Mueves ficha por segunda vez. Ganaste la primera partida, pero cometiste el error de mostrar tu prepotencia aceptando otra más. Como si pensases que juguemos las veces que juguemos tu siempre me vencerás. No solo vencerás, sino que además me dejarás por los suelos. Como la última vez. Pero hiciste trampas, estoy segura de que no jugaste limpio en nuestra primera partida.
Tres movimientos, solo tres movimientos y me encerraste, dejándome sin salida alguna. Lograste hacerme caer lentamente y sin darme cuenta. Te aliaste con los peones, con la reina y te convertiste en el rey. El rey negro, fuiste el rey negro. Obligándome a mi a ser el blanco, un color claro e inocente, fácil de manchar, fácil de empañar. Ni siquiera te atreviste a jugar sin trucos, desde el principio miraste con desprecio a mis torres, a mis peones, a mis alfiles y a mi rey. Te comiste mis caballos y te los quedaste sin remordimiento alguno.
Y ahora me toca a mi. Y muevo ficha. Y te miro y sonrío con malicia. Porque no lo sabes, pero te estás cavando tu propia tumba con cada movimiento. Esto no ha hecho más que empezar, no obstante, ya me veo ganadora. Sí, ahora la prepotente soy yo, creo que fuiste tu quién me enseñaste a ser así. Tú me descubriste este juego, tú me hiciste querer jugarlo y desear ganarlo. Sin embargo, me faltaba lo más importante, se te olvidó indicarme una norma imprescindible. No se practica en pareja, es individual. Uno contra uno, no uno con el otro. Parece ser que se te pasó contármelo, el caso es que me tocó averiguarlo por mí misma. Algo no muy agradable y que, sin duda, tuvo que ver con que perdiese la partida.
Aparentemente te has quedado sin trucos, supuestamente te he dejado en blanco. A lo mejor has decidido jugar limpio, lo mismo has cambiado tus técnicas una vez me viste suplicarte un empate en el que mi humillación fuese menor y mi rey no se destrozase en pedacitos que luego debía recoger y pegar, probablemente has conocido lo que son los remordimientos, puede ser. Me da igual, sigue siendo demasiado tarde, la partida ya ha empezado y ahora no puedes retirarte.
He cambiado tanto que ya ni mis propios peones me reconocen, por tu culpa. Me he convertido en esto que soy, algo que odio, me he transformado en una reina negra, mi actual color. Una reina absolutista, una reina vengativa, una reina prepotente. Y lo detesto. Quiero cambiar, volver atrás, no aceptar el jugar la primera partida que irremediablemente desencadenó en esta segunda, esta que estoy a punto de ganar. Ojalá lo termine logrando. Sé que primero he de pasar el trámite de ganar esto, porque es un mero trámite, mi alfil amenaza a tu reina y yo te amenazo a ti. La reina negra amenaza al rey blanco, sarcástico color. ¿No te sientes ofendido por ser el blanco esta vez? Deberías, el blanco siempre pierde. El blanco siempre acaba mal. Gracias por hacerme comprobarlo.
Me has convertido en un caos, me has transformado en una reina colocada en la casilla equivocada o en el tablero equivocado. Algo tan patético como jugar conmigo al parchís o a la oca. Algo sin solución, de momento. Observo la partida detenidamente, estudio cada movimiento y posición de lo que te queda aún en pie, lo que no he destrozado ya con el mismo remordimiento que tú tuviste en su momento. No te quedan peones con los que defenderte, lo único que te queda es una torre. Una torre que no me molesta en absoluto, porque ya eres mío, porque ya no tienes escapatoria. Mueves ficha por segunda vez, solo que esta partida la gano yo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario