es un mero trámite, mi alfil amenaza a tu reina y yo te amenazo a ti. La reina negra amenaza al rey blanco, sarcástico color. ¿No te sientes ofendido por ser el blanco esta vez? Deberías, el blanco siempre pierde. El blanco siempre acaba mal. Gracias por hacerme comprobarlo.
Me has convertido en un caos, me has transformado en una reina colocada en la casilla equivocada o en el tablero equivocado. Algo tan patético como jugar conmigo al parchís o a la oca. Algo sin solución, de momento. Observo la partida detenidamente, estudio cada movimiento y posición de lo que te queda aún en pie, lo que no he destrozado ya con el mismo remordimiento que tú tuviste en su momento. No te quedan peones con los que defenderte, lo único que te queda es una torre. Una torre que no me molesta en absoluto, porque ya eres mío, porque ya no tienes escapatoria. Mueves ficha por segunda vez, solo que esta partida la gano yo.
sábado, 2 de abril de 2011
Viaja
Anúdate un pañuelo al cuello, coge tu Vespa y date una vuelta por Italia, déjate invadir por los años cincuenta y disfruta de la gastronomía. Visita Milán, Roma, Pisa y Verona. Termina tu paseo en Venecia. Bájate de la moto y súbete a una góndola, observa los canales, disfruta de las vistas y enámorate de tu acompañante. Ten un romance fugaz, pasea por todos los rincones de ese lugar. Aprovecha la magia para impregnarte de ella y siente todo lo especial y diferente que te transmita.
Tras eso, coge un avión y vete hasta Nueva York. Llama a uno de esos taxis amarillos y permite que te hagan una foto dentro de él. Siéntete intimidada por los enormes rascacielos y sube tres o cuatro veces al Empire State. Nótate pequeña al ponerte al lado de la Estatua de la Libertad. Retrata las vistas que más preciosas te parezcan y experimenta el ser parte de esa gran ciudad.
No puedes dejar de visitar San Francisco, pasa bajo el famoso puente Golden Gate, utiliza el tranvía para transportarte y mejora un poco tu inglés. Compra algún que otro souvenir y pasea descalza por la playa. Observa el contraste entre mar y boscaje y vuelve a inmortalizarlo. No te olvides de guardar una tarjeta de memoria de repuesto en el bolsillo, la necesitarás.
Sí, la necesitarás cuando visites las playas de Miami, que dejarán por los suelos a las de San Francisco. Descansa en ese destino, porque aún te quedan mucho más. Toma el sol, báñate y broncéate. No te irá mal cualquier recuerdo del calor en Noruega.
Visita los fiordos, mira como los árboles llenan las montañas de un intenso color verde. Si tienes suerte podrás disfrutar del blanco de la nieve sobre algunas de esas frondosas sierras. Acaba con la primera tarjeta de memoria que llevaste sacando un recuerdo que ni por asomo se parecerá al aspecto en vivo. Abrígate y no cojas frío, no te será agradable visitar Berlín con catarro.
Contempla los contrastes que ocupan cada rincón de la metrópoli. Comprueba como lo nuevo y lo antiguo se funden a pocos metros cuadrados y comienza a gastar la tarjeta de memoria de tu cámara dígital. Pasea por la Potsdamer Platz y cómprate una réflex, practica tu alemán en cualquier parte de la ciudad. Camina frente a la Puerta de Brandeburgo y párate para ver cada detalle, sigue andando y llega a la Gedächtniskirche o a la Alexanderplatz, incluso a ambas.
Sigue y sigue fotografiando sin parar mientras el avión te lleva a Londres. Llama a quien te apetezca desde una cabina telefónica y observa el Big Ben desde los cristales. Inmortaliza las vistas desde el London Eye y estrena tu nueva cámara réflex sacando instantáneas artísticas del Puente de Londres desde el Támesis. Disfruta de la lluvia y del té como nunca pensaste que harías y déjate llevar hasta cualquier callejuela que consiga que te pierdas durante unas horas.
No necesitarás volver a coger un avión para ir hasta Escocia. Déjate llevar por sus misterios, sus calles encantadas y sus leyendas. Cógete una barca y trata de navegar por el oscuro Lago Ness, busca al monstruo e intenta capturarlo con esa maravillosa réflex a la que se le acumula el trabajo. Siente miedo al no ver el fondo del negro lago. Sal de la barca y permite que te persuadan para comprar cualquier tontería siempre y cuando esta no cueste en exceso, que aún te quedan cosas por ver y París no es barata.
Sube a la Torre Eiffel y observa toda la capital desde las alturas. Comprueba como te habrías sentido en Nueva York si la Estatua de la Libertad estuviese en su tamaño real, pasea bajo El Arco del Triunfo y no te olvides de la única forma que tienes de recordar eso para siempre. Cómete también una crepe y averigua porque son tan típicas de allí desde el primer bocado. Mira el reloj y descubre que se te acaba el día, que te quedan varios destinos a los que ir.
Pasa por Sídney y asómbrate por enésima vez. Disfruta de Egipto y siéntete muy pequeñito al lado de las pirámides. No te olvides de Japón, explora otra forma de pensar. Vete hasta Tailandia, visita cada mágico sitio de Bangkok. Una vez hayas hecho todo esto, vuelve a Madrid.
Aquí deberás visitar el Templo de Debod, la Gran Vía y El Retiro, móntate en una barca y rema durante quince minutos, gastando las fotos que aún te sobren. Tras eso, recorre a pie cada espacio de la ciudad y vuelve a casa tan solo un poco más abierto de mente y sabiendo que aún te quedan muchas cosas por ver. No lo ovides, déjate atrapar por otras culturas, viaja.
Tras eso, coge un avión y vete hasta Nueva York. Llama a uno de esos taxis amarillos y permite que te hagan una foto dentro de él. Siéntete intimidada por los enormes rascacielos y sube tres o cuatro veces al Empire State. Nótate pequeña al ponerte al lado de la Estatua de la Libertad. Retrata las vistas que más preciosas te parezcan y experimenta el ser parte de esa gran ciudad.
No puedes dejar de visitar San Francisco, pasa bajo el famoso puente Golden Gate, utiliza el tranvía para transportarte y mejora un poco tu inglés. Compra algún que otro souvenir y pasea descalza por la playa. Observa el contraste entre mar y boscaje y vuelve a inmortalizarlo. No te olvides de guardar una tarjeta de memoria de repuesto en el bolsillo, la necesitarás.
Sí, la necesitarás cuando visites las playas de Miami, que dejarán por los suelos a las de San Francisco. Descansa en ese destino, porque aún te quedan mucho más. Toma el sol, báñate y broncéate. No te irá mal cualquier recuerdo del calor en Noruega.
Visita los fiordos, mira como los árboles llenan las montañas de un intenso color verde. Si tienes suerte podrás disfrutar del blanco de la nieve sobre algunas de esas frondosas sierras. Acaba con la primera tarjeta de memoria que llevaste sacando un recuerdo que ni por asomo se parecerá al aspecto en vivo. Abrígate y no cojas frío, no te será agradable visitar Berlín con catarro.
Contempla los contrastes que ocupan cada rincón de la metrópoli. Comprueba como lo nuevo y lo antiguo se funden a pocos metros cuadrados y comienza a gastar la tarjeta de memoria de tu cámara dígital. Pasea por la Potsdamer Platz y cómprate una réflex, practica tu alemán en cualquier parte de la ciudad. Camina frente a la Puerta de Brandeburgo y párate para ver cada detalle, sigue andando y llega a la Gedächtniskirche o a la Alexanderplatz, incluso a ambas.
Sigue y sigue fotografiando sin parar mientras el avión te lleva a Londres. Llama a quien te apetezca desde una cabina telefónica y observa el Big Ben desde los cristales. Inmortaliza las vistas desde el London Eye y estrena tu nueva cámara réflex sacando instantáneas artísticas del Puente de Londres desde el Támesis. Disfruta de la lluvia y del té como nunca pensaste que harías y déjate llevar hasta cualquier callejuela que consiga que te pierdas durante unas horas.
No necesitarás volver a coger un avión para ir hasta Escocia. Déjate llevar por sus misterios, sus calles encantadas y sus leyendas. Cógete una barca y trata de navegar por el oscuro Lago Ness, busca al monstruo e intenta capturarlo con esa maravillosa réflex a la que se le acumula el trabajo. Siente miedo al no ver el fondo del negro lago. Sal de la barca y permite que te persuadan para comprar cualquier tontería siempre y cuando esta no cueste en exceso, que aún te quedan cosas por ver y París no es barata.
Sube a la Torre Eiffel y observa toda la capital desde las alturas. Comprueba como te habrías sentido en Nueva York si la Estatua de la Libertad estuviese en su tamaño real, pasea bajo El Arco del Triunfo y no te olvides de la única forma que tienes de recordar eso para siempre. Cómete también una crepe y averigua porque son tan típicas de allí desde el primer bocado. Mira el reloj y descubre que se te acaba el día, que te quedan varios destinos a los que ir.
Pasa por Sídney y asómbrate por enésima vez. Disfruta de Egipto y siéntete muy pequeñito al lado de las pirámides. No te olvides de Japón, explora otra forma de pensar. Vete hasta Tailandia, visita cada mágico sitio de Bangkok. Una vez hayas hecho todo esto, vuelve a Madrid.
Aquí deberás visitar el Templo de Debod, la Gran Vía y El Retiro, móntate en una barca y rema durante quince minutos, gastando las fotos que aún te sobren. Tras eso, recorre a pie cada espacio de la ciudad y vuelve a casa tan solo un poco más abierto de mente y sabiendo que aún te quedan muchas cosas por ver. No lo ovides, déjate atrapar por otras culturas, viaja.
lunes, 28 de marzo de 2011
Tienes un mensaje nuevo
Un mes y tres días, 2208 horas. No, no es que me haya dedicado a contar los segundos, es que he mejorado mucho con los números desde la última vez que nos vimos. Aunque, ahora que lo pienso, son 2232 horas, creo que este año fue bisiesto, sí, eso tengo entendido.
Parece que fue ayer cuando decidiste que estabas demasiado ocupado para enamorarte, yo sigo teniendo tu paraguas en la entrada, ese que me dejaste aquel día de lluvia en que nos conocimos. Comenzó a lloviznar de forma inesperada y me pilló desprevenida, tú, tan encantador como siempre, me ofreciste el tuyo. Hace escasos dos años de ello y sigue en mi memoria cada detalle, cada gesto. Tranquilo, no lo he estado reproduciendo en mi mente estos meses, es que ya sabes que tengo muy buena memoria.
No es que mi vida haya cambiado mucho en este tiempo, he estado trabajando, mucho. Supongo que recuerdas lo que me gusta lo que hago, pero ahora se ha convertido en algo imprescindible en mi vida, casi todo mi tiempo lo ocupa eso, al completo. Imagino que me lo pegaste, tanta perfección, tanta dedicación, eso se comía tus horas libres y ahora se come las mías. Tampoco las quiero para mucho, me gusta estar ocupada siempre que puedo, de esa forma mi mente es fácil de domar, guiarla por los recuerdos que debe tener y los que es mejor tirar a la papelera como si de un papel en desuso se tratase.
Sí, sé que sigo siendo igual de egocéntrica como antes, no paro de hablar de mi y de mis cosas, lo siento. Seguramente tengas mucho que contarme, a ti nunca te ha gustado estarte quieto, siempre en movimiento, decías. Suena irónico, pero parece que he necesitado que te vayas para adaptarme a algo que antes odiaba. Con lo que adoraba yo esos días de palomitas en el sofá, sin nada mejor que hacer que hablar o ver una película, ahora he de confesar que los detesto, no puedo con momentos de reflexión en los que mi mente, mis recuerdos y mis pensamientos terminan creando un remolino de ideas para nada deseables. Quizás fuese eso lo que te ocurría a ti antes, o a lo mejor es que simplemente el destino te hizo así, al igual que modeló lo nuestro de manera desigual y egoísta, dejándolo cuesta abajo en todo momento, sin salida posible.
Quizás debí preverlo. Sí, quizás sí, pero ya sabes que yo no sirvo para ser lógica, más bien me considero una soñadora sin remedio. ¿Para qué contártelo? Tú me conoces bien, a veces diría que en exceso. No sé si me asusta eso de tener un pequeño yo, que lo conoce todo de mí, pululando por Madrid. Vale, perdona, ya sabes que lo de ser graciosa no es lo mío, ese de los dos siempre fuiste tú.
Bueno, ya me estoy poniendo ñoña. Probablemente el tener una cuantas copas de más tiene que ver con este repentino arrebato que me ha hecho escribirte esto. No, no he cambiado de opinión en ese sentido, sigue sin gustarme el alcohol, pero esta noche he decidido darle una segunda oportunidad. Quién me ha visto y quién me ve ¿Eh?, yo, que en Nochevieja brindaba con agua porque no soporto el champán.
O a lo mejor es que hoy me has pillado en un día tonto, no es que esté nostálgica, solo tonta. Sea por lo que sea, aquí estoy, como una loca, escribiéndote este email a las dos de la mañana porque no puedo dormir y he cometido el tremendo error de reflexionar. Por eso y porque he pensado que, si no tenías nada mejor que hacer, podríamos volver a enamorarnos.
Parece que fue ayer cuando decidiste que estabas demasiado ocupado para enamorarte, yo sigo teniendo tu paraguas en la entrada, ese que me dejaste aquel día de lluvia en que nos conocimos. Comenzó a lloviznar de forma inesperada y me pilló desprevenida, tú, tan encantador como siempre, me ofreciste el tuyo. Hace escasos dos años de ello y sigue en mi memoria cada detalle, cada gesto. Tranquilo, no lo he estado reproduciendo en mi mente estos meses, es que ya sabes que tengo muy buena memoria.
No es que mi vida haya cambiado mucho en este tiempo, he estado trabajando, mucho. Supongo que recuerdas lo que me gusta lo que hago, pero ahora se ha convertido en algo imprescindible en mi vida, casi todo mi tiempo lo ocupa eso, al completo. Imagino que me lo pegaste, tanta perfección, tanta dedicación, eso se comía tus horas libres y ahora se come las mías. Tampoco las quiero para mucho, me gusta estar ocupada siempre que puedo, de esa forma mi mente es fácil de domar, guiarla por los recuerdos que debe tener y los que es mejor tirar a la papelera como si de un papel en desuso se tratase.
Sí, sé que sigo siendo igual de egocéntrica como antes, no paro de hablar de mi y de mis cosas, lo siento. Seguramente tengas mucho que contarme, a ti nunca te ha gustado estarte quieto, siempre en movimiento, decías. Suena irónico, pero parece que he necesitado que te vayas para adaptarme a algo que antes odiaba. Con lo que adoraba yo esos días de palomitas en el sofá, sin nada mejor que hacer que hablar o ver una película, ahora he de confesar que los detesto, no puedo con momentos de reflexión en los que mi mente, mis recuerdos y mis pensamientos terminan creando un remolino de ideas para nada deseables. Quizás fuese eso lo que te ocurría a ti antes, o a lo mejor es que simplemente el destino te hizo así, al igual que modeló lo nuestro de manera desigual y egoísta, dejándolo cuesta abajo en todo momento, sin salida posible.
Quizás debí preverlo. Sí, quizás sí, pero ya sabes que yo no sirvo para ser lógica, más bien me considero una soñadora sin remedio. ¿Para qué contártelo? Tú me conoces bien, a veces diría que en exceso. No sé si me asusta eso de tener un pequeño yo, que lo conoce todo de mí, pululando por Madrid. Vale, perdona, ya sabes que lo de ser graciosa no es lo mío, ese de los dos siempre fuiste tú.
