miércoles, 19 de enero de 2011

Dubrovnik

Era Septiembre, rondaban las nueve de la mañana y todos los padres se encontraban agobiados por la cercana "Vuelta al cole", como año tras año lo llaman todos los publicistas, que deben tener fundidas sus neuronas por lo que reflexionan ese eslogan. Mi bulto de mano se hallaba en la puerta principal de mi casa, junto al de mis padres, y nosotros desayunando entre cereales, zumo y repasos mentales al equipaje que ocupaba nuestras maletas, aún en las habitaciones.

Poco después las prisas nos pisaban los talones, como habitualmente nos ocurre, consiguiendo apremiarnos. En el momento en el que nuestras zapatillas pisaron la primera baldosa del aeropuerto de Barajas la rapidez había traído a un nuevo amigo suyo llamado cansancio, pero no podíamos permitir que eso nos parase porque el tiempo no estaba a nuestro favor.

¡Por fin! Mi trasero se posa en el, al principio cómodo, asiento del avión. Lo cierto es que no tardaría mucho en tener que cambiar de postura, una y otra vez. Ya que dos horas sentada en un lugar que no dejaba mucha posibilidad de movimiento deja baldado a cualquiera. 120 minutos más tarde o, lo que es lo mismo, un par de horas después, el avión llegaba a suelo croata. El pequeño aeropuerto, simplemente por ese adjetivo, me impresionó. Probablemente porque estoy demasiado acostumbrada a las enormes dimensiones del que tenemos en nuestra capital.

Aún así, nada más llegar al cartel que nos daba la bienvenida a Dubrovnik, en el instante en el que observe esa gran muralla que encerraba aquella preciosa ciudad, la única en la que las huellas de la guerra de los Balcanes no eran visibles, sentí como la ilusión me invadía. Deseaba verlo de noche, iluminada por aquella torre que marcaba la hora y las luces que las tiendas que ocultaban sus callejuelas mostrarían. No me equivoqué al desearlo, relamente la luz de la luna le daba un toque místico que adoraba.

Nos dedicamos a recorrelo varias noches y algunos días, descubriendo paseos nuevos cada jornada. Aún así no tardamos en descubrir que sin coche allí no eres nadie, lo mejor que puedes hacer es moverte, visitar sitios inéditos es casi primordial si viajas a Croacia, así que nosotros no íbamos a ser menos y dedicamos cuatro de los siete días de viaje a recorrer esa parte de la antigua Yugoslavia de punta a punta. A pesar de las carreteras, que no permitían ir a más velocidad de la que se va aquí en ciudad, incluso nos dimos el gusto de ir fuera de Dubrovnik, a diferentes pueblos que allí se encontraban como Ston o Makarska,  y que también asombraban por su belleza o a islas con el ferry tales como Kôrcula, Hvar o Brač, todas más que recomendables.

Eso sí, sin duda alguna el viaje más largo que el coche nos proporcionó fue a Split, una ciudad que esta localizada a algo menos de 200 kilómetros del punto de salida. Decidimos hacer parada en Bosnia, en Neum, los billetes que tengo en mi habitación demuestran esa visita. Tras un día en Split, recorriéndola al completo, nos dispusimos a volver en esas horribles carreteras, lo único que denominaría como horrendo, pero esas calzadas se asemejan bastantes a las que los pueblos de España aún guardan.

La verdad es que cuando llegó el final del viaje, cuando ese pequeño aeropuerto me volvió a abrir sus puertas, solo que esta vez para volver Madrid, no me apetecia, quería quedarme y seguir descubriendo nuevas calles en Dubrovnik o nuevas islas y pueblos en Croacia, visitar Zagreb y Sarajevo... Aún tengo cuentas pendientes con ese país y pienso cobrarlas. Su maravillosa gente me insta y la preciosidad de sus ciudades me obliga a apresurarme a embolsarmelas.

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