Era una tarde de verano a la 20:00, aproximadamente. Nos encontrábamos en Sevilla, como siempre hacemos una o dos semanas de esas calurosas vacaciones. No podían haber pasado más de 2 horas desde que bajamos del coche con las maletas arrastrando, no habíamos descansado en el cómodo patio de casa de mi abuela ni 60 de esos 120 minutos que tuvimos, pero resulta que se nos había antojado una tortilla de patatas y no había cebolla. Si hubiésemos sabido que eso se terminaría por convertir en una odisea que ni Ulises, probablemente hubiésemos encargado unas pizzas.
Para empezar, volvimos a entrar en ese ya tan familiar coche que nos acompañó durante 5 horas ese día. No se nos hizo complicado llegar al supermercado más cercano, lo difícil fue irse. La salida que cogíamos habitualmente estaba cerrada por obras, así que tuvimos que utilizar otra que nos llevaba en dirección contraria a donde debíamos ir. Dado que ese día nuestro sentido de la orientación se había despedido para descansar horas antes, nos perdimos. Lo primero que se nos ocurrió fue lo más normal, preguntar, preguntar a la gente que allí vivía y que suponíamos sabría guiarnos.
No se como lo hicieron, pero el primer andaluz logró que dejásemos de tener cualquier tipo de esperanza en volver a casa, seguramente tuvo que ver la forma en que daba las señas: "Sigues tó recto, luego giras pa´llá y vuelves al otro lao" "Pero para allá ¿Para dónde? ¿A la izquierda?" "Pa´llá, pa´llá, después una rotonda que sigues recto y allí está" "Eeeh... vale, muchas gracias" Tras una sonrisa que pusimos por simple educación (Y porque el pobre hombre lo había intentado, aunque sin éxito), decidimos no darle importancia y ver si otra persona podría explicárnoslo algo mejor. Ilusas nosotras, paramos a otra andaluza, haciéndola perder su tiempo en vano "Sí, sí, una vez llegas a ese puente de allí y ves una cosa al lado, te vas hacia ese lado y una cuantas calles más allá, te vas para el otro" "Vale, vamos a ver, entonces llego al puente y giro a la derecha ¿no?" "Bueno, giras para el lado cuando veas esa cosa" "¿Qué cosa?" "¡La que verás allí! Después del puente" "Ajá... vale, vale. Gracias" Tras esto comenzamos a desesperarnos, pero seguimos siendo tan inocentes como para preguntar a un tercero "Ah, claro, allí voy yo en fiestas. Pues mira, llegas a esa rotonda y vas por una salida de ese lado, verás todo recto sin calles, pues te metes cuando veas una" "¿La primera que vea?" "La primera que veas de ese lado" "Ah, vale, bueno ya allí vuelvo a preguntar. Gracias" "De acuerdo, de nada" No sabíamos que teníamos que hacer, seguíamos igual que antes, pero decidimos ir a la aventura según las pocas pistas que nos habían dado las tres personas a las que habíamos preguntado.
Tras 45 largos y frustrantes minutos, pensamos que sería lo mejor llamar a casa para no preocupar a mi abuela, que decidió quedarse porque solo estaríamos fuera cinco escasos minutos, lo que tardáramos en ir al supermercado y volver. Pues eso, cinco minutos. El caso es que cogí mi movil y marqué, no sé en que momento me confundí, no tengo la más mínima idea, pero alguno de esos números decidió cambiarse de sitio y me lo cogió un ser desconocido "¿Sí? Dígame" "Esto..., perdón, creo que me he confundido, no estará allí María ¿no?" "María ¿La que pinta?" "Sí, sí, esa misma" "Pues no, no sé, no conozco a ninguna María" "Ah, vale, pues lo siento, adiós" "Adiós" El móvil continuó durante unos segundos en mi oreja, mientras tanto yo me dedicaba a reírme como si no existiese un mañana, a la misma vez mi madre me observaba algo asustada y sin entender nada, exactamente igual que como estaba yo en ese instante.
Para fortuna nuestra, localizamos a unos hombres que lograron encadenar dos palabras seguidas sin utilizar los comodines cosa, allá, ese lado u otro lado. Nos guiamos gracias a sus señas y llegamos a un lugar conocido que nos permitió seguir el camino hacia la preciosa puerta que se convertiría en nuestra salvación. Una vez allí, respiramos hondo y decidimos disfrutar de la tortilla como nunca, bien lo merecía después del viajecito que nos dimos por ella, por lo menos valió la pena y la comida salió rica.
Esa noche me fui a dormir relativamente pronto, pensando que el día siguiente sería mejor, no se me ocurría nada más surrealista que eso que me había ocurrido hoy. Parece que los vecinos me oyeron y decidieron superarlo, ya que no tardé mucho en escuchar una conocida canción que venía del piso de arriba, pero no les valió con cantar a Paulina Rubio (Seguiría siendo insoportable, pero algo más lógico), sino que se atrevieron a volver a su infancia: "Soy una taza, una tetera, una cuchara y un cucharón...". Media hora después, me encontraba con la almohada tapándome las orejas e intentando no escuchar más las voces de los habitantes del piso de arriba, que aparentaban no saberse más que esa musiquilla para niños pequeños, miré el reloj. Las 00.30, bravo, lograron superar el resto del día, se presentó como algo imposible, pero es que si te lo propones... ¡Menuda panda de locos!
Jajajajaja, bueno esto es más surrealista que kafkiano, pero es que Andalucía es surrealista. A ver si no de dónde iban a ser gente como Cernuda o Lorca (próximamente en su clase favorita: la generación del 27 y el surrealismo)
ResponderEliminarxDD Es la cosa más rara que me ha pasado en mi vida (excepto alguna otra, pero esa fue un GRAN malentendido) Entre el hombre que sabía tanto pero no conocía a mi abuela, la gente de encima cantando canciones de niños y los que no sabían dar buenas señas... En ese momento, agobiante, pero después lo pienso y no paro de reírme ajjaja
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