Bueno, ya me estoy poniendo ñoña. Probablemente el tener una cuantas copas de más tiene que ver con este repentino arrebato que me ha hecho escribirte esto. No, no he cambiado de opinión en ese sentido, sigue sin gustarme el alcohol, pero esta noche he decidido darle una segunda oportunidad. Quién me ha visto y quién me ve ¿Eh?, yo, que en Nochevieja brindaba con agua porque no soporto el champán.
O a lo mejor es que hoy me has pillado en un día tonto, no es que esté nostálgica, solo tonta. Sea por lo que sea, aquí estoy, como una loca, escribiéndote este email a las dos de la mañana porque no puedo dormir y he cometido el tremendo error de reflexionar. Por eso y porque he pensado que, si no tenías nada mejor que hacer, podríamos volver a enamorarnos.
sábado, 26 de marzo de 2011
¡Menuda panda de locos! (Relato kafkiano)
Era una tarde de verano a la 20:00, aproximadamente. Nos encontrábamos en Sevilla, como siempre hacemos una o dos semanas de esas calurosas vacaciones. No podían haber pasado más de 2 horas desde que bajamos del coche con las maletas arrastrando, no habíamos descansado en el cómodo patio de casa de mi abuela ni 60 de esos 120 minutos que tuvimos, pero resulta que se nos había antojado una tortilla de patatas y no había cebolla. Si hubiésemos sabido que eso se terminaría por convertir en una odisea que ni Ulises, probablemente hubiésemos encargado unas pizzas.
Para empezar, volvimos a entrar en ese ya tan familiar coche que nos acompañó durante 5 horas ese día. No se nos hizo complicado llegar al supermercado más cercano, lo difícil fue irse. La salida que cogíamos habitualmente estaba cerrada por obras, así que tuvimos que utilizar otra que nos llevaba en dirección contraria a donde debíamos ir. Dado que ese día nuestro sentido de la orientación se había despedido para descansar horas antes, nos perdimos. Lo primero que se nos ocurrió fue lo más normal, preguntar, preguntar a la gente que allí vivía y que suponíamos sabría guiarnos.
No se como lo hicieron, pero el primer andaluz logró que dejásemos de tener cualquier tipo de esperanza en volver a casa, seguramente tuvo que ver la forma en que daba las señas: "Sigues tó recto, luego giras pa´llá y vuelves al otro lao" "Pero para allá ¿Para dónde? ¿A la izquierda?" "Pa´llá, pa´llá, después una rotonda que sigues recto y allí está" "Eeeh... vale, muchas gracias" Tras una sonrisa que pusimos por simple educación (Y porque el pobre hombre lo había intentado, aunque sin éxito), decidimos no darle importancia y ver si otra persona podría explicárnoslo algo mejor. Ilusas nosotras, paramos a otra andaluza, haciéndola perder su tiempo en vano "Sí, sí, una vez llegas a ese puente de allí y ves una cosa al lado, te vas hacia ese lado y una cuantas calles más allá, te vas para el otro" "Vale, vamos a ver, entonces llego al puente y giro a la derecha ¿no?" "Bueno, giras para el lado cuando veas esa cosa" "¿Qué cosa?" "¡La que verás allí! Después del puente" "Ajá... vale, vale. Gracias" Tras esto comenzamos a desesperarnos, pero seguimos siendo tan inocentes como para preguntar a un tercero "Ah, claro, allí voy yo en fiestas. Pues mira, llegas a esa rotonda y vas por una salida de ese lado, verás todo recto sin calles, pues te metes cuando veas una" "¿La primera que vea?" "La primera que veas de ese lado" "Ah, vale, bueno ya allí vuelvo a preguntar. Gracias" "De acuerdo, de nada" No sabíamos que teníamos que hacer, seguíamos igual que antes, pero decidimos ir a la aventura según las pocas pistas que nos habían dado las tres personas a las que habíamos preguntado.
Tras 45 largos y frustrantes minutos, pensamos que sería lo mejor llamar a casa para no preocupar a mi abuela, que decidió quedarse porque solo estaríamos fuera cinco escasos minutos, lo que tardáramos en ir al supermercado y volver. Pues eso, cinco minutos. El caso es que cogí mi movil y marqué, no sé en que momento me confundí, no tengo la más mínima idea, pero alguno de esos números decidió cambiarse de sitio y me lo cogió un ser desconocido "¿Sí? Dígame" "Esto..., perdón, creo que me he confundido, no estará allí María ¿no?" "María ¿La que pinta?" "Sí, sí, esa misma" "Pues no, no sé, no conozco a ninguna María" "Ah, vale, pues lo siento, adiós" "Adiós" El móvil continuó durante unos segundos en mi oreja, mientras tanto yo me dedicaba a reírme como si no existiese un mañana, a la misma vez mi madre me observaba algo asustada y sin entender nada, exactamente igual que como estaba yo en ese instante.
Para fortuna nuestra, localizamos a unos hombres que lograron encadenar dos palabras seguidas sin utilizar los comodines cosa, allá, ese lado u otro lado. Nos guiamos gracias a sus señas y llegamos a un lugar conocido que nos permitió seguir el camino hacia la preciosa puerta que se convertiría en nuestra salvación. Una vez allí, respiramos hondo y decidimos disfrutar de la tortilla como nunca, bien lo merecía después del viajecito que nos dimos por ella, por lo menos valió la pena y la comida salió rica.
Esa noche me fui a dormir relativamente pronto, pensando que el día siguiente sería mejor, no se me ocurría nada más surrealista que eso que me había ocurrido hoy. Parece que los vecinos me oyeron y decidieron superarlo, ya que no tardé mucho en escuchar una conocida canción que venía del piso de arriba, pero no les valió con cantar a Paulina Rubio (Seguiría siendo insoportable, pero algo más lógico), sino que se atrevieron a volver a su infancia: "Soy una taza, una tetera, una cuchara y un cucharón...". Media hora después, me encontraba con la almohada tapándome las orejas e intentando no escuchar más las voces de los habitantes del piso de arriba, que aparentaban no saberse más que esa musiquilla para niños pequeños, miré el reloj. Las 00.30, bravo, lograron superar el resto del día, se presentó como algo imposible, pero es que si te lo propones... ¡Menuda panda de locos!
Para empezar, volvimos a entrar en ese ya tan familiar coche que nos acompañó durante 5 horas ese día. No se nos hizo complicado llegar al supermercado más cercano, lo difícil fue irse. La salida que cogíamos habitualmente estaba cerrada por obras, así que tuvimos que utilizar otra que nos llevaba en dirección contraria a donde debíamos ir. Dado que ese día nuestro sentido de la orientación se había despedido para descansar horas antes, nos perdimos. Lo primero que se nos ocurrió fue lo más normal, preguntar, preguntar a la gente que allí vivía y que suponíamos sabría guiarnos.
No se como lo hicieron, pero el primer andaluz logró que dejásemos de tener cualquier tipo de esperanza en volver a casa, seguramente tuvo que ver la forma en que daba las señas: "Sigues tó recto, luego giras pa´llá y vuelves al otro lao" "Pero para allá ¿Para dónde? ¿A la izquierda?" "Pa´llá, pa´llá, después una rotonda que sigues recto y allí está" "Eeeh... vale, muchas gracias" Tras una sonrisa que pusimos por simple educación (Y porque el pobre hombre lo había intentado, aunque sin éxito), decidimos no darle importancia y ver si otra persona podría explicárnoslo algo mejor. Ilusas nosotras, paramos a otra andaluza, haciéndola perder su tiempo en vano "Sí, sí, una vez llegas a ese puente de allí y ves una cosa al lado, te vas hacia ese lado y una cuantas calles más allá, te vas para el otro" "Vale, vamos a ver, entonces llego al puente y giro a la derecha ¿no?" "Bueno, giras para el lado cuando veas esa cosa" "¿Qué cosa?" "¡La que verás allí! Después del puente" "Ajá... vale, vale. Gracias" Tras esto comenzamos a desesperarnos, pero seguimos siendo tan inocentes como para preguntar a un tercero "Ah, claro, allí voy yo en fiestas. Pues mira, llegas a esa rotonda y vas por una salida de ese lado, verás todo recto sin calles, pues te metes cuando veas una" "¿La primera que vea?" "La primera que veas de ese lado" "Ah, vale, bueno ya allí vuelvo a preguntar. Gracias" "De acuerdo, de nada" No sabíamos que teníamos que hacer, seguíamos igual que antes, pero decidimos ir a la aventura según las pocas pistas que nos habían dado las tres personas a las que habíamos preguntado.
Tras 45 largos y frustrantes minutos, pensamos que sería lo mejor llamar a casa para no preocupar a mi abuela, que decidió quedarse porque solo estaríamos fuera cinco escasos minutos, lo que tardáramos en ir al supermercado y volver. Pues eso, cinco minutos. El caso es que cogí mi movil y marqué, no sé en que momento me confundí, no tengo la más mínima idea, pero alguno de esos números decidió cambiarse de sitio y me lo cogió un ser desconocido "¿Sí? Dígame" "Esto..., perdón, creo que me he confundido, no estará allí María ¿no?" "María ¿La que pinta?" "Sí, sí, esa misma" "Pues no, no sé, no conozco a ninguna María" "Ah, vale, pues lo siento, adiós" "Adiós" El móvil continuó durante unos segundos en mi oreja, mientras tanto yo me dedicaba a reírme como si no existiese un mañana, a la misma vez mi madre me observaba algo asustada y sin entender nada, exactamente igual que como estaba yo en ese instante.
Para fortuna nuestra, localizamos a unos hombres que lograron encadenar dos palabras seguidas sin utilizar los comodines cosa, allá, ese lado u otro lado. Nos guiamos gracias a sus señas y llegamos a un lugar conocido que nos permitió seguir el camino hacia la preciosa puerta que se convertiría en nuestra salvación. Una vez allí, respiramos hondo y decidimos disfrutar de la tortilla como nunca, bien lo merecía después del viajecito que nos dimos por ella, por lo menos valió la pena y la comida salió rica.
Esa noche me fui a dormir relativamente pronto, pensando que el día siguiente sería mejor, no se me ocurría nada más surrealista que eso que me había ocurrido hoy. Parece que los vecinos me oyeron y decidieron superarlo, ya que no tardé mucho en escuchar una conocida canción que venía del piso de arriba, pero no les valió con cantar a Paulina Rubio (Seguiría siendo insoportable, pero algo más lógico), sino que se atrevieron a volver a su infancia: "Soy una taza, una tetera, una cuchara y un cucharón...". Media hora después, me encontraba con la almohada tapándome las orejas e intentando no escuchar más las voces de los habitantes del piso de arriba, que aparentaban no saberse más que esa musiquilla para niños pequeños, miré el reloj. Las 00.30, bravo, lograron superar el resto del día, se presentó como algo imposible, pero es que si te lo propones... ¡Menuda panda de locos!
lunes, 21 de marzo de 2011
Habladurías, habladurías.
Como si de un niño pequeño, de esos que juegan al famoso teléfono escacharrado en su tiempo libre, se tratase, se dedica a susurrar al oído de la persona que ocupa un espacio a su lado lo que otro acaba de contarle, aunque quizás algo cambiado. Solo quizás.
Tampoco es que le importe si es cierto o no lo que dice, no se va ni a preocupar en contrastarlo, ni siquiera reflexionará sobre si es lo correcto o no. De todas formas, si lo piensas, lo que es correcto y lo que no lo es está bastante distorsionado en nuestra sociedad. Sea como sea, él simplemente se dedica a decirlo a su acompañante. El único problema es que lo que acaba de resonar en sus tímpanos no es suficientemente interesante como para crear una conversación larga y divertida sobre ello, seguramente no importe que se cambie un poco para que se pueda conversar durante muchas entretenidas horas.
Al lado de él, habita una chica rubia, que escucha con atención la historia que su compañero le cuenta en ese tono tan bajo, no es capaz de percibir algunas palabras, da igual, ya hará lo posible por descubrirlas, como si tiene que cambiar ciertos aspectos de lo ocurrido. No importa.
De esta forma, la historia termina por convertirse en una de esas famosas telenovelas sudamericanas en las que el enrevesamiento es extremo, la gente comenta algo que en realidad no ha ocurrido, puede que el que ha recibido la información en último lugar si que piense que eso ha sido así, el problema es que el que ha comenzado ese cotilleo no es capaz de negarlo mientras haya algo de lo que hablar o no quede él en ridículo.
La sociedad actual, o parte de ella, ha llegado a un punto de irrespeto y de lo que podríamos llegar a llamar degradación de una manera exagerada, baja autoestima de forma simple, que no le importaría vender a su mejor amigo, contar sus trapos sucios, si tiene algo, lo que sea, que consiga meterle dentro de ese grupo, que le haga no sentirse fuera. Así que, una vez que esa persona que te acompaña normalmente no está, una vez la gente va a su rollo y tu no sabes de qué hablar, lo primero que harás será comenzar la frase con ¿Sabías que... o Me he enterado de que..., unos segundos después, el rumor correrá por los alrededores, unos minutos más tarde, la gente empezará a murmurar mientras pasas, sin disimulo alguno, no les importará que escuches, pero más tarde aún, a las horas, todo el distrito conocerá lo que supuestamente ocurrió en tu vida aunque aún no sepa ni quién eres tú.
La verdad es que merecería la pena intentar descubrir que mueve la existencia de esas personas, cuáles son sus objetivos en la vida o qué les motiva. No obstante, lo más probable es que ese estudio terminase más pronto de lo esperado, una respuesta ocuparía el 100% de los labios de estas personas: Pff... Y yo qué sé. No tienen planes de futuro mayores que lo que hacer el viernes siguiente, por eso mismo se entretienen comentando la vida de todo el mundo, porque no saben de otra forma de divertirse, su mente es tan plana, tan llana, tan vacía de pensamientos coherentes, no porque no puedan, sino porque simplemente no se esfuerzan por hacerlo, porque no hay nada que les motive para intentar usar algo más el cerebro.
Sinceramente pienso que la gente debería quererse más, por lo menos lo suficiente como para no vender a esos que te tratan tan bien, esos que antes de enterarse de cosas que no deberían haber pasado te apreciaban tanto, lo suficiente como para mantenerse firme y no entrar al trapo en esas situaciones. No hace falta estar rodeado de gente en todo momento, pero si que es recomendable el respetar a los demás, y más aún el respetarse a sí mismo, ese es el primer paso.
Tampoco es que le importe si es cierto o no lo que dice, no se va ni a preocupar en contrastarlo, ni siquiera reflexionará sobre si es lo correcto o no. De todas formas, si lo piensas, lo que es correcto y lo que no lo es está bastante distorsionado en nuestra sociedad. Sea como sea, él simplemente se dedica a decirlo a su acompañante. El único problema es que lo que acaba de resonar en sus tímpanos no es suficientemente interesante como para crear una conversación larga y divertida sobre ello, seguramente no importe que se cambie un poco para que se pueda conversar durante muchas entretenidas horas.
Al lado de él, habita una chica rubia, que escucha con atención la historia que su compañero le cuenta en ese tono tan bajo, no es capaz de percibir algunas palabras, da igual, ya hará lo posible por descubrirlas, como si tiene que cambiar ciertos aspectos de lo ocurrido. No importa.
De esta forma, la historia termina por convertirse en una de esas famosas telenovelas sudamericanas en las que el enrevesamiento es extremo, la gente comenta algo que en realidad no ha ocurrido, puede que el que ha recibido la información en último lugar si que piense que eso ha sido así, el problema es que el que ha comenzado ese cotilleo no es capaz de negarlo mientras haya algo de lo que hablar o no quede él en ridículo.
La sociedad actual, o parte de ella, ha llegado a un punto de irrespeto y de lo que podríamos llegar a llamar degradación de una manera exagerada, baja autoestima de forma simple, que no le importaría vender a su mejor amigo, contar sus trapos sucios, si tiene algo, lo que sea, que consiga meterle dentro de ese grupo, que le haga no sentirse fuera. Así que, una vez que esa persona que te acompaña normalmente no está, una vez la gente va a su rollo y tu no sabes de qué hablar, lo primero que harás será comenzar la frase con ¿Sabías que... o Me he enterado de que..., unos segundos después, el rumor correrá por los alrededores, unos minutos más tarde, la gente empezará a murmurar mientras pasas, sin disimulo alguno, no les importará que escuches, pero más tarde aún, a las horas, todo el distrito conocerá lo que supuestamente ocurrió en tu vida aunque aún no sepa ni quién eres tú.
La verdad es que merecería la pena intentar descubrir que mueve la existencia de esas personas, cuáles son sus objetivos en la vida o qué les motiva. No obstante, lo más probable es que ese estudio terminase más pronto de lo esperado, una respuesta ocuparía el 100% de los labios de estas personas: Pff... Y yo qué sé. No tienen planes de futuro mayores que lo que hacer el viernes siguiente, por eso mismo se entretienen comentando la vida de todo el mundo, porque no saben de otra forma de divertirse, su mente es tan plana, tan llana, tan vacía de pensamientos coherentes, no porque no puedan, sino porque simplemente no se esfuerzan por hacerlo, porque no hay nada que les motive para intentar usar algo más el cerebro.
Sinceramente pienso que la gente debería quererse más, por lo menos lo suficiente como para no vender a esos que te tratan tan bien, esos que antes de enterarse de cosas que no deberían haber pasado te apreciaban tanto, lo suficiente como para mantenerse firme y no entrar al trapo en esas situaciones. No hace falta estar rodeado de gente en todo momento, pero si que es recomendable el respetar a los demás, y más aún el respetarse a sí mismo, ese es el primer paso.
miércoles, 16 de marzo de 2011
La vida misma
Qué difícil es la convivencia...
-Hola- Sonríe mientras camina al interior de la casa
-¡Ey!- Sigue atento a su pantalla, o más bien al videojuego que hay en ella
-¿Qué tal el día?
-Ptsé...- Se encoje de hombros mientras sus neuronas se concentran al cien por cien en ese coche que no hace más que destrozar la gran ciudad.
-¿Ptsé? ¿Cómo que ptsé?- Se lo toma con humor y comienza a reírse, pero no desiste y continúa intentando que utilice su cerebro para otras cosas- Entonces todo bien ¿no?
-Séh
-¿Qué significa "séh"?- No tiene ninguna duda de lo que significa, pero es que ella conseguirá sacar algo en claro de esa conversación sea como sea.
-Pues eso- ¿Por qué pregunta tanto? Voy a perder la partida...
- Creo que voy a cambiarme y a preparar algo rápido de cena.
- Ajá...
- No te apetece nada especial ¿No?- ¿Para qué pregunto? ¡Si quiere algo especial que se lo prepare él mismo!
-Especial...- Ni siquiera sé lo que me acaba de decir, solo he entendido lo de "algo especial"...
-Sí, especial... ¿Me estás escuchando?
-Ajá..
-¿¡No puedes darle al pause un segundo!? Es bastante frustrante hablar con alguien que ni me mira a la cara
-La cara...
-¡Por favor! ¡Un poco de atención por aquí...!
-Espera, que estoy a punto de ganar la carrera- Vuelve a dejar de atender al mundo exterior y se mete en su burbuja, él, la consola y la pantalla son los únicos supervivientes del planeta- Vamos... Vamos...
- Bueno, mira, si quieres algo especial te levantas y te lo haces tu mismo
- Sí, cariño, yo también te quiero- Lo dice en serio, no ha escuchado una palabra de lo que le ha dicho y eso es una repuesta recurrente.
- Pero ¡¿Qué dices?! ¡Buah! ¿Sábes qué? Cuando quieras hablar y dejes la máquina esta de una vez, vienes- Le mira y le ve asentir, se da cuenta de que no está escuchándola y termina por desesperarse del todo- No sé para qué digo nada si ahora mismo toda tu atención está en ese jueguecito...- Se va, enfadada, a la misma vez que pronuncia esa frase, se pierde por el pasillo marcando fuertemente el paso con los tacones- Parece que su pareja es la maquinita y no yo, tio...
- ¡Vale...!-Sigue a lo suyo, solo que esta vez y tras el portazo que ella da al entrar en la habitación, termina por descentrarse y no presta atención al videojuego por primera vez- ¡Mierda! Ya he perdido, ¡En el último momento!
...Y qué complicadas son las relaciones humanas. Nada más que añadir.
-Hola- Sonríe mientras camina al interior de la casa
-¡Ey!- Sigue atento a su pantalla, o más bien al videojuego que hay en ella
-¿Qué tal el día?
-Ptsé...- Se encoje de hombros mientras sus neuronas se concentran al cien por cien en ese coche que no hace más que destrozar la gran ciudad.
-¿Ptsé? ¿Cómo que ptsé?- Se lo toma con humor y comienza a reírse, pero no desiste y continúa intentando que utilice su cerebro para otras cosas- Entonces todo bien ¿no?
-Séh
-¿Qué significa "séh"?- No tiene ninguna duda de lo que significa, pero es que ella conseguirá sacar algo en claro de esa conversación sea como sea.
-Pues eso- ¿Por qué pregunta tanto? Voy a perder la partida...
- Creo que voy a cambiarme y a preparar algo rápido de cena.
- Ajá...
- No te apetece nada especial ¿No?- ¿Para qué pregunto? ¡Si quiere algo especial que se lo prepare él mismo!
-Especial...- Ni siquiera sé lo que me acaba de decir, solo he entendido lo de "algo especial"...
-Sí, especial... ¿Me estás escuchando?
-Ajá..
-¿¡No puedes darle al pause un segundo!? Es bastante frustrante hablar con alguien que ni me mira a la cara
-La cara...
-¡Por favor! ¡Un poco de atención por aquí...!
-Espera, que estoy a punto de ganar la carrera- Vuelve a dejar de atender al mundo exterior y se mete en su burbuja, él, la consola y la pantalla son los únicos supervivientes del planeta- Vamos... Vamos...
- Bueno, mira, si quieres algo especial te levantas y te lo haces tu mismo
- Sí, cariño, yo también te quiero- Lo dice en serio, no ha escuchado una palabra de lo que le ha dicho y eso es una repuesta recurrente.
- Pero ¡¿Qué dices?! ¡Buah! ¿Sábes qué? Cuando quieras hablar y dejes la máquina esta de una vez, vienes- Le mira y le ve asentir, se da cuenta de que no está escuchándola y termina por desesperarse del todo- No sé para qué digo nada si ahora mismo toda tu atención está en ese jueguecito...- Se va, enfadada, a la misma vez que pronuncia esa frase, se pierde por el pasillo marcando fuertemente el paso con los tacones- Parece que su pareja es la maquinita y no yo, tio...
- ¡Vale...!-Sigue a lo suyo, solo que esta vez y tras el portazo que ella da al entrar en la habitación, termina por descentrarse y no presta atención al videojuego por primera vez- ¡Mierda! Ya he perdido, ¡En el último momento!
...Y qué complicadas son las relaciones humanas. Nada más que añadir.
domingo, 13 de marzo de 2011
¿Y qué cuento yo ahora?
Tras tres días reflexionando, después de tres mañanas en las que mi cabeza ha sido puesta patas arriba, quedándose desordenada y sin idea de como debería recolocarse, sigo sin saber qué tema será el siguiente. Y aquí me encuentro, escribiéndolo en una entrada, intentando que ocupe algo más que estas tres líneas.
Espero que este repentino enfado con las musas sea cosa de unos pocos días, horas si es elegible, pero mientras sigan molestas conmigo por yo qué sé qué deberé valerme por los restos que dejaron en mi mente para escribir algo más. Parece ser que la imaginación, por su parte, continúa sin preguntarle a nadie si se la necesita y me asalta cuando le apetece, dejándome más frustrada todavía en el momento en que mi pantalla es testigo de esos pequeños textos inextensibles que ocupan poco más de cuatro líneas, por lo que no están preparados para ser colgados aquí.
Probablemente debería de disculparme con ellas, eso si supiese por qué, lo que si es verdad es que, si bien su enfado lleva ahí, aunque latente, pero ahí, unos cuantos meses, esta vez su furia se ha desatado y se han declarado en huelga como si de unos controladores aéreos cualquiera se trataran, dejándome a mi desvalida y sin forma alguna de crear algo medianamente decente. A la vista está ¡Qué esto es muy mejorable!
Tendré que mantenerme tranquila y contar hasta cien en el momento en el que nos reunamos para llegar a un acuerdo con ellas, porque así desde luego no puedo seguir, en un instante me asaltan títulos, si que tengo temas en mente, por supuesto que sí, el problema es no poder desarrollarlos ni saber cuando tendré potestad para hacerlo, no son míos, no son de mi propiedad y no puedo robárselos a mis ayudantes sin preguntar antes. El otro día no dudé en hacerlo, me acerqué relajada y sin tensión para después pedírselo de buenas maneras, la dificultad comenzó cuando me lo negaron, de forma tajante me dijeron que no. Ni una letra más, ni una palabra, ni una frase explicándose, simplemente no.
Sigo dándole vueltas a la cabeza, analizando mis movimientos y gestos, mis respuestas y preguntas, sus posibles exiguas ayudas, pero nada, todo sigue igual, no comprendo que he hecho ni entiendo el por qué de esto que ocurre. Al menos parece que la tormenta ha pasado levemente y me han permitido salir del paso y escribir este pequeño texto, no obstante es lo suficientemente largo como para ser premiado con una publicación. Aparentemente tienen un corazón lo bastante grande como para no dejarme a la deriva por completo, continúo en una reducida tabla de madera que comienza a romperse en pedazos, sin embargo esta vez los tiburones que la rodeaban han desaparecido y mis lecciones de natación, presumiblemente mas que suficientes, dan sus frutos.
Aunque probablemente lo que ocurra es que me encuentro en el ojo del huracán, un lugar más o menos calmado en comparación con lo que le rodea, pero significaría que se avecina lo peor, una sequía completa de ideas mientras llueve sobre mi y los vientos me arrastran de un lado a otro, sin destino final aparente. Suplico que eso no ocurra pues no puedo permitírmelo, por eso mismo espero poder reunirme con ellas pronto y llegar a un acuerdo. Comenzaré colocando mi cabeza como estaba antes de la masacre, las ideas por allí, la imaginación por allá... Parece sencillo, no obstante esto es solo el comienzo.
Espero que este repentino enfado con las musas sea cosa de unos pocos días, horas si es elegible, pero mientras sigan molestas conmigo por yo qué sé qué deberé valerme por los restos que dejaron en mi mente para escribir algo más. Parece ser que la imaginación, por su parte, continúa sin preguntarle a nadie si se la necesita y me asalta cuando le apetece, dejándome más frustrada todavía en el momento en que mi pantalla es testigo de esos pequeños textos inextensibles que ocupan poco más de cuatro líneas, por lo que no están preparados para ser colgados aquí.
Probablemente debería de disculparme con ellas, eso si supiese por qué, lo que si es verdad es que, si bien su enfado lleva ahí, aunque latente, pero ahí, unos cuantos meses, esta vez su furia se ha desatado y se han declarado en huelga como si de unos controladores aéreos cualquiera se trataran, dejándome a mi desvalida y sin forma alguna de crear algo medianamente decente. A la vista está ¡Qué esto es muy mejorable!
Tendré que mantenerme tranquila y contar hasta cien en el momento en el que nos reunamos para llegar a un acuerdo con ellas, porque así desde luego no puedo seguir, en un instante me asaltan títulos, si que tengo temas en mente, por supuesto que sí, el problema es no poder desarrollarlos ni saber cuando tendré potestad para hacerlo, no son míos, no son de mi propiedad y no puedo robárselos a mis ayudantes sin preguntar antes. El otro día no dudé en hacerlo, me acerqué relajada y sin tensión para después pedírselo de buenas maneras, la dificultad comenzó cuando me lo negaron, de forma tajante me dijeron que no. Ni una letra más, ni una palabra, ni una frase explicándose, simplemente no.
Sigo dándole vueltas a la cabeza, analizando mis movimientos y gestos, mis respuestas y preguntas, sus posibles exiguas ayudas, pero nada, todo sigue igual, no comprendo que he hecho ni entiendo el por qué de esto que ocurre. Al menos parece que la tormenta ha pasado levemente y me han permitido salir del paso y escribir este pequeño texto, no obstante es lo suficientemente largo como para ser premiado con una publicación. Aparentemente tienen un corazón lo bastante grande como para no dejarme a la deriva por completo, continúo en una reducida tabla de madera que comienza a romperse en pedazos, sin embargo esta vez los tiburones que la rodeaban han desaparecido y mis lecciones de natación, presumiblemente mas que suficientes, dan sus frutos.
Aunque probablemente lo que ocurra es que me encuentro en el ojo del huracán, un lugar más o menos calmado en comparación con lo que le rodea, pero significaría que se avecina lo peor, una sequía completa de ideas mientras llueve sobre mi y los vientos me arrastran de un lado a otro, sin destino final aparente. Suplico que eso no ocurra pues no puedo permitírmelo, por eso mismo espero poder reunirme con ellas pronto y llegar a un acuerdo. Comenzaré colocando mi cabeza como estaba antes de la masacre, las ideas por allí, la imaginación por allá... Parece sencillo, no obstante esto es solo el comienzo.
martes, 8 de marzo de 2011
Basado en hechos reales
Salgo del baño, tras terminar de recogerme el pelo, sin prisa alguna, son las 23:45 y el sueño aún no ha decidido si quiere llevarse bien conmigo o, por el contrario, pasar de mi esta noche. Daré la segunda por respuesta si sigue dudoso en media hora. Entro en mi habitación y no puedo evitar pararme nada más observar como el mismísimo "Rastro" se ha instalado en ella. Tres pantalones en la cama, otros tres más enfrente de esta, mi silla y los abrigos parecen tener una estrecha relación y los papeles de mi mesa se multiplican por segundos. Dios mio, que desastre, a lo mejor debería recoger un poco. Las palabras "a lo mejor" siguen resonando en mi mente un rato más, finalmente las obvio. Cosa rara en mi.
Comienzo por la cama y decido escoger uno de esos tres pantalones como mi atuendo para la mañana siguiente, el resto lo tiro en el baúl que sostiene los otros tres pantalones. Eso ya lo recojo lo último. Comienzo a romper relaciones, vuelvo a ocupar mi cama, esta vez con el abrigo. Esto parece la pescadilla que se muerde la cola, bueno, primero elige lo de mañana. Eso hago, escojo una chaqueta, elijo una camiseta y cojo uno de los abrigos. Y ¿El resto? ¿Todo esto sobra? Pff...
Parece interminable. Sí, parece, porque al mirar el reloj descubro que son las 23:47, solo llevo dos minutos tratando de solucionar este desastre. Abro el cajón en busca de un poco de fuerza de voluntad, pero parece que hoy pierdo todo lo que necesito y no se dónde puedo haberla metido. Observo la silla vacía, sin compañía, sin ese familiar cercano en el que ya se han convertido todas las prendas para el frío que allí colocaba. Me giro al baúl, está agobiado por todos los desconocidos que han aparecido de repente en su vida y hoy no se siente excesivamente sociable. Suspiro mientras meto las manos en los bolsillos de mi pijama, siento que estoy tocando algo desconocido ¡Vaya! Aquí estaba la fuerza de voluntad.
Decido utilizarla para acercarme a mi armario y coger una percha, prefiero no obligar a mi baúl a hacer amigos con alguien si tiene un mal día, así que coloco en la suertuda percha que he cogido al azar de entre todas las de mi armario el abrigo más pesado de todos los que tengo, encima. Vale, Marta, parece que vamos avanzando, por fin. Miro el reloj de nuevo, 23:54. Bueno, al menos parece que esta vez no solo se me ha hecho largo, sino que me ha cundido algo. Sé sincera contigo misma, Marta, en realidad solo has colgado un abrigo. Mi cabeza decide funcionar en mi contra y empieza a hablarme, mientras tanto mi otra mitad, como si del doctor Jekyll y mister Hyde me tratase, le contesta de forma no muy agradable a esa pesimista parte de mi que raramente sale. Pues sí ¿Y qué? Algún abrigo tendrá que ser el primero ¿No crees?
Intentó parar la guerra que comienza en mi interior y volver a centrarme, pero al mirar el baúl lo veo más desahogado y mis reservas de esa pequeña fuerza de voluntad que encontré en mi bolsillo se han terminado. Podría rebuscar entre mis cosas para ver si encuentro más, tiene que haber más por algún lado. Aunque probablemente las 23:57 no sea una buena hora para tratar de localizarla. Quizás debería preocuparme más por saber dónde está el sueño, ese que aún no me ha dado una respuesta, que sigue deliberando si debe hacerme compañía esta noche. Quizás sí.
Abro mi cama y termino de hacer alguna última cosa, sonrío al ver de nuevo acompañada a mi silla y me meto en la cama preguntándome si tendría que salir yo misma a por el sueño y obligarle a venir conmigo esa noche, aunque solo sea esa noche, ya que al día siguiente no necesitaré más de sus servicios, me planteo el buscarla por otros medios, como ese de contar ovejitas, aunque lo deshecho enseguida, siempre me preocupó demasiado el no perderme mientras las colocaba un número encima. Apago la luz y me alegro al encontrar ese sueño en mis párpados, parece sentirse a gusto sentado en ellos. Cierro los ojos lentamente, pero, poco antes de dormirme profundamente, termino preguntándome si... Suspiro. No, no me pregunto nada, solo quiero dormir...
Comienzo por la cama y decido escoger uno de esos tres pantalones como mi atuendo para la mañana siguiente, el resto lo tiro en el baúl que sostiene los otros tres pantalones. Eso ya lo recojo lo último. Comienzo a romper relaciones, vuelvo a ocupar mi cama, esta vez con el abrigo. Esto parece la pescadilla que se muerde la cola, bueno, primero elige lo de mañana. Eso hago, escojo una chaqueta, elijo una camiseta y cojo uno de los abrigos. Y ¿El resto? ¿Todo esto sobra? Pff...
Parece interminable. Sí, parece, porque al mirar el reloj descubro que son las 23:47, solo llevo dos minutos tratando de solucionar este desastre. Abro el cajón en busca de un poco de fuerza de voluntad, pero parece que hoy pierdo todo lo que necesito y no se dónde puedo haberla metido. Observo la silla vacía, sin compañía, sin ese familiar cercano en el que ya se han convertido todas las prendas para el frío que allí colocaba. Me giro al baúl, está agobiado por todos los desconocidos que han aparecido de repente en su vida y hoy no se siente excesivamente sociable. Suspiro mientras meto las manos en los bolsillos de mi pijama, siento que estoy tocando algo desconocido ¡Vaya! Aquí estaba la fuerza de voluntad.
Decido utilizarla para acercarme a mi armario y coger una percha, prefiero no obligar a mi baúl a hacer amigos con alguien si tiene un mal día, así que coloco en la suertuda percha que he cogido al azar de entre todas las de mi armario el abrigo más pesado de todos los que tengo, encima. Vale, Marta, parece que vamos avanzando, por fin. Miro el reloj de nuevo, 23:54. Bueno, al menos parece que esta vez no solo se me ha hecho largo, sino que me ha cundido algo. Sé sincera contigo misma, Marta, en realidad solo has colgado un abrigo. Mi cabeza decide funcionar en mi contra y empieza a hablarme, mientras tanto mi otra mitad, como si del doctor Jekyll y mister Hyde me tratase, le contesta de forma no muy agradable a esa pesimista parte de mi que raramente sale. Pues sí ¿Y qué? Algún abrigo tendrá que ser el primero ¿No crees?
Intentó parar la guerra que comienza en mi interior y volver a centrarme, pero al mirar el baúl lo veo más desahogado y mis reservas de esa pequeña fuerza de voluntad que encontré en mi bolsillo se han terminado. Podría rebuscar entre mis cosas para ver si encuentro más, tiene que haber más por algún lado. Aunque probablemente las 23:57 no sea una buena hora para tratar de localizarla. Quizás debería preocuparme más por saber dónde está el sueño, ese que aún no me ha dado una respuesta, que sigue deliberando si debe hacerme compañía esta noche. Quizás sí.
Abro mi cama y termino de hacer alguna última cosa, sonrío al ver de nuevo acompañada a mi silla y me meto en la cama preguntándome si tendría que salir yo misma a por el sueño y obligarle a venir conmigo esa noche, aunque solo sea esa noche, ya que al día siguiente no necesitaré más de sus servicios, me planteo el buscarla por otros medios, como ese de contar ovejitas, aunque lo deshecho enseguida, siempre me preocupó demasiado el no perderme mientras las colocaba un número encima. Apago la luz y me alegro al encontrar ese sueño en mis párpados, parece sentirse a gusto sentado en ellos. Cierro los ojos lentamente, pero, poco antes de dormirme profundamente, termino preguntándome si... Suspiro. No, no me pregunto nada, solo quiero dormir...
lunes, 7 de marzo de 2011
Cisne Negro
El Lago de los Cisnes, el Cisne Blanco, el Cisne Negro. La incomodidad me acompañó durante toda la película, como si fuese mi sombra, atacándome y no permitiéndome alejarme de ella en ningún momento. La angustia se hizo su amiga no mucho más tarde y se aliaron para envolverme a la vez, consiguiendo una sensación que en algunos instantes me obligó a apartar la mirada de la pantalla para tratar de relajarme, eso sí, sin éxito.
Una obsesión es el tema principal, sí, pero una obsesión alimentada por su mundo, o al menos por el mundo que ella veía, que ella imaginaba, algo que en muchos momentos se hace difícil de distinguir. El viaje a los infiernos de una chica que desea la perfección, pero que a la vez se convierte en su propia enemiga no permitiéndose alcanzarla es el tema principal de la película. Es un largometraje de extremos, todos los personajes muestran lo peor de ellos, creo que no he logrado ver ninguno que mostrase algo bueno, exceptuando el principio de la protagonista, que ya mostraba su obsesión por no cometer fallos. Una vez ella se deja llevar por ese mundo no hay marcha atrás, está perdida y poco a poco irá descuidando su rumbo.
Te hacen testigo de cómo se corrompe una chica que, inicialmente, está controlada en extremo, por eso mismo, en el momento en el que la presión se apodera de ella y no tiene más remedio que convivir algo más de lo habitual con ese depravado mundo no lo soportan ni ella ni su salud mental, en el momento en el que trata de buscar una salida a su agobio, termina por romperse completamente cualquier atisbo de cordura que pudiera tener, consiguiendo que se convierta en una más de esa compañía tan extremadamente malvada que juguetea continuamente con el fino hilo que separa lo ilegal de lo moralmente incorrecto.
Todo está narrado de manera que consigue hacerte sentir Nina, el personaje protagonista, notas su angustia en cada momento. Creo que sé a lo que se debe, a una completa perfección uniendo lenguaje, imagen y actuaciones, entre las que destaco a Natalie Portman, está inmejorable. No me veo capaz de ver una escena en la que baje el ritmo, de hecho creo que se mejora por diapositivas, sin exagerar. Es más que difícil hacer que un espectador necesite dejar de mirar la pantalla para destensarse porque está cerca del infarto con un argumento tan aparentemente plano, del que no parece poder sacarse nada en claro, pero lo cierto es que no hay detalle alguno que se le escape ni escena a la que se le puedan poner pegas, todo es necesario e innecesario a la vez. Sí, habéis leido bien, necesario e innecesario, digo esto porque hay partes de la película que no son esenciales para seguir la trama, no obstante, sin ellas el grado de tensión habría bajado considerablemente.
El lenguaje, vale, una forma de hablar directa, sin rodeos ni adornos. No solamente debo decir que directa sino que también era bastante insultante e incómoda, logrando hacerte sentir fuera de lugar y, por qué no decirlo, bastante inquieta. No encontrarás metáforas, no encontrarás comparaciones, ni tampoco frases preciosas pero ininteligibles, por el contrario, te toparas con tacos y con palabras soeces en extremo, pero no te asustes, es parte de su plan. Y lo consiguen ¡Vaya si lo consiguen!
Todo es una obra maestra, una obra maestra que te deja la cabeza llena de dilemas, si poder reaccionar y con un nudo en la garganta, una obra maestra con la que necesitas unas cuantas horas para aclarar tus ideas, eso es lo que realmente es: Una obra maestra
Una obsesión es el tema principal, sí, pero una obsesión alimentada por su mundo, o al menos por el mundo que ella veía, que ella imaginaba, algo que en muchos momentos se hace difícil de distinguir. El viaje a los infiernos de una chica que desea la perfección, pero que a la vez se convierte en su propia enemiga no permitiéndose alcanzarla es el tema principal de la película. Es un largometraje de extremos, todos los personajes muestran lo peor de ellos, creo que no he logrado ver ninguno que mostrase algo bueno, exceptuando el principio de la protagonista, que ya mostraba su obsesión por no cometer fallos. Una vez ella se deja llevar por ese mundo no hay marcha atrás, está perdida y poco a poco irá descuidando su rumbo.
Te hacen testigo de cómo se corrompe una chica que, inicialmente, está controlada en extremo, por eso mismo, en el momento en el que la presión se apodera de ella y no tiene más remedio que convivir algo más de lo habitual con ese depravado mundo no lo soportan ni ella ni su salud mental, en el momento en el que trata de buscar una salida a su agobio, termina por romperse completamente cualquier atisbo de cordura que pudiera tener, consiguiendo que se convierta en una más de esa compañía tan extremadamente malvada que juguetea continuamente con el fino hilo que separa lo ilegal de lo moralmente incorrecto.
Todo está narrado de manera que consigue hacerte sentir Nina, el personaje protagonista, notas su angustia en cada momento. Creo que sé a lo que se debe, a una completa perfección uniendo lenguaje, imagen y actuaciones, entre las que destaco a Natalie Portman, está inmejorable. No me veo capaz de ver una escena en la que baje el ritmo, de hecho creo que se mejora por diapositivas, sin exagerar. Es más que difícil hacer que un espectador necesite dejar de mirar la pantalla para destensarse porque está cerca del infarto con un argumento tan aparentemente plano, del que no parece poder sacarse nada en claro, pero lo cierto es que no hay detalle alguno que se le escape ni escena a la que se le puedan poner pegas, todo es necesario e innecesario a la vez. Sí, habéis leido bien, necesario e innecesario, digo esto porque hay partes de la película que no son esenciales para seguir la trama, no obstante, sin ellas el grado de tensión habría bajado considerablemente.
El lenguaje, vale, una forma de hablar directa, sin rodeos ni adornos. No solamente debo decir que directa sino que también era bastante insultante e incómoda, logrando hacerte sentir fuera de lugar y, por qué no decirlo, bastante inquieta. No encontrarás metáforas, no encontrarás comparaciones, ni tampoco frases preciosas pero ininteligibles, por el contrario, te toparas con tacos y con palabras soeces en extremo, pero no te asustes, es parte de su plan. Y lo consiguen ¡Vaya si lo consiguen!
Todo es una obra maestra, una obra maestra que te deja la cabeza llena de dilemas, si poder reaccionar y con un nudo en la garganta, una obra maestra con la que necesitas unas cuantas horas para aclarar tus ideas, eso es lo que realmente es: Una obra maestra
sábado, 26 de febrero de 2011
Más allá de la vida
18:15. Butacas no numeradas y sala de cine abarrotada. La búsqueda de sitio fue el mayor reto intelectual al que me vi sometida esa tarde en la que me decidí a ir a ver "Más allá de la vida" al cine ¿Sensación final? No lo tengo claro. Ningún misterio, ningún giro inesperado, ninguna de esas escenas de acción tan utilizadas actualmente en la gran pantalla, nada. Todo fue plano, aunque no podría decir que me aburrí durante el largometraje, quizás si en ciertas escenas.
La película comienza, no podía ser de otra manera, mostrándote la muerte o, al menos, algo muy cercano a ella. Tras esto empieza todo, un Tsunami consigue que la historia se desarrolle. Clint Eastwood nos enseña las vidas, completamente diferentes y en naciones distintas, de tres personas ligadas a lo que hay más allá de una manera u otra.
Nada más acabar la cinta traté de buscar en mi interior algo de lo que me había dejado, pero no conseguí hallarlo, me quedé igual que cuando entré en la sala, ni un solo cambio. Eso debería darme la respuesta a mi pregunta sobre la sensación final, pero lo cierto es que, a pesar de no dejarme nada, no me importaría volver a verla, probablemente para buscar el mensaje que vislumbré horas después de haber finalizado el filme. Creo firmemente que Eastwood buscó algo que tuviese profundidad más allá de cualquier tipo de argumento definido. Intentó mostrar las vidas de gente que ha perdido a alguien, de gente que ha visto la muerte con sus propios ojos, de gente que tiene contacto directo con ella, intentó unir todos estos elementos y crear algo que, a mi entender, se acerca más al cine como hace tiempo dejó de entenderse, el cine puro, de lo que cualquier otro metraje con argumento, nudo y desenlace. Tampoco diré que no tiene ninguna de estas tres características, de hecho he de decir que tiene un trío de cada, uno por cada personaje.
A pesar de estos ingredientes, que deberían dejar un muy buen sabor de boca en el espectador, personalmente vuelvo a repetir que me quedé fría, pienso que se debe al contínuo cambio de escenario, de país y, a su vez, de argumento, cosa que no te permite penetrar en la personalidad del personaje o en su historia en ningún momento, porque cuando comienzas a hacerlo la escena termina y tienes el reto de ahondar en el carácter del siguiente protagonista antes de que te presenten al posterior, lo que se traduce en unos pocos minutos.
Es una película especial, diferente al resto de largometrajes que hay en cartelera, a lo mejor me paso el resto de mi vida buscando la sensación que me dejó cuando terminé de verla, quizás simplemente deba admitir que no me dejó sentimiento alguno, probablemente deba aceptar que eso no es algo tan horrible y que por lo demás puedo catalogarla como perfecta, pero, si he de ser sincera, me niego. Podría convertirse en una cinta llena de sentimentalismo, se queda al límite de ello, no obstante no consigue romper del todo. Además, el final es tan abierto, dejándote imaginar prácticamente todas la opciones posibles, que no solo debes preocuparte por buscar "algo", cualquier cosa, que te permita opinar sobre la película para bien o para mal cuando te pregunten, sino que también tienes que pensar que ocurrirá con esas personas tras aparecer los títulos de crédito en pantalla.
Invito a la gente a verla, invito a la gente a no perder detalle e invito a la gente a contarme su opinión después de verla, así quizás lograré sacar algún veredicto final, teniendo criterio para ponerle la cruz o, por el contrario, catalogarla como uno de esos films que se encuentran en la lista de favoritos. Sea como sea, creo que terminaré por ponerla en mi pantalla de nuevo, dándole una segunda oportunidad para dejarme ese buen sabor de boca que esta posible obra maestra se merece.
La película comienza, no podía ser de otra manera, mostrándote la muerte o, al menos, algo muy cercano a ella. Tras esto empieza todo, un Tsunami consigue que la historia se desarrolle. Clint Eastwood nos enseña las vidas, completamente diferentes y en naciones distintas, de tres personas ligadas a lo que hay más allá de una manera u otra.
Nada más acabar la cinta traté de buscar en mi interior algo de lo que me había dejado, pero no conseguí hallarlo, me quedé igual que cuando entré en la sala, ni un solo cambio. Eso debería darme la respuesta a mi pregunta sobre la sensación final, pero lo cierto es que, a pesar de no dejarme nada, no me importaría volver a verla, probablemente para buscar el mensaje que vislumbré horas después de haber finalizado el filme. Creo firmemente que Eastwood buscó algo que tuviese profundidad más allá de cualquier tipo de argumento definido. Intentó mostrar las vidas de gente que ha perdido a alguien, de gente que ha visto la muerte con sus propios ojos, de gente que tiene contacto directo con ella, intentó unir todos estos elementos y crear algo que, a mi entender, se acerca más al cine como hace tiempo dejó de entenderse, el cine puro, de lo que cualquier otro metraje con argumento, nudo y desenlace. Tampoco diré que no tiene ninguna de estas tres características, de hecho he de decir que tiene un trío de cada, uno por cada personaje.
A pesar de estos ingredientes, que deberían dejar un muy buen sabor de boca en el espectador, personalmente vuelvo a repetir que me quedé fría, pienso que se debe al contínuo cambio de escenario, de país y, a su vez, de argumento, cosa que no te permite penetrar en la personalidad del personaje o en su historia en ningún momento, porque cuando comienzas a hacerlo la escena termina y tienes el reto de ahondar en el carácter del siguiente protagonista antes de que te presenten al posterior, lo que se traduce en unos pocos minutos.
Es una película especial, diferente al resto de largometrajes que hay en cartelera, a lo mejor me paso el resto de mi vida buscando la sensación que me dejó cuando terminé de verla, quizás simplemente deba admitir que no me dejó sentimiento alguno, probablemente deba aceptar que eso no es algo tan horrible y que por lo demás puedo catalogarla como perfecta, pero, si he de ser sincera, me niego. Podría convertirse en una cinta llena de sentimentalismo, se queda al límite de ello, no obstante no consigue romper del todo. Además, el final es tan abierto, dejándote imaginar prácticamente todas la opciones posibles, que no solo debes preocuparte por buscar "algo", cualquier cosa, que te permita opinar sobre la película para bien o para mal cuando te pregunten, sino que también tienes que pensar que ocurrirá con esas personas tras aparecer los títulos de crédito en pantalla.
Invito a la gente a verla, invito a la gente a no perder detalle e invito a la gente a contarme su opinión después de verla, así quizás lograré sacar algún veredicto final, teniendo criterio para ponerle la cruz o, por el contrario, catalogarla como uno de esos films que se encuentran en la lista de favoritos. Sea como sea, creo que terminaré por ponerla en mi pantalla de nuevo, dándole una segunda oportunidad para dejarme ese buen sabor de boca que esta posible obra maestra se merece.
viernes, 18 de febrero de 2011
Lluvia en Madrid
Camina por la calle con los cascos puestos y el volumen lo más alto posible, quiere evitar los sonidos de los coches y la gente que la rodea. Comienza a observar, mientras camina a paso cada vez más acelerado, como las nubes encapotan ese cielo ya de por sí menos azul de lo normal de la gran ciudad, Madrid. Contempla los movimientos de la gente, cada rincón de ese lugar, a la misma vez que su música lo convierte en algo más hermoso.
Las gotas comienzan a mojar el suelo y ella no puede evitar deleitarse con eso, le gustan los días de lluvia, para que negarlo. Además, parece que la trenza que reposa sobre su hombro no permitirá que su pelo, color castaño claro, se moje demasiado. Siempre dudaron a su alrededor si debían nombrarlo como rubio algo oscuro o si, por el contrario, se trataba de un color cobrizo, pero ella siempre tuvo claro que el oro no adornaba su cabeza.
Puede ver a lo lejos , por fin, la boca de metro, había paseado durante largo rato para llegar a él y parece que la nubes cada vez descargan más agua, tanto que en no mucho tiempo se terminará por convertir en una tormenta, así que quizás debería correr un poco más. Eso hace, o eso hacía, porque al pasar frente a un Starbucks y comprobar que éste estaba vacío, o prácticamente vacío, no ha podido resistirse a la tentación y ha decidido pasar la tormenta en su interior. Nada más entrar, quita uno de los cascos de su oído y baja el volumen de la música, se acerca para pedir alguno de esos ricos bollos que allí venden y no puede evitar ponerle ojos golosos a uno en especial, ese será el que elija, ese le señalará a la camarera, ese saboreará en su mesa durante largos minutos.
No tarda en transformar esto en una realidad y sentarse en aquel sitio que permite observar la calle. Sigue escuchando una de las canciones que ocupan espacio en su Ipod, pero uno de los auriculares sigue caído, haciendo que el otro deba hacer más esfuerzos por desafiar la fuerza de la gravedad, mientras los sabores invaden sus papilas gustativas. Contempla como el suelo de la calle cada vez se moja más, la gente ya va con paraguas y quien no trata de resguardarse en cualquier cafetería, la que ella habita ahora mismo no iba a ser menos, por eso al poco tiempo esta se llena, todos la miran de arriba abajo observando que ella se encuentra seca, ni una gota de lluvia mojaba su abrigo. Tras todos los ojos que luchaban por aguantar la mirada con los suyos azules, volvió a prestarle atención a su reproductor de música, las servilletas que agradecen su visita son testigos de ello, también lo es la camarera que recogerá la mesa que ha ocupado a la misma vez que ella sale de ese lugar, sabe que se mojará mucho, pero no le importa en exceso, el metro está a poca distancia y de esa manera las calorías que acababa de ingerir desaparecerían de su cuerpo.
"I get tired, and upset, and i´m trying to care a little less, and i googoo, i only get depressed, i was taught to touch those issues i was told. Don´t worry, there´s no doubt, there´s always something to cry about when you´re stuck in an angry crowd, they dont think what they say before they open their mouth"
Canta esa primera estrofa de la canción una vez el techo del metro la resguarda de la tormenta, busca el euro que la permitirá desplazarse hasta su casa, que, afortunadamente, se encuentra a un par de calles de su portal. Hace poco que lo abrieron, pero la verdad es que bendice ese momento desde el primer segundo en el que lo hicieron. Esa moneda que introduce se convierte en un billete de metro en apenas un minutos. Corre cuando pasa la barrera que impide entrar sin ticket para no perder el vagón que se encuentra en la estación ahora mismo. Tiene suerte y consigue meterse en este cuando las puertas comenzaban a cerrarse.
Un par de transbordos más tarde, se encuentra frente a su portal y con las llaves preparadas para ser utilizadas. Entra y llama al ascensor, que sube bastante más despacio de lo habitual. Las puertas se abren y entra en su casa mientras la lluvia sigue golpeando los cristales. Cree que se dará una ducha para entrar en calor. Se quita el único auricular del oído y deja el Ipod en la mesa a la vez que se aleja dirección a su baño. Su aparato reproductor avisa por falta de batería mientras la música continúa sonando, no avisa en vano, poco después la pantalla se vuelve negra. Apagado.
Las gotas comienzan a mojar el suelo y ella no puede evitar deleitarse con eso, le gustan los días de lluvia, para que negarlo. Además, parece que la trenza que reposa sobre su hombro no permitirá que su pelo, color castaño claro, se moje demasiado. Siempre dudaron a su alrededor si debían nombrarlo como rubio algo oscuro o si, por el contrario, se trataba de un color cobrizo, pero ella siempre tuvo claro que el oro no adornaba su cabeza.
Puede ver a lo lejos , por fin, la boca de metro, había paseado durante largo rato para llegar a él y parece que la nubes cada vez descargan más agua, tanto que en no mucho tiempo se terminará por convertir en una tormenta, así que quizás debería correr un poco más. Eso hace, o eso hacía, porque al pasar frente a un Starbucks y comprobar que éste estaba vacío, o prácticamente vacío, no ha podido resistirse a la tentación y ha decidido pasar la tormenta en su interior. Nada más entrar, quita uno de los cascos de su oído y baja el volumen de la música, se acerca para pedir alguno de esos ricos bollos que allí venden y no puede evitar ponerle ojos golosos a uno en especial, ese será el que elija, ese le señalará a la camarera, ese saboreará en su mesa durante largos minutos.
No tarda en transformar esto en una realidad y sentarse en aquel sitio que permite observar la calle. Sigue escuchando una de las canciones que ocupan espacio en su Ipod, pero uno de los auriculares sigue caído, haciendo que el otro deba hacer más esfuerzos por desafiar la fuerza de la gravedad, mientras los sabores invaden sus papilas gustativas. Contempla como el suelo de la calle cada vez se moja más, la gente ya va con paraguas y quien no trata de resguardarse en cualquier cafetería, la que ella habita ahora mismo no iba a ser menos, por eso al poco tiempo esta se llena, todos la miran de arriba abajo observando que ella se encuentra seca, ni una gota de lluvia mojaba su abrigo. Tras todos los ojos que luchaban por aguantar la mirada con los suyos azules, volvió a prestarle atención a su reproductor de música, las servilletas que agradecen su visita son testigos de ello, también lo es la camarera que recogerá la mesa que ha ocupado a la misma vez que ella sale de ese lugar, sabe que se mojará mucho, pero no le importa en exceso, el metro está a poca distancia y de esa manera las calorías que acababa de ingerir desaparecerían de su cuerpo.
"I get tired, and upset, and i´m trying to care a little less, and i googoo, i only get depressed, i was taught to touch those issues i was told. Don´t worry, there´s no doubt, there´s always something to cry about when you´re stuck in an angry crowd, they dont think what they say before they open their mouth"
Canta esa primera estrofa de la canción una vez el techo del metro la resguarda de la tormenta, busca el euro que la permitirá desplazarse hasta su casa, que, afortunadamente, se encuentra a un par de calles de su portal. Hace poco que lo abrieron, pero la verdad es que bendice ese momento desde el primer segundo en el que lo hicieron. Esa moneda que introduce se convierte en un billete de metro en apenas un minutos. Corre cuando pasa la barrera que impide entrar sin ticket para no perder el vagón que se encuentra en la estación ahora mismo. Tiene suerte y consigue meterse en este cuando las puertas comenzaban a cerrarse.
Un par de transbordos más tarde, se encuentra frente a su portal y con las llaves preparadas para ser utilizadas. Entra y llama al ascensor, que sube bastante más despacio de lo habitual. Las puertas se abren y entra en su casa mientras la lluvia sigue golpeando los cristales. Cree que se dará una ducha para entrar en calor. Se quita el único auricular del oído y deja el Ipod en la mesa a la vez que se aleja dirección a su baño. Su aparato reproductor avisa por falta de batería mientras la música continúa sonando, no avisa en vano, poco después la pantalla se vuelve negra. Apagado.
lunes, 14 de febrero de 2011
Hoy es San Valentín, hoy es un día más.
Esta mañana ha sonado mi despertador a las ocho, como siempre, y he abierto los ojos queriendo volverme a dormir, como es habitual. No ha ocurrido nada especial esta mañana ¿Por qué debería? "Porque es San Valentín" Eso tendría que servirme como explicación. Pues eso, un día más.
Al llegar hoy a clase he saludado y sido saludada, al igual que normalmente, lo único que me ha podido hacer recordar que no era un Lunes cualquiera es esa exhausta y entretenida, por otra parte, tarea de repartir clase por clase los corazones que encargaron los niños de primaria, mayoritariamente. El resto del tiempo se ha desarrollado de manera normal. Eso digo yo, una jornada cualquiera.
El recreo me ha permitido disfrutar de un delicioso bocadillo de la cafetería, después una clase con película y otra más, anterior a la hora de comer. Vamos, lo que es mi horario, "Recreo, dos horas y a comer". Yo sigo opinando igual, una fecha más en el calendario.
Tras la hora que nos permiten para alimentarnos, he regresado preparada para enfrentarme a 120 minutos de más materias. Correcciones y soluciones son las cosas que han ocupado 100 de esos 120 minutos. El resto ha sido empleado en traducciones, pero vamos, aclaro que nada especial. Igual pienso, un amanecer-atardecer-anochecer sin nada especial.
Al llegar a mi casa me he preparado una merienda antes de comenzar con algunas tareas. Después he ocupado mi ordenador portátil y he comenzado a conversar con varias personas. Y entre Nanteses y Madrileños he terminado viendo uno de esos programas que fueron dejados de la mano de Dios y abandonados, pero que la actual telebasura ha decidido recuperar. "Allá tú", cada día más decadente, pero que para tener de fondo no está nada mal. Pienso aún aquello de "Un alba más".
El tiempo pasa y ese espacio que había colocado de fondo termina por ser ojeado "Por ver como iba", ahora vendría el momento en el que mi vida ha sentido mayor emoción en todo el día "¡Vaya! El jugador se ha quedado con las dos mejores cajas" Interesante. La verdad es que el que se ha llevado el dinero finalmente ha sido él, pero oye, la emoción me ha embargado por un instante. Sí, tranquilo lector, estoy siendo irónica. Aquello que no paro de repetir de "Ese crepúsculo otra vez".
Y es que mi día de San Valentín ha sido tan sumamente especial que merecía ser escrito aquí. Aún sigo pensando en esas dos cajas... Ese par de cubículos que me han hecho despertar. Al igual que deberíais despertar vosotros ¿De verdad necesitáis que os marquen un día para ser más cariñosos? Contesto por mí aunque ya sabréis la respuesta. Pff, hoy no me apetece ser clara. Lo que yo decía, 24 horas más.
Al llegar hoy a clase he saludado y sido saludada, al igual que normalmente, lo único que me ha podido hacer recordar que no era un Lunes cualquiera es esa exhausta y entretenida, por otra parte, tarea de repartir clase por clase los corazones que encargaron los niños de primaria, mayoritariamente. El resto del tiempo se ha desarrollado de manera normal. Eso digo yo, una jornada cualquiera.
El recreo me ha permitido disfrutar de un delicioso bocadillo de la cafetería, después una clase con película y otra más, anterior a la hora de comer. Vamos, lo que es mi horario, "Recreo, dos horas y a comer". Yo sigo opinando igual, una fecha más en el calendario.
Tras la hora que nos permiten para alimentarnos, he regresado preparada para enfrentarme a 120 minutos de más materias. Correcciones y soluciones son las cosas que han ocupado 100 de esos 120 minutos. El resto ha sido empleado en traducciones, pero vamos, aclaro que nada especial. Igual pienso, un amanecer-atardecer-anochecer sin nada especial.
Al llegar a mi casa me he preparado una merienda antes de comenzar con algunas tareas. Después he ocupado mi ordenador portátil y he comenzado a conversar con varias personas. Y entre Nanteses y Madrileños he terminado viendo uno de esos programas que fueron dejados de la mano de Dios y abandonados, pero que la actual telebasura ha decidido recuperar. "Allá tú", cada día más decadente, pero que para tener de fondo no está nada mal. Pienso aún aquello de "Un alba más".
El tiempo pasa y ese espacio que había colocado de fondo termina por ser ojeado "Por ver como iba", ahora vendría el momento en el que mi vida ha sentido mayor emoción en todo el día "¡Vaya! El jugador se ha quedado con las dos mejores cajas" Interesante. La verdad es que el que se ha llevado el dinero finalmente ha sido él, pero oye, la emoción me ha embargado por un instante. Sí, tranquilo lector, estoy siendo irónica. Aquello que no paro de repetir de "Ese crepúsculo otra vez".
Y es que mi día de San Valentín ha sido tan sumamente especial que merecía ser escrito aquí. Aún sigo pensando en esas dos cajas... Ese par de cubículos que me han hecho despertar. Al igual que deberíais despertar vosotros ¿De verdad necesitáis que os marquen un día para ser más cariñosos? Contesto por mí aunque ya sabréis la respuesta. Pff, hoy no me apetece ser clara. Lo que yo decía, 24 horas más.
martes, 8 de febrero de 2011
Carpe Diem
Ayer por la tarde, a eso de las cinco y media, me encontraba acompañada por Bea y Alba en la estancia de suelos naranjas que se utiliza para hacer aerobic en el polideportivo "Pepu Hernández", iba a comenzar la clase de los lunes en breves minutos y nos hallábamos preparadas para sufrir un poco, mentalizadas para soportar cualquier cosa, pues pensábamos que sería como las otras clases. Ya aclaro que nos equivocamos, por una vez no hubo nada de sufrimiento, no al menos del físico.
Nuestra nueva monitora, ya que la habitual está de vacaciones, decidió que nos iría bien una sesión de baile. Bueno, no sonaba mal, algo más o menos entretenido. Pues bien, el instante en el que nos mostró el primer paso dejaba entrever que no sería una coreografía normal, aunque más claro lo dejaron los siguientes. Tras hacer todo tipo de gestos, más o menos normales, que lograron hacerme reflexionar durante mucho rato varias cuestiones. Sí, habéis leído bien, el baile logró hacerme meditar lo que no razono normalmente, porque llevaba atascada con los temas para el blog semanas y en ese instante logré pensar hasta siete, de los cuales, debo decir, solo recuerdo cinco, cosa bastante frustrate, por otra parte. Llegamos a los pasos "ochenteros", lo entrecomillo debido a que estaban mezclado con salsa y algo de pseudohip-hop, aunque siempre con la esencia de esos no tan lejanos famosos años de baile, siendo sinceros, una gran peluca a lo afro y pantalones de campana nos habrían hecho viajar en el tiempo a una época que ni siquiera hemos conocido.
Lo cierto es que esto tan solo me sirve de introducción, o eso debería, aunque parece que me he extendido bastante en ella, pero esa clase tenía intención de tratarla en otra entrada, no hay que desperdiciar ideas que últimamente son escasas. Ahora mismo sé que debéis estaros preguntando para qué he soltado todo este rollo si no voy a terminar hablando de ello, enseguida os responderé que lo que trato de dejar claro es el rídiculo que pasamos en la clase más alejada de lo que está llamada a ser. Diré que si hay algo que no soporto en la vida, por ser un poco exagerada, es hacer el ridículo, aunque, siendo franca, de vez en cuando tampoco viene mal.
Nombro todo esto porque en esa clase al final fue más divertida de lo esperado, no sufrí por estar llevando a cabo pasos incoherentes y que nos hacían plantearnos la edad de nuestra profesora, más bien todo lo contrario, y es que si bien no me gusta hacer el ridículo, una vez que es inevitable hacerlo, mejor disfrutar y tomárselo con humor. Hace no mucho tiempo pude escuchar en la televisión esta misma teoría "Reír por defecto" decían y a pesar de que a la caja tonta no debe dársele demasiada importancia, realmente me sentí identificada. No tanto reír por defecto, logrando que parezcamos unos completos desequilibrados, sino el tomarse con filosofía todo aquello que la vida te ponga como obstáculo, aunque muchas veces sea difícil. Siempre hay excepciones, momentos y situaciones en las que eso se convierte en algo imposible, pero alejados de ellas lo mejor que puedes hacer es disfrutar el momento, exactamente lo que significan las dos palabras que adornan mi título.
Me asombró bastante el escuchar la que es mi filosofía de vida de la boca de una supuesta psicóloga. No me gusta nada el ver a la gente llorando contínuamente o, en su defecto, enumerando todos los problemas que ocupan su mente. Siempre he creído que si tratas de tener algo de vitalidad todo te irá mucho mejor, al menos a mi me resulta cargante y me agota psicológicamente hablando el soportar a alguien que en todo momento ve el vaso medio vacío, porque en ese caso lo único que debes hacer es llenarlo. Bastantes complicaciones te da la vida como para encima vivirla de mala manera. Así que, queridos lectores míos, dejadme daros un consejo en solo dos palabras, las mismas que se observan en letras grandes encima de estos enanos caracteres. Carpe Diem.
Nuestra nueva monitora, ya que la habitual está de vacaciones, decidió que nos iría bien una sesión de baile. Bueno, no sonaba mal, algo más o menos entretenido. Pues bien, el instante en el que nos mostró el primer paso dejaba entrever que no sería una coreografía normal, aunque más claro lo dejaron los siguientes. Tras hacer todo tipo de gestos, más o menos normales, que lograron hacerme reflexionar durante mucho rato varias cuestiones. Sí, habéis leído bien, el baile logró hacerme meditar lo que no razono normalmente, porque llevaba atascada con los temas para el blog semanas y en ese instante logré pensar hasta siete, de los cuales, debo decir, solo recuerdo cinco, cosa bastante frustrate, por otra parte. Llegamos a los pasos "ochenteros", lo entrecomillo debido a que estaban mezclado con salsa y algo de pseudohip-hop, aunque siempre con la esencia de esos no tan lejanos famosos años de baile, siendo sinceros, una gran peluca a lo afro y pantalones de campana nos habrían hecho viajar en el tiempo a una época que ni siquiera hemos conocido.
Lo cierto es que esto tan solo me sirve de introducción, o eso debería, aunque parece que me he extendido bastante en ella, pero esa clase tenía intención de tratarla en otra entrada, no hay que desperdiciar ideas que últimamente son escasas. Ahora mismo sé que debéis estaros preguntando para qué he soltado todo este rollo si no voy a terminar hablando de ello, enseguida os responderé que lo que trato de dejar claro es el rídiculo que pasamos en la clase más alejada de lo que está llamada a ser. Diré que si hay algo que no soporto en la vida, por ser un poco exagerada, es hacer el ridículo, aunque, siendo franca, de vez en cuando tampoco viene mal.
Nombro todo esto porque en esa clase al final fue más divertida de lo esperado, no sufrí por estar llevando a cabo pasos incoherentes y que nos hacían plantearnos la edad de nuestra profesora, más bien todo lo contrario, y es que si bien no me gusta hacer el ridículo, una vez que es inevitable hacerlo, mejor disfrutar y tomárselo con humor. Hace no mucho tiempo pude escuchar en la televisión esta misma teoría "Reír por defecto" decían y a pesar de que a la caja tonta no debe dársele demasiada importancia, realmente me sentí identificada. No tanto reír por defecto, logrando que parezcamos unos completos desequilibrados, sino el tomarse con filosofía todo aquello que la vida te ponga como obstáculo, aunque muchas veces sea difícil. Siempre hay excepciones, momentos y situaciones en las que eso se convierte en algo imposible, pero alejados de ellas lo mejor que puedes hacer es disfrutar el momento, exactamente lo que significan las dos palabras que adornan mi título.
Me asombró bastante el escuchar la que es mi filosofía de vida de la boca de una supuesta psicóloga. No me gusta nada el ver a la gente llorando contínuamente o, en su defecto, enumerando todos los problemas que ocupan su mente. Siempre he creído que si tratas de tener algo de vitalidad todo te irá mucho mejor, al menos a mi me resulta cargante y me agota psicológicamente hablando el soportar a alguien que en todo momento ve el vaso medio vacío, porque en ese caso lo único que debes hacer es llenarlo. Bastantes complicaciones te da la vida como para encima vivirla de mala manera. Así que, queridos lectores míos, dejadme daros un consejo en solo dos palabras, las mismas que se observan en letras grandes encima de estos enanos caracteres. Carpe Diem.
lunes, 31 de enero de 2011
¿Y si lo hubiese dicho...?
¿Qué pasaría si esta entrada la estuviese escribiendo un periodista del "New York Times"? ¿Y si, por el contrario, la hubiese formado un niño en la arena? ¿Terminaría de la misma manera? Obviamente no. Probablemente en el primer caso acabaría por convertirse en un bombazo, algo increíblemente maravilloso y maravillosamente increíble. El segundo texto desaparecería entre pisadas y miradas indiferentes que no se molestarían siquiera en leer la primera palabra. Lo cierto es que esto no es nada especial, nada del otro mundo, solo un conjunto más de frases y oraciones combinadas con mayor o menor destreza, pero solo es eso, una simple entrada más, un texto que se leerá, posiblemente se comentará y a los pocos días se olvidará, como es lo normal, nadie espera más porque no sería lógico.
¿Qué ocurriría si ese vecino al que tanto detestas, ese al que tanto odias, tuviese una idea magnífica, una que pudiese solucionarte muchos problemas? ¿Y si la pensase tu mejor amigo? No creo necesaria la respuesta. La verdad es que es alucinante la poca objetividad que nos caracteriza, ya puede salir lo mismo de tus labios que de los de la persona que te acompaña, nunca se verá con los mismos ojos. Ni aunque ambos tengáis buena relación con el receptor, aún en ese caso lo recibirá de una manera distinta.
¿Qué diferencia hay entre que Stephen Hawking declare que buscar vida extraterrestre es un riesgo alto a que nos ataquen y que lo diga el agobiante hombre de "El Círculo de Lectores"? Ninguna está basada en algo, ambas son conjeturas, en ese caso ¿Por qué una siembra el pánico y la otra no? Me diréis "No compares, por favor, uno es un físico y científico mientras que el otro solo se dedica a repartir libros casa por casa" Y tenéis razón, pero eso solo me serviría si se basasen en algo, simples conjeturas son simples conjeturas tanto para un científico como para un repartidor.
Busquemos más ejemplos, aunque, para ser sincera no creo que hagan falta más, pero para los más escépticos continuaré mostrando casos. Esta vez nos colocaremos en el campo deportivo, en el futbolístico para ser más exactos ¿Qué repercusión tendría que el adorado Pep Guardiola pronunciase en uno de sus pocos momentos no-zen una queja sobre el árbitro? ¿Y si lo hace el no-tan-adorado Mourinho? También puedo prescindir de responder, tan solo debéis ojear las noticias deportivas, sé lo que algunos de vosotros estais pensando ahora mismo y volveré a parafrasearos "Oh, Dios, Pep nunca haría eso, nunca se quejaría del árbitro ¿¡En qué piensas!?" Y otra vez estaríais en lo cierto, Pep nunca se quejará de un árbitro, tampoco creo que lo necesitase porque esta subjetividad de la que hablo también se muestra en el terreno de juego. En cualquier caso, esa es otra polémica en la que no quiero profundizar.
Buscando un último ejemplo, algo más cercano ¿Qué hay de esa gente que te rodea diariamente? ¿Todas sus opiniones tienen la misma trascendencia en ti? Imaginando la escena, una de esas personas que te importan realmente está contando sus vivencias en la boda a la que asistió el pasado sábado, seguro que te acercas a preguntar, a someterla a un tercer grado para conocer todos y cada uno de los detalles. Cambiemos algunos acontecimientos, la persona que lo cuenta... Digamos simplemente que no es Santo de tu devoción, pongamos que ni siquiera te lo está explicando a ti, tan solo lo escuchas de fondo ¿Qué pensarías? Seguramente tu mente estaría ocupada por frases tales como "¿Y a mi qué me importa?" o "Mírale, haciéndose el interesante" ¿Por qué? por el simple hecho de que no te cae bien, y eso ya le hace el hombre más detestable sobre la faz de la Tierra.
Terminaré exponiendo mi opinión,creo firmemente que nadie es tan horrible como podemos llegar a pensar, al igual que ninguna persona conocida por nosotros es tan absolutamente maravillosa y perfecta como opinamos de algunos. Es cierto que hay excepciones, que hay gente que explota más su lado malvado que el bueno, tristemente no pienso que ocurra igual al contrario, pero en la mayoría de los casos ambos lados están presentes, aunque muchas veces nos neguemos a verlo. Sinceramente opino que tratar de mostrar algo más de objetividad ante las cosas no nos vendría mal, no sería un signo de inferioridad sino todo lo contrario, querría decir que no le das importancia, significaria que no es influyente en ti, sería señal de madurez y tolerancia, demostraría que has pasado página en un libro que aparentabas haber terminado hace mucho.
¿Qué ocurriría si ese vecino al que tanto detestas, ese al que tanto odias, tuviese una idea magnífica, una que pudiese solucionarte muchos problemas? ¿Y si la pensase tu mejor amigo? No creo necesaria la respuesta. La verdad es que es alucinante la poca objetividad que nos caracteriza, ya puede salir lo mismo de tus labios que de los de la persona que te acompaña, nunca se verá con los mismos ojos. Ni aunque ambos tengáis buena relación con el receptor, aún en ese caso lo recibirá de una manera distinta.
¿Qué diferencia hay entre que Stephen Hawking declare que buscar vida extraterrestre es un riesgo alto a que nos ataquen y que lo diga el agobiante hombre de "El Círculo de Lectores"? Ninguna está basada en algo, ambas son conjeturas, en ese caso ¿Por qué una siembra el pánico y la otra no? Me diréis "No compares, por favor, uno es un físico y científico mientras que el otro solo se dedica a repartir libros casa por casa" Y tenéis razón, pero eso solo me serviría si se basasen en algo, simples conjeturas son simples conjeturas tanto para un científico como para un repartidor.
Busquemos más ejemplos, aunque, para ser sincera no creo que hagan falta más, pero para los más escépticos continuaré mostrando casos. Esta vez nos colocaremos en el campo deportivo, en el futbolístico para ser más exactos ¿Qué repercusión tendría que el adorado Pep Guardiola pronunciase en uno de sus pocos momentos no-zen una queja sobre el árbitro? ¿Y si lo hace el no-tan-adorado Mourinho? También puedo prescindir de responder, tan solo debéis ojear las noticias deportivas, sé lo que algunos de vosotros estais pensando ahora mismo y volveré a parafrasearos "Oh, Dios, Pep nunca haría eso, nunca se quejaría del árbitro ¿¡En qué piensas!?" Y otra vez estaríais en lo cierto, Pep nunca se quejará de un árbitro, tampoco creo que lo necesitase porque esta subjetividad de la que hablo también se muestra en el terreno de juego. En cualquier caso, esa es otra polémica en la que no quiero profundizar.
Buscando un último ejemplo, algo más cercano ¿Qué hay de esa gente que te rodea diariamente? ¿Todas sus opiniones tienen la misma trascendencia en ti? Imaginando la escena, una de esas personas que te importan realmente está contando sus vivencias en la boda a la que asistió el pasado sábado, seguro que te acercas a preguntar, a someterla a un tercer grado para conocer todos y cada uno de los detalles. Cambiemos algunos acontecimientos, la persona que lo cuenta... Digamos simplemente que no es Santo de tu devoción, pongamos que ni siquiera te lo está explicando a ti, tan solo lo escuchas de fondo ¿Qué pensarías? Seguramente tu mente estaría ocupada por frases tales como "¿Y a mi qué me importa?" o "Mírale, haciéndose el interesante" ¿Por qué? por el simple hecho de que no te cae bien, y eso ya le hace el hombre más detestable sobre la faz de la Tierra.
Terminaré exponiendo mi opinión,creo firmemente que nadie es tan horrible como podemos llegar a pensar, al igual que ninguna persona conocida por nosotros es tan absolutamente maravillosa y perfecta como opinamos de algunos. Es cierto que hay excepciones, que hay gente que explota más su lado malvado que el bueno, tristemente no pienso que ocurra igual al contrario, pero en la mayoría de los casos ambos lados están presentes, aunque muchas veces nos neguemos a verlo. Sinceramente opino que tratar de mostrar algo más de objetividad ante las cosas no nos vendría mal, no sería un signo de inferioridad sino todo lo contrario, querría decir que no le das importancia, significaria que no es influyente en ti, sería señal de madurez y tolerancia, demostraría que has pasado página en un libro que aparentabas haber terminado hace mucho.
viernes, 28 de enero de 2011
Frío. Mucho frío...
Sí, sé que me voy a convertir en la chica de los temas raros en el blog, estoy segura. Pero en tiempos de crisis, aunque en este caso no sea económica sino de ideas, hay que saber sacar de donde no los hay. Ya sabéis que mis títulos no dejan nada para la imaginación, así que si leéis "Frío..." quiere decir frío. No hay más.
Hoy he llegado a mi casa con el abrigo tapándome hasta la altura de la nariz, con mis guantes puestos y las manos metidas en los bolsillos para conseguir la mayor calidez posible, pensaba que nada más entrar en mi casa esto se me pasaría, ya que es lo que suele ocurrir en mi domicilio, pero esta vez me confundí. Probablemente debido a que necesitaría teletransportarme al mismísimo desierto de Sahara para entrar en calor, sin embargo eso no es posible, evidentemente.
El caso es que en el segundo en que el abrigo ha dejado de cubrir mi ropa y ha caído encima de mi cama todo esto se ha hecho más notable y no he podido evitar que un escalofrío recorriese mi cuerpo, así que rápidamente he decidido que debía hacer que mis radiadores emanasen calor. Tras esta gran idea, que me perdono no haber tenido antes por estar mis neuronas congeladas, mi camino hacia el salón, donde debía encender la calefacción, fue rápido y preciso. No me frené a la hora de colocarlo a la temperatura más alta posible, aunque luego me arrepintiese y, de nuevo después de apagarlo, volví a lamentarlo.
Coloqué la única manta que tenemos en mi casa para estos frescos momentos encima del radiador y en el momento en el que ya estaba cálido me la puse por encima, esto consiguió calmar un poco la tiritona que tenía, que es poco habitual en mí, ya que no soy para nada friolera, aún así no sé qué me ha pasado esta tarde para llegar a esos extremos.
Si en alguna ocasión me preguntáis si prefiero el verano o el invierno, refiriéndoos en realidad al frío o el calor, siempre responderé que la época en la que la nieve cubre las casas en algunas partes del mundo, aunque tengo asumido que no aquí, es bastante mejor que la primera. En el caso de tener esa gelidez tomando tu cuerpo puedes seguir colocándote capas y capas, jerséis, sudaderas y más jerséis, aunque si esto sigue sin servirte tienes la opción de permitir que el agua caliente cumpla esa función de calefactor, mientras todas esas capas que antes no te sirvieron se ponen sobre el radiador, así en el momento en el que toque cerrar el grifo no volverás a lo mismo de antes y seguirás sintiéndote en pleno Agosto. Por el contrario, a los que prefieran el verano pediré que me cuenten sus técnicas, puesto que yo en esa temporada no logro conciliar el sueño correctamente ni apartarme del ventilador en mi habitación, si me encuentro en el salón, el aire acondicionado se transforma en mi mejor amigo y maldigo el simple segundo en el que piso la primera baldosa de la acera. Llega un momento en el que lo que antes me colocaba encima en invierno deja de existir y ya no quedan más posibilidades o formas de bajar la temperatura de tu cuerpo.
Probablemente al elegir esa época del año estaré sacando mi lado más masoquista, pero yo creo que, si incluso cuando necesito usar mi ordenador portátil como calefactor sigo firme a ese pensamiento, es porque es la realidad, digo esto porque ciertamente no tendría el mismo significado si es dicho en el bochornoso verano. Todo el mundo sueña con estar en el Polo Norte en esos momentos, al igual que yo ahora mismo desearía estar en el desierto del Sahara, como ya he nombrado antes. Así que ya sabéis, si estáis sufriendo este invierno tanto como yo lo he hecho hoy, capas y capas, tazas de café o, en su defecto, nesquik y baños calentitos, eso nunca falla.
Hoy he llegado a mi casa con el abrigo tapándome hasta la altura de la nariz, con mis guantes puestos y las manos metidas en los bolsillos para conseguir la mayor calidez posible, pensaba que nada más entrar en mi casa esto se me pasaría, ya que es lo que suele ocurrir en mi domicilio, pero esta vez me confundí. Probablemente debido a que necesitaría teletransportarme al mismísimo desierto de Sahara para entrar en calor, sin embargo eso no es posible, evidentemente.
El caso es que en el segundo en que el abrigo ha dejado de cubrir mi ropa y ha caído encima de mi cama todo esto se ha hecho más notable y no he podido evitar que un escalofrío recorriese mi cuerpo, así que rápidamente he decidido que debía hacer que mis radiadores emanasen calor. Tras esta gran idea, que me perdono no haber tenido antes por estar mis neuronas congeladas, mi camino hacia el salón, donde debía encender la calefacción, fue rápido y preciso. No me frené a la hora de colocarlo a la temperatura más alta posible, aunque luego me arrepintiese y, de nuevo después de apagarlo, volví a lamentarlo.
Coloqué la única manta que tenemos en mi casa para estos frescos momentos encima del radiador y en el momento en el que ya estaba cálido me la puse por encima, esto consiguió calmar un poco la tiritona que tenía, que es poco habitual en mí, ya que no soy para nada friolera, aún así no sé qué me ha pasado esta tarde para llegar a esos extremos.
Si en alguna ocasión me preguntáis si prefiero el verano o el invierno, refiriéndoos en realidad al frío o el calor, siempre responderé que la época en la que la nieve cubre las casas en algunas partes del mundo, aunque tengo asumido que no aquí, es bastante mejor que la primera. En el caso de tener esa gelidez tomando tu cuerpo puedes seguir colocándote capas y capas, jerséis, sudaderas y más jerséis, aunque si esto sigue sin servirte tienes la opción de permitir que el agua caliente cumpla esa función de calefactor, mientras todas esas capas que antes no te sirvieron se ponen sobre el radiador, así en el momento en el que toque cerrar el grifo no volverás a lo mismo de antes y seguirás sintiéndote en pleno Agosto. Por el contrario, a los que prefieran el verano pediré que me cuenten sus técnicas, puesto que yo en esa temporada no logro conciliar el sueño correctamente ni apartarme del ventilador en mi habitación, si me encuentro en el salón, el aire acondicionado se transforma en mi mejor amigo y maldigo el simple segundo en el que piso la primera baldosa de la acera. Llega un momento en el que lo que antes me colocaba encima en invierno deja de existir y ya no quedan más posibilidades o formas de bajar la temperatura de tu cuerpo.
Probablemente al elegir esa época del año estaré sacando mi lado más masoquista, pero yo creo que, si incluso cuando necesito usar mi ordenador portátil como calefactor sigo firme a ese pensamiento, es porque es la realidad, digo esto porque ciertamente no tendría el mismo significado si es dicho en el bochornoso verano. Todo el mundo sueña con estar en el Polo Norte en esos momentos, al igual que yo ahora mismo desearía estar en el desierto del Sahara, como ya he nombrado antes. Así que ya sabéis, si estáis sufriendo este invierno tanto como yo lo he hecho hoy, capas y capas, tazas de café o, en su defecto, nesquik y baños calentitos, eso nunca falla.
sábado, 22 de enero de 2011
Ours
Camina por la calle, a punto de llegar al portal de su casa. Cada vez más deprisa, no puede evitarlo, nunca pudo. En el momento en el que se encuentra sola por la calle su velocidad crece por segundos, no hay motivo aparente, simplemente no es capaz de impedir que le ocurra.
Esa enorme ciudad, Nueva York, jamás ha pensado fríamente el lugar en el que vive. Cada vez que cruza el Central Park para llegar a su domicilio es como si cruzase un parque de cualquier otra parte del mundo. Seguramente le ocurra igual a la primera persona escogida al azar del país que se te ocurra, un londinense no se siente pequeño al pasar bajo el Big Ben, ni un madrileño recuerda su historia mientras la Plaza Mayor le rodea. Simplemente es algo cotidiano, te acostumbras a disfrutar de las maravillas de tu ciudad a diario.
Abre la entrada de su portal y llama al ascensor, su mente sigue dando vueltas en su lengua materna "Elevator buttons and morning air", No puede evitar girar su rostro hacia la puerta cuando escucha ruidos, sus vecinos de enfrente acaban de llegar en un incómodo silencio. Decide sacar el móvil e ir a la bandeja de mensajes para escribirle uno a él "...Strangers silence make me wanna take the stairs, if you were here we´d laugh about their vacant stares..." Suspira profundamente cuando se lo envía, sea como sea él no está allí "...But, right now, my time is theirs" termina la frase en un susurro completamente inaudible. En ese mismo segundo su móvil comienza a vibrar, bendito modo silencioso. Debe haber leído el mensaje que acaba de mandarle y ha decidido contestarla.
Tras leer su respuesta sube corriendo por las escaleras, olvidándose de ese ascensor, el cual deberían arreglar por su inusual tardanza. Se arregla algo más y vuelve al primer piso. Sale desprisa, como siempre, directa a la cafetería localizada frente a su casa, entra y se sienta a esperar. Decide entretenerse escribiendo en una de esas servilletas que tiene delante, rebusca en su interminable bolso, seguro que allí tenía un bolígrafo, en ese lugar se podían encontrar hasta las siete maravillas del mundo ¡Lo encontró!
Comienza a escribir en esa irrompible servilleta "Seems like there´s always someone who disapproves, they´ll judge it like they know about me and you..." Observa la calle por el cristal y le ve haciendo señas, pidiéndola que salga con una sonrisa. Ella se levanta y camina hacia la puerta de salida mientras escucha a la gente hablar "And the verdict comes from those with nothing else to do" Examina a la mujer que acaba de leerle la mente con esa frase, está hablando por su móvil con una cara de póker que bien podría hacerla pasar por jugadora profesional.
Se acerca a él riendo y, sin necesidad de mediar palabra, ambos saben a dónde van, a su parque. Una vez allí buscan el banco de siempre, lo encuentran y lo examinan, descubriendo su frase "The jury´s out, my choice is you" sonríen e intercambian las miradas, la magia se rompe cuando una chica haciéndo footing decide descansar delante de ellos, la música de su Ipod puede escucharse a la perfección, distinguiéndose lo que parece el estribillo de la canción "So don´t you worry your pretty little mind, people throw rocks at things that shine. And life makes love look hard, the stakes are high, the water´s rough, but this love is ours" Por fin concluye su pausa y sigue corriendo, permitiéndoles algo de intimidad otra vez, pero esto vuelve a romperse cuando un niño y su padre comienzan un truco de magia ante ellos, el progenitor elabora y hace, dándole consejos al hijo "You never know what people have up their sleeves" Deciden alejarse y pasear hasta la casa de él ya que debe dirigirse al aeropuerto para coger un avión en menos de media hora. En el camino el silencio es total, aunque no incómodo, esto les permite descubrir otras vidas, escuchar a otras parejas "Ghosts from your past gonna jump out at me" Nada más oír eso ella vuelve a sentirse identificada, fascinándose por las casualidades que han ocupado su día, sigue con eso en su mente cuando se puede distinguir la puerta de la casa de él en la distancia "Lurking in the shadows with their lip gloss smiles". Coge su mano nada más pensar eso y, cuando él la corresponde, vuelve a llenar su mente de buenos pensamientos "But i don´t care ´cause right now you´re mine"
En su puerta, con su maleta al lado y el taxi esperándole, es necesario que se despidan con rapidez "It´s not theirs to speculate if it´s wrong and...", el taxista pita impaciente, obligándole a dejar la frase a medias, tras el típico abrazo se mete en el coche y ella piensa en su última frase hasta que su móvil suena con un mensaje de él "Your hands are tough but they are where mine belong and i´ll fight their doubt and give you faith".
Cuando llega a su casa no puede evitar contemplar su última foto, ambos sonriendo "´Cause i love the gap between your teeth" susurra, después le da la vuelta a la instantánea para leer el comentario que escribió "And i love the riddles that you speak" termina la oración. Quiere olvidarse de que se ha ido de viaje y enciende la television, volviendo a encontrar coincidencias con su vida nada más encenderlo "And any snide remarks from mi father about your tatoos will be ignored, cause my heart is yours..." había visto esa película millones de veces y nunca se había fijado en esa simple frase que encajaba a la perfección con su vida actual.
Sonríe y decide enviarle un mensaje para que lea cuando llegue al destino "They can´t take what´s ours..."
Nunca se había dado cuenta de los pequeños detalles, en su vida los había apreciado, pero hasta en los lugares más insospechados puedes encontrarte un mensaje oculto, tan solo hay que prestar un poco de atención.
Esa enorme ciudad, Nueva York, jamás ha pensado fríamente el lugar en el que vive. Cada vez que cruza el Central Park para llegar a su domicilio es como si cruzase un parque de cualquier otra parte del mundo. Seguramente le ocurra igual a la primera persona escogida al azar del país que se te ocurra, un londinense no se siente pequeño al pasar bajo el Big Ben, ni un madrileño recuerda su historia mientras la Plaza Mayor le rodea. Simplemente es algo cotidiano, te acostumbras a disfrutar de las maravillas de tu ciudad a diario.
Abre la entrada de su portal y llama al ascensor, su mente sigue dando vueltas en su lengua materna "Elevator buttons and morning air", No puede evitar girar su rostro hacia la puerta cuando escucha ruidos, sus vecinos de enfrente acaban de llegar en un incómodo silencio. Decide sacar el móvil e ir a la bandeja de mensajes para escribirle uno a él "...Strangers silence make me wanna take the stairs, if you were here we´d laugh about their vacant stares..." Suspira profundamente cuando se lo envía, sea como sea él no está allí "...But, right now, my time is theirs" termina la frase en un susurro completamente inaudible. En ese mismo segundo su móvil comienza a vibrar, bendito modo silencioso. Debe haber leído el mensaje que acaba de mandarle y ha decidido contestarla.
Tras leer su respuesta sube corriendo por las escaleras, olvidándose de ese ascensor, el cual deberían arreglar por su inusual tardanza. Se arregla algo más y vuelve al primer piso. Sale desprisa, como siempre, directa a la cafetería localizada frente a su casa, entra y se sienta a esperar. Decide entretenerse escribiendo en una de esas servilletas que tiene delante, rebusca en su interminable bolso, seguro que allí tenía un bolígrafo, en ese lugar se podían encontrar hasta las siete maravillas del mundo ¡Lo encontró!
Comienza a escribir en esa irrompible servilleta "Seems like there´s always someone who disapproves, they´ll judge it like they know about me and you..." Observa la calle por el cristal y le ve haciendo señas, pidiéndola que salga con una sonrisa. Ella se levanta y camina hacia la puerta de salida mientras escucha a la gente hablar "And the verdict comes from those with nothing else to do" Examina a la mujer que acaba de leerle la mente con esa frase, está hablando por su móvil con una cara de póker que bien podría hacerla pasar por jugadora profesional.
Se acerca a él riendo y, sin necesidad de mediar palabra, ambos saben a dónde van, a su parque. Una vez allí buscan el banco de siempre, lo encuentran y lo examinan, descubriendo su frase "The jury´s out, my choice is you" sonríen e intercambian las miradas, la magia se rompe cuando una chica haciéndo footing decide descansar delante de ellos, la música de su Ipod puede escucharse a la perfección, distinguiéndose lo que parece el estribillo de la canción "So don´t you worry your pretty little mind, people throw rocks at things that shine. And life makes love look hard, the stakes are high, the water´s rough, but this love is ours" Por fin concluye su pausa y sigue corriendo, permitiéndoles algo de intimidad otra vez, pero esto vuelve a romperse cuando un niño y su padre comienzan un truco de magia ante ellos, el progenitor elabora y hace, dándole consejos al hijo "You never know what people have up their sleeves" Deciden alejarse y pasear hasta la casa de él ya que debe dirigirse al aeropuerto para coger un avión en menos de media hora. En el camino el silencio es total, aunque no incómodo, esto les permite descubrir otras vidas, escuchar a otras parejas "Ghosts from your past gonna jump out at me" Nada más oír eso ella vuelve a sentirse identificada, fascinándose por las casualidades que han ocupado su día, sigue con eso en su mente cuando se puede distinguir la puerta de la casa de él en la distancia "Lurking in the shadows with their lip gloss smiles". Coge su mano nada más pensar eso y, cuando él la corresponde, vuelve a llenar su mente de buenos pensamientos "But i don´t care ´cause right now you´re mine"
En su puerta, con su maleta al lado y el taxi esperándole, es necesario que se despidan con rapidez "It´s not theirs to speculate if it´s wrong and...", el taxista pita impaciente, obligándole a dejar la frase a medias, tras el típico abrazo se mete en el coche y ella piensa en su última frase hasta que su móvil suena con un mensaje de él "Your hands are tough but they are where mine belong and i´ll fight their doubt and give you faith".
Cuando llega a su casa no puede evitar contemplar su última foto, ambos sonriendo "´Cause i love the gap between your teeth" susurra, después le da la vuelta a la instantánea para leer el comentario que escribió "And i love the riddles that you speak" termina la oración. Quiere olvidarse de que se ha ido de viaje y enciende la television, volviendo a encontrar coincidencias con su vida nada más encenderlo "And any snide remarks from mi father about your tatoos will be ignored, cause my heart is yours..." había visto esa película millones de veces y nunca se había fijado en esa simple frase que encajaba a la perfección con su vida actual.
Sonríe y decide enviarle un mensaje para que lea cuando llegue al destino "They can´t take what´s ours..."
Nunca se había dado cuenta de los pequeños detalles, en su vida los había apreciado, pero hasta en los lugares más insospechados puedes encontrarte un mensaje oculto, tan solo hay que prestar un poco de atención.
miércoles, 19 de enero de 2011
Dubrovnik
Era Septiembre, rondaban las nueve de la mañana y todos los padres se encontraban agobiados por la cercana "Vuelta al cole", como año tras año lo llaman todos los publicistas, que deben tener fundidas sus neuronas por lo que reflexionan ese eslogan. Mi bulto de mano se hallaba en la puerta principal de mi casa, junto al de mis padres, y nosotros desayunando entre cereales, zumo y repasos mentales al equipaje que ocupaba nuestras maletas, aún en las habitaciones.
Poco después las prisas nos pisaban los talones, como habitualmente nos ocurre, consiguiendo apremiarnos. En el momento en el que nuestras zapatillas pisaron la primera baldosa del aeropuerto de Barajas la rapidez había traído a un nuevo amigo suyo llamado cansancio, pero no podíamos permitir que eso nos parase porque el tiempo no estaba a nuestro favor.
¡Por fin! Mi trasero se posa en el, al principio cómodo, asiento del avión. Lo cierto es que no tardaría mucho en tener que cambiar de postura, una y otra vez. Ya que dos horas sentada en un lugar que no dejaba mucha posibilidad de movimiento deja baldado a cualquiera. 120 minutos más tarde o, lo que es lo mismo, un par de horas después, el avión llegaba a suelo croata. El pequeño aeropuerto, simplemente por ese adjetivo, me impresionó. Probablemente porque estoy demasiado acostumbrada a las enormes dimensiones del que tenemos en nuestra capital.
Aún así, nada más llegar al cartel que nos daba la bienvenida a Dubrovnik, en el instante en el que observe esa gran muralla que encerraba aquella preciosa ciudad, la única en la que las huellas de la guerra de los Balcanes no eran visibles, sentí como la ilusión me invadía. Deseaba verlo de noche, iluminada por aquella torre que marcaba la hora y las luces que las tiendas que ocultaban sus callejuelas mostrarían. No me equivoqué al desearlo, relamente la luz de la luna le daba un toque místico que adoraba.
Nos dedicamos a recorrelo varias noches y algunos días, descubriendo paseos nuevos cada jornada. Aún así no tardamos en descubrir que sin coche allí no eres nadie, lo mejor que puedes hacer es moverte, visitar sitios inéditos es casi primordial si viajas a Croacia, así que nosotros no íbamos a ser menos y dedicamos cuatro de los siete días de viaje a recorrer esa parte de la antigua Yugoslavia de punta a punta. A pesar de las carreteras, que no permitían ir a más velocidad de la que se va aquí en ciudad, incluso nos dimos el gusto de ir fuera de Dubrovnik, a diferentes pueblos que allí se encontraban como Ston o Makarska, y que también asombraban por su belleza o a islas con el ferry tales como Kôrcula, Hvar o Brač, todas más que recomendables.
Eso sí, sin duda alguna el viaje más largo que el coche nos proporcionó fue a Split, una ciudad que esta localizada a algo menos de 200 kilómetros del punto de salida. Decidimos hacer parada en Bosnia, en Neum, los billetes que tengo en mi habitación demuestran esa visita. Tras un día en Split, recorriéndola al completo, nos dispusimos a volver en esas horribles carreteras, lo único que denominaría como horrendo, pero esas calzadas se asemejan bastantes a las que los pueblos de España aún guardan.
La verdad es que cuando llegó el final del viaje, cuando ese pequeño aeropuerto me volvió a abrir sus puertas, solo que esta vez para volver Madrid, no me apetecia, quería quedarme y seguir descubriendo nuevas calles en Dubrovnik o nuevas islas y pueblos en Croacia, visitar Zagreb y Sarajevo... Aún tengo cuentas pendientes con ese país y pienso cobrarlas. Su maravillosa gente me insta y la preciosidad de sus ciudades me obliga a apresurarme a embolsarmelas.
Poco después las prisas nos pisaban los talones, como habitualmente nos ocurre, consiguiendo apremiarnos. En el momento en el que nuestras zapatillas pisaron la primera baldosa del aeropuerto de Barajas la rapidez había traído a un nuevo amigo suyo llamado cansancio, pero no podíamos permitir que eso nos parase porque el tiempo no estaba a nuestro favor.
¡Por fin! Mi trasero se posa en el, al principio cómodo, asiento del avión. Lo cierto es que no tardaría mucho en tener que cambiar de postura, una y otra vez. Ya que dos horas sentada en un lugar que no dejaba mucha posibilidad de movimiento deja baldado a cualquiera. 120 minutos más tarde o, lo que es lo mismo, un par de horas después, el avión llegaba a suelo croata. El pequeño aeropuerto, simplemente por ese adjetivo, me impresionó. Probablemente porque estoy demasiado acostumbrada a las enormes dimensiones del que tenemos en nuestra capital.
Aún así, nada más llegar al cartel que nos daba la bienvenida a Dubrovnik, en el instante en el que observe esa gran muralla que encerraba aquella preciosa ciudad, la única en la que las huellas de la guerra de los Balcanes no eran visibles, sentí como la ilusión me invadía. Deseaba verlo de noche, iluminada por aquella torre que marcaba la hora y las luces que las tiendas que ocultaban sus callejuelas mostrarían. No me equivoqué al desearlo, relamente la luz de la luna le daba un toque místico que adoraba.
Nos dedicamos a recorrelo varias noches y algunos días, descubriendo paseos nuevos cada jornada. Aún así no tardamos en descubrir que sin coche allí no eres nadie, lo mejor que puedes hacer es moverte, visitar sitios inéditos es casi primordial si viajas a Croacia, así que nosotros no íbamos a ser menos y dedicamos cuatro de los siete días de viaje a recorrer esa parte de la antigua Yugoslavia de punta a punta. A pesar de las carreteras, que no permitían ir a más velocidad de la que se va aquí en ciudad, incluso nos dimos el gusto de ir fuera de Dubrovnik, a diferentes pueblos que allí se encontraban como Ston o Makarska, y que también asombraban por su belleza o a islas con el ferry tales como Kôrcula, Hvar o Brač, todas más que recomendables.
Eso sí, sin duda alguna el viaje más largo que el coche nos proporcionó fue a Split, una ciudad que esta localizada a algo menos de 200 kilómetros del punto de salida. Decidimos hacer parada en Bosnia, en Neum, los billetes que tengo en mi habitación demuestran esa visita. Tras un día en Split, recorriéndola al completo, nos dispusimos a volver en esas horribles carreteras, lo único que denominaría como horrendo, pero esas calzadas se asemejan bastantes a las que los pueblos de España aún guardan.
La verdad es que cuando llegó el final del viaje, cuando ese pequeño aeropuerto me volvió a abrir sus puertas, solo que esta vez para volver Madrid, no me apetecia, quería quedarme y seguir descubriendo nuevas calles en Dubrovnik o nuevas islas y pueblos en Croacia, visitar Zagreb y Sarajevo... Aún tengo cuentas pendientes con ese país y pienso cobrarlas. Su maravillosa gente me insta y la preciosidad de sus ciudades me obliga a apresurarme a embolsarmelas.
lunes, 17 de enero de 2011
Paz
¿Qué es la paz? ¿Alguien lo sabe realmente? El significado que da la RAE para este término es tan variado y extenso como técnico "Situación y relación mutua de quienes no están en guerra" ese es el primer significado que te aparece en pantalla cuando tecleas esta subjetiva palabra, paz. Tras este van otros que ciertamente significan lo mismo, pero que están ligados a diferentes modalidades.
Sinceramente creo que esta palabra no se puede definir mirando su significado en el diccionario más cercano o en el mismo internet, es algo tan sumamente propio que nadie podría nunca decir lo que se debe hacer para conseguirlo. En lo único en lo que todo el mundo está de acuerdo, como es normal, es en que consiste en respetarse mutuamente, en dejar a cada uno actuar según necesite mientras cumpla la primera de las normas anteriormente enunciadas, el respeto. Siendo sincero con los demás, aunque esto vuelve a la zona de la subjetividad, pues no se debe decir la verdad en todo momento. No hay que insultar, no hay que decir cosas que sean innecesarias y que si se pronuncian pueden hacer daño, también las formas en las que sale de tus labios importan mucho.
Pero es que lo que es tranquilidad y armonía para unos es posible que no lo sea para otros. Para mí el primer paso para, al menos, tratar de lograr lo que la mayoría nombraría como paz es tener consideración con uno mismo, encontrarse a uno mismo, estar en sosiego con uno mismo. Una vez se alcance esa meta, algo bastante difícil, se podrá comenzar con la actual utopía que supone esa buscada unión entre todos. En el presente esto supone la pescadilla que se muerde la cola, como popularmente se llama a la situación que da vueltas como la noria y nunca termina pues lo que debería facilitar el final depende de otra cosa que a su vez está a espensas de la anterior. Expresándome mejor y explicando esta enrevesada frase que acabo de formar diré que me refiero a la dificultad que existe en la fecha para conseguir la paz con uno mismo y, por tanto, para conseguir la paz con el resto.
Siendo franca, cumpliendo una de las normas previamente nombradas, me resulta bastante difícil denominar esa armonía sin caer en las manos de la demagogia, aunque probablemente no sea tan difícil mientras no se nombren conceptos imposibles como son "la paz en el mundo" o "la unión entre todas las Naciones", es una ilusión simplemente el hecho de fantasear con la idea de una paz total y absoluta en momentos en los que ni los países desarrollados puede decirse que estén en una completa tranquilidad. Sea como sea, terminando esta reflexión ya, hago un breve resumen sobre mi opinión y creo que antes de pensar en trabajar juntos en busca de esa ansiada paz debemos empezar por hacerlo individualmente. Cuando todos podamos decir que estamos preparados y a gusto con nosotros mismos, entonces y solo entonces, podremos afirmar estar, aunque sea solo un pasito, más cerca de nuestra tan nombrada paz.
Sinceramente creo que esta palabra no se puede definir mirando su significado en el diccionario más cercano o en el mismo internet, es algo tan sumamente propio que nadie podría nunca decir lo que se debe hacer para conseguirlo. En lo único en lo que todo el mundo está de acuerdo, como es normal, es en que consiste en respetarse mutuamente, en dejar a cada uno actuar según necesite mientras cumpla la primera de las normas anteriormente enunciadas, el respeto. Siendo sincero con los demás, aunque esto vuelve a la zona de la subjetividad, pues no se debe decir la verdad en todo momento. No hay que insultar, no hay que decir cosas que sean innecesarias y que si se pronuncian pueden hacer daño, también las formas en las que sale de tus labios importan mucho.
Pero es que lo que es tranquilidad y armonía para unos es posible que no lo sea para otros. Para mí el primer paso para, al menos, tratar de lograr lo que la mayoría nombraría como paz es tener consideración con uno mismo, encontrarse a uno mismo, estar en sosiego con uno mismo. Una vez se alcance esa meta, algo bastante difícil, se podrá comenzar con la actual utopía que supone esa buscada unión entre todos. En el presente esto supone la pescadilla que se muerde la cola, como popularmente se llama a la situación que da vueltas como la noria y nunca termina pues lo que debería facilitar el final depende de otra cosa que a su vez está a espensas de la anterior. Expresándome mejor y explicando esta enrevesada frase que acabo de formar diré que me refiero a la dificultad que existe en la fecha para conseguir la paz con uno mismo y, por tanto, para conseguir la paz con el resto.
Siendo franca, cumpliendo una de las normas previamente nombradas, me resulta bastante difícil denominar esa armonía sin caer en las manos de la demagogia, aunque probablemente no sea tan difícil mientras no se nombren conceptos imposibles como son "la paz en el mundo" o "la unión entre todas las Naciones", es una ilusión simplemente el hecho de fantasear con la idea de una paz total y absoluta en momentos en los que ni los países desarrollados puede decirse que estén en una completa tranquilidad. Sea como sea, terminando esta reflexión ya, hago un breve resumen sobre mi opinión y creo que antes de pensar en trabajar juntos en busca de esa ansiada paz debemos empezar por hacerlo individualmente. Cuando todos podamos decir que estamos preparados y a gusto con nosotros mismos, entonces y solo entonces, podremos afirmar estar, aunque sea solo un pasito, más cerca de nuestra tan nombrada paz.
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