Ayer por la tarde, a eso de las cinco y media, me encontraba acompañada por Bea y Alba en la estancia de suelos naranjas que se utiliza para hacer aerobic en el polideportivo "Pepu Hernández", iba a comenzar la clase de los lunes en breves minutos y nos hallábamos preparadas para sufrir un poco, mentalizadas para soportar cualquier cosa, pues pensábamos que sería como las otras clases. Ya aclaro que nos equivocamos, por una vez no hubo nada de sufrimiento, no al menos del físico.
Nuestra nueva monitora, ya que la habitual está de vacaciones, decidió que nos iría bien una sesión de baile. Bueno, no sonaba mal, algo más o menos entretenido. Pues bien, el instante en el que nos mostró el primer paso dejaba entrever que no sería una coreografía normal, aunque más claro lo dejaron los siguientes. Tras hacer todo tipo de gestos, más o menos normales, que lograron hacerme reflexionar durante mucho rato varias cuestiones. Sí, habéis leído bien, el baile logró hacerme meditar lo que no razono normalmente, porque llevaba atascada con los temas para el blog semanas y en ese instante logré pensar hasta siete, de los cuales, debo decir, solo recuerdo cinco, cosa bastante frustrate, por otra parte. Llegamos a los pasos "ochenteros", lo entrecomillo debido a que estaban mezclado con salsa y algo de pseudohip-hop, aunque siempre con la esencia de esos no tan lejanos famosos años de baile, siendo sinceros, una gran peluca a lo afro y pantalones de campana nos habrían hecho viajar en el tiempo a una época que ni siquiera hemos conocido.
Lo cierto es que esto tan solo me sirve de introducción, o eso debería, aunque parece que me he extendido bastante en ella, pero esa clase tenía intención de tratarla en otra entrada, no hay que desperdiciar ideas que últimamente son escasas. Ahora mismo sé que debéis estaros preguntando para qué he soltado todo este rollo si no voy a terminar hablando de ello, enseguida os responderé que lo que trato de dejar claro es el rídiculo que pasamos en la clase más alejada de lo que está llamada a ser. Diré que si hay algo que no soporto en la vida, por ser un poco exagerada, es hacer el ridículo, aunque, siendo franca, de vez en cuando tampoco viene mal.
Nombro todo esto porque en esa clase al final fue más divertida de lo esperado, no sufrí por estar llevando a cabo pasos incoherentes y que nos hacían plantearnos la edad de nuestra profesora, más bien todo lo contrario, y es que si bien no me gusta hacer el ridículo, una vez que es inevitable hacerlo, mejor disfrutar y tomárselo con humor. Hace no mucho tiempo pude escuchar en la televisión esta misma teoría "Reír por defecto" decían y a pesar de que a la caja tonta no debe dársele demasiada importancia, realmente me sentí identificada. No tanto reír por defecto, logrando que parezcamos unos completos desequilibrados, sino el tomarse con filosofía todo aquello que la vida te ponga como obstáculo, aunque muchas veces sea difícil. Siempre hay excepciones, momentos y situaciones en las que eso se convierte en algo imposible, pero alejados de ellas lo mejor que puedes hacer es disfrutar el momento, exactamente lo que significan las dos palabras que adornan mi título.
Me asombró bastante el escuchar la que es mi filosofía de vida de la boca de una supuesta psicóloga. No me gusta nada el ver a la gente llorando contínuamente o, en su defecto, enumerando todos los problemas que ocupan su mente. Siempre he creído que si tratas de tener algo de vitalidad todo te irá mucho mejor, al menos a mi me resulta cargante y me agota psicológicamente hablando el soportar a alguien que en todo momento ve el vaso medio vacío, porque en ese caso lo único que debes hacer es llenarlo. Bastantes complicaciones te da la vida como para encima vivirla de mala manera. Así que, queridos lectores míos, dejadme daros un consejo en solo dos palabras, las mismas que se observan en letras grandes encima de estos enanos caracteres. Carpe Diem.
No hay comentarios:
Publicar un comentario