Mueves ficha por segunda vez. Ganaste la primera partida, pero cometiste el error de mostrar tu prepotencia aceptando otra más. Como si pensases que juguemos las veces que juguemos tu siempre me vencerás. No solo vencerás, sino que además me dejarás por los suelos. Como la última vez. Pero hiciste trampas, estoy segura de que no jugaste limpio en nuestra primera partida.
Tres movimientos, solo tres movimientos y me encerraste, dejándome sin salida alguna. Lograste hacerme caer lentamente y sin darme cuenta. Te aliaste con los peones, con la reina y te convertiste en el rey. El rey negro, fuiste el rey negro. Obligándome a mi a ser el blanco, un color claro e inocente, fácil de manchar, fácil de empañar. Ni siquiera te atreviste a jugar sin trucos, desde el principio miraste con desprecio a mis torres, a mis peones, a mis alfiles y a mi rey. Te comiste mis caballos y te los quedaste sin remordimiento alguno.
Y ahora me toca a mi. Y muevo ficha. Y te miro y sonrío con malicia. Porque no lo sabes, pero te estás cavando tu propia tumba con cada movimiento. Esto no ha hecho más que empezar, no obstante, ya me veo ganadora. Sí, ahora la prepotente soy yo, creo que fuiste tu quién me enseñaste a ser así. Tú me descubriste este juego, tú me hiciste querer jugarlo y desear ganarlo. Sin embargo, me faltaba lo más importante, se te olvidó indicarme una norma imprescindible. No se practica en pareja, es individual. Uno contra uno, no uno con el otro. Parece ser que se te pasó contármelo, el caso es que me tocó averiguarlo por mí misma. Algo no muy agradable y que, sin duda, tuvo que ver con que perdiese la partida.
Aparentemente te has quedado sin trucos, supuestamente te he dejado en blanco. A lo mejor has decidido jugar limpio, lo mismo has cambiado tus técnicas una vez me viste suplicarte un empate en el que mi humillación fuese menor y mi rey no se destrozase en pedacitos que luego debía recoger y pegar, probablemente has conocido lo que son los remordimientos, puede ser. Me da igual, sigue siendo demasiado tarde, la partida ya ha empezado y ahora no puedes retirarte.
He cambiado tanto que ya ni mis propios peones me reconocen, por tu culpa. Me he convertido en esto que soy, algo que odio, me he transformado en una reina negra, mi actual color. Una reina absolutista, una reina vengativa, una reina prepotente. Y lo detesto. Quiero cambiar, volver atrás, no aceptar el jugar la primera partida que irremediablemente desencadenó en esta segunda, esta que estoy a punto de ganar. Ojalá lo termine logrando. Sé que primero he de pasar el trámite de ganar esto, porque es un mero trámite, mi alfil amenaza a tu reina y yo te amenazo a ti. La reina negra amenaza al rey blanco, sarcástico color. ¿No te sientes ofendido por ser el blanco esta vez? Deberías, el blanco siempre pierde. El blanco siempre acaba mal. Gracias por hacerme comprobarlo.
Me has convertido en un caos, me has transformado en una reina colocada en la casilla equivocada o en el tablero equivocado. Algo tan patético como jugar conmigo al parchís o a la oca. Algo sin solución, de momento. Observo la partida detenidamente, estudio cada movimiento y posición de lo que te queda aún en pie, lo que no he destrozado ya con el mismo remordimiento que tú tuviste en su momento. No te quedan peones con los que defenderte, lo único que te queda es una torre. Una torre que no me molesta en absoluto, porque ya eres mío, porque ya no tienes escapatoria. Mueves ficha por segunda vez, solo que esta partida la gano yo.
martes, 26 de abril de 2011
sábado, 2 de abril de 2011
Viaja
Anúdate un pañuelo al cuello, coge tu Vespa y date una vuelta por Italia, déjate invadir por los años cincuenta y disfruta de la gastronomía. Visita Milán, Roma, Pisa y Verona. Termina tu paseo en Venecia. Bájate de la moto y súbete a una góndola, observa los canales, disfruta de las vistas y enámorate de tu acompañante. Ten un romance fugaz, pasea por todos los rincones de ese lugar. Aprovecha la magia para impregnarte de ella y siente todo lo especial y diferente que te transmita.
