viernes, 3 de junio de 2011

In Memoriam

Siento las gotas de agua golpear los cristales con fuerza, a la misma vez observo como las parejas saltan los charcos con sus risas irreversibles. Mi respiración empaña la ventana de manera irregular, creándome la necesidad de dibujar un corazón en esa zona. Con la cabeza apoyada en la ventana, la mente en otra parte. Donde normalmente está, en esa última noche. En ese coche estropeado. En ese impuntual taller.

Porque aún no te perdono que no me despertases para desayunar contigo, que no me pidieses que te llevase yo al trabajo, aún no te lo perdono. Que me debes un café, un desayuno en la cama, un beso. O miles. Y no se me olvidan, me los debes.

Mientras mi mirada se pierde entre los edificios y rascacielos del precioso Madrid en el que vivimos. Sí, en plural. A la vez que siento el suelo de madera bajo mis pies y me resguardo del invierno con una chaqueta de lana de una talla más grande de lo que necesito, espero oir tus llaves en la puerta y tus pasos en el parqué. Tu voz salundándome y tu sonrisa pidiéndome un beso. Sigo esperando.

Te echo de menos, mucho. Echo de menos tus caricias, tus historias, tus preocupaciones. Hace ya siete años desde esa mañana en la que se me olvidó ponerme el despertador para llevarte a trabajar. Tu no querías, de hecho creo que tuviste que ver en que no sonase. En que las sábanas me dejaron pegada a la cama. Te culparé toda la vida por ello en un desesperado intento por liberarme de la rabia. Llueve fuera, también lo hace dentro, aunque de manera oculta y calmada. Aprendí con los años.

No me aparto, no me muevo un milímetro, estoy a gusto como hace demasiado tiempo que no lo estaba. Este era nuestro rincón, paso mis tardes aquí. Ni quiero ni puedo evitarlo. Allí pasamos esa última noche, allí contamos estrellas en esta ciudad llena de polución, allí seguiré pasando las tardes, frente al gran ventanal del salón.

Me preguntaré toda mi vida por qué saltaste el metro que hay a poco más de dos calles de nuestro portal. Qué te hizo pasar de largo por la parada de autobús y cómo pudiste ser tan despistado como para olvidarte el monedero, no permitiéndote pedir un taxi. Desconozco el motivo por el que ni siquiera cogiste las llaves de mi coche, te habría permitido usarlo sin problemas.

La lluvia aumenta y veo como un hombre moreno corre desesperadamente para llegar a los soportales. Se parece a ti, como tantos otros. Me ha parecido verte tantas veces en estos años, demasiadas. Nadie me cree, tampoco yo misma lo hago, pero te he visto. Y siempre me haces recordar ese último primer beso.

Me desperté sola, encendí la televisión y la dejé abandonada en el salón. Me preparé el desayuno mientras hacia como si escuchase las noticias. Volví en busca del sofá con el tazón entre mis manos. Lo vi, lo vi en la televisión y no caí en la cuenta, no caí. Un mal presentimiento me sobrevino cuando procesé la información que el avance informativo daba. Te llamé, te llamé mil veces. Las llamadas perdidas aún siguen esperando para ser atendidas. Esa mañana me levanté sola, me desperté con las noticias y te insulté, te grité, te pedí explicaciones.

¿Por qué? Pues porque aún no entiendo lo que te hizo coger el tren ese maldito once de marzo.

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