Tras eso, coge un avión y vete hasta Nueva York. Llama a uno de esos taxis amarillos y permite que te hagan una foto dentro de él. Siéntete intimidada por los enormes rascacielos y sube tres o cuatro veces al Empire State. Nótate pequeña al ponerte al lado de la Estatua de la Libertad. Retrata las vistas que más preciosas te parezcan y experimenta el ser parte de esa gran ciudad.
No puedes dejar de visitar San Francisco, pasa bajo el famoso puente Golden Gate, utiliza el tranvía para transportarte y mejora un poco tu inglés. Compra algún que otro souvenir y pasea descalza por la playa. Observa el contraste entre mar y boscaje y vuelve a inmortalizarlo. No te olvides de guardar una tarjeta de memoria de repuesto en el bolsillo, la necesitarás.
Sí, la necesitarás cuando visites las playas de Miami, que dejarán por los suelos a las de San Francisco. Descansa en ese destino, porque aún te quedan mucho más. Toma el sol, báñate y broncéate. No te irá mal cualquier recuerdo del calor en Noruega.
Visita los fiordos, mira como los árboles llenan las montañas de un intenso color verde. Si tienes suerte podrás disfrutar del blanco de la nieve sobre algunas de esas frondosas sierras. Acaba con la primera tarjeta de memoria que llevaste sacando un recuerdo que ni por asomo se parecerá al aspecto en vivo. Abrígate y no cojas frío, no te será agradable visitar Berlín con catarro.
Contempla los contrastes que ocupan cada rincón de la metrópoli. Comprueba como lo nuevo y lo antiguo se funden a pocos metros cuadrados y comienza a gastar la tarjeta de memoria de tu cámara dígital. Pasea por la Potsdamer Platz y cómprate una réflex, practica tu alemán en cualquier parte de la ciudad. Camina frente a la Puerta de Brandeburgo y párate para ver cada detalle, sigue andando y llega a la Gedächtniskirche o a la Alexanderplatz, incluso a ambas.
Sigue y sigue fotografiando sin parar mientras el avión te lleva a Londres. Llama a quien te apetezca desde una cabina telefónica y observa el Big Ben desde los cristales. Inmortaliza las vistas desde el London Eye y estrena tu nueva cámara réflex sacando instantáneas artísticas del Puente de Londres desde el Támesis. Disfruta de la lluvia y del té como nunca pensaste que harías y déjate llevar hasta cualquier callejuela que consiga que te pierdas durante unas horas.
No necesitarás volver a coger un avión para ir hasta Escocia. Déjate llevar por sus misterios, sus calles encantadas y sus leyendas. Cógete una barca y trata de navegar por el oscuro Lago Ness, busca al monstruo e intenta capturarlo con esa maravillosa réflex a la que se le acumula el trabajo. Siente miedo al no ver el fondo del negro lago. Sal de la barca y permite que te persuadan para comprar cualquier tontería siempre y cuando esta no cueste en exceso, que aún te quedan cosas por ver y París no es barata.
Sube a la Torre Eiffel y observa toda la capital desde las alturas. Comprueba como te habrías sentido en Nueva York si la Estatua de la Libertad estuviese en su tamaño real, pasea bajo El Arco del Triunfo y no te olvides de la única forma que tienes de recordar eso para siempre. Cómete también una crepe y averigua porque son tan típicas de allí desde el primer bocado. Mira el reloj y descubre que se te acaba el día, que te quedan varios destinos a los que ir.
Pasa por Sídney y asómbrate por enésima vez. Disfruta de Egipto y siéntete muy pequeñito al lado de las pirámides. No te olvides de Japón, explora otra forma de pensar. Vete hasta Tailandia, visita cada mágico sitio de Bangkok. Una vez hayas hecho todo esto, vuelve a Madrid.
Aquí deberás visitar el Templo de Debod, la Gran Vía y El Retiro, móntate en una barca y rema durante quince minutos, gastando las fotos que aún te sobren. Tras eso, recorre a pie cada espacio de la ciudad y vuelve a casa tan solo un poco más abierto de mente y sabiendo que aún te quedan muchas cosas por ver. No lo ovides, déjate atrapar por otras culturas, viaja.
Tras eso, coge un avión y vete hasta Nueva York. Llama a uno de esos taxis amarillos y permite que te hagan una foto dentro de él. Siéntete intimidada por los enormes rascacielos y sube tres o cuatro veces al Empire State. Nótate pequeña al ponerte al lado de la Estatua de la Libertad. Retrata las vistas que más preciosas te parezcan y experimenta el ser parte de esa gran ciudad.
No puedes dejar de visitar San Francisco, pasa bajo el famoso puente Golden Gate, utiliza el tranvía para transportarte y mejora un poco tu inglés. Compra algún que otro souvenir y pasea descalza por la playa. Observa el contraste entre mar y boscaje y vuelve a inmortalizarlo. No te olvides de guardar una tarjeta de memoria de repuesto en el bolsillo, la necesitarás.
Sí, la necesitarás cuando visites las playas de Miami, que dejarán por los suelos a las de San Francisco. Descansa en ese destino, porque aún te quedan mucho más. Toma el sol, báñate y broncéate. No te irá mal cualquier recuerdo del calor en Noruega.
Visita los fiordos, mira como los árboles llenan las montañas de un intenso color verde. Si tienes suerte podrás disfrutar del blanco de la nieve sobre algunas de esas frondosas sierras. Acaba con la primera tarjeta de memoria que llevaste sacando un recuerdo que ni por asomo se parecerá al aspecto en vivo. Abrígate y no cojas frío, no te será agradable visitar Berlín con catarro.
Contempla los contrastes que ocupan cada rincón de la metrópoli. Comprueba como lo nuevo y lo antiguo se funden a pocos metros cuadrados y comienza a gastar la tarjeta de memoria de tu cámara dígital. Pasea por la Potsdamer Platz y cómprate una réflex, practica tu alemán en cualquier parte de la ciudad. Camina frente a la Puerta de Brandeburgo y párate para ver cada detalle, sigue andando y llega a la Gedächtniskirche o a la Alexanderplatz, incluso a ambas.
Sigue y sigue fotografiando sin parar mientras el avión te lleva a Londres. Llama a quien te apetezca desde una cabina telefónica y observa el Big Ben desde los cristales. Inmortaliza las vistas desde el London Eye y estrena tu nueva cámara réflex sacando instantáneas artísticas del Puente de Londres desde el Támesis. Disfruta de la lluvia y del té como nunca pensaste que harías y déjate llevar hasta cualquier callejuela que consiga que te pierdas durante unas horas.
No necesitarás volver a coger un avión para ir hasta Escocia. Déjate llevar por sus misterios, sus calles encantadas y sus leyendas. Cógete una barca y trata de navegar por el oscuro Lago Ness, busca al monstruo e intenta capturarlo con esa maravillosa réflex a la que se le acumula el trabajo. Siente miedo al no ver el fondo del negro lago. Sal de la barca y permite que te persuadan para comprar cualquier tontería siempre y cuando esta no cueste en exceso, que aún te quedan cosas por ver y París no es barata.
Sube a la Torre Eiffel y observa toda la capital desde las alturas. Comprueba como te habrías sentido en Nueva York si la Estatua de la Libertad estuviese en su tamaño real, pasea bajo El Arco del Triunfo y no te olvides de la única forma que tienes de recordar eso para siempre. Cómete también una crepe y averigua porque son tan típicas de allí desde el primer bocado. Mira el reloj y descubre que se te acaba el día, que te quedan varios destinos a los que ir.
Pasa por Sídney y asómbrate por enésima vez. Disfruta de Egipto y siéntete muy pequeñito al lado de las pirámides. No te olvides de Japón, explora otra forma de pensar. Vete hasta Tailandia, visita cada mágico sitio de Bangkok. Una vez hayas hecho todo esto, vuelve a Madrid.
Aquí deberás visitar el Templo de Debod, la Gran Vía y El Retiro, móntate en una barca y rema durante quince minutos, gastando las fotos que aún te sobren. Tras eso, recorre a pie cada espacio de la ciudad y vuelve a casa tan solo un poco más abierto de mente y sabiendo que aún te quedan muchas cosas por ver. No lo ovides, déjate atrapar por otras culturas, viaja.
lunes, 28 de marzo de 2011
Tienes un mensaje nuevo
Un mes y tres días, 2208 horas. No, no es que me haya dedicado a contar los segundos, es que he mejorado mucho con los números desde la última vez que nos vimos. Aunque, ahora que lo pienso, son 2232 horas, creo que este año fue bisiesto, sí, eso tengo entendido.
Parece que fue ayer cuando decidiste que estabas demasiado ocupado para enamorarte, yo sigo teniendo tu paraguas en la entrada, ese que me dejaste aquel día de lluvia en que nos conocimos. Comenzó a lloviznar de forma inesperada y me pilló desprevenida, tú, tan encantador como siempre, me ofreciste el tuyo. Hace escasos dos años de ello y sigue en mi memoria cada detalle, cada gesto. Tranquilo, no lo he estado reproduciendo en mi mente estos meses, es que ya sabes que tengo muy buena memoria.
No es que mi vida haya cambiado mucho en este tiempo, he estado trabajando, mucho. Supongo que recuerdas lo que me gusta lo que hago, pero ahora se ha convertido en algo imprescindible en mi vida, casi todo mi tiempo lo ocupa eso, al completo. Imagino que me lo pegaste, tanta perfección, tanta dedicación, eso se comía tus horas libres y ahora se come las mías. Tampoco las quiero para mucho, me gusta estar ocupada siempre que puedo, de esa forma mi mente es fácil de domar, guiarla por los recuerdos que debe tener y los que es mejor tirar a la papelera como si de un papel en desuso se tratase.
Sí, sé que sigo siendo igual de egocéntrica como antes, no paro de hablar de mi y de mis cosas, lo siento. Seguramente tengas mucho que contarme, a ti nunca te ha gustado estarte quieto, siempre en movimiento, decías. Suena irónico, pero parece que he necesitado que te vayas para adaptarme a algo que antes odiaba. Con lo que adoraba yo esos días de palomitas en el sofá, sin nada mejor que hacer que hablar o ver una película, ahora he de confesar que los detesto, no puedo con momentos de reflexión en los que mi mente, mis recuerdos y mis pensamientos terminan creando un remolino de ideas para nada deseables. Quizás fuese eso lo que te ocurría a ti antes, o a lo mejor es que simplemente el destino te hizo así, al igual que modeló lo nuestro de manera desigual y egoísta, dejándolo cuesta abajo en todo momento, sin salida posible.
Quizás debí preverlo. Sí, quizás sí, pero ya sabes que yo no sirvo para ser lógica, más bien me considero una soñadora sin remedio. ¿Para qué contártelo? Tú me conoces bien, a veces diría que en exceso. No sé si me asusta eso de tener un pequeño yo, que lo conoce todo de mí, pululando por Madrid. Vale, perdona, ya sabes que lo de ser graciosa no es lo mío, ese de los dos siempre fuiste tú.
Bueno, ya me estoy poniendo ñoña. Probablemente el tener una cuantas copas de más tiene que ver con este repentino arrebato que me ha hecho escribirte esto. No, no he cambiado de opinión en ese sentido, sigue sin gustarme el alcohol, pero esta noche he decidido darle una segunda oportunidad. Quién me ha visto y quién me ve ¿Eh?, yo, que en Nochevieja brindaba con agua porque no soporto el champán.
O a lo mejor es que hoy me has pillado en un día tonto, no es que esté nostálgica, solo tonta. Sea por lo que sea, aquí estoy, como una loca, escribiéndote este email a las dos de la mañana porque no puedo dormir y he cometido el tremendo error de reflexionar. Por eso y porque he pensado que, si no tenías nada mejor que hacer, podríamos volver a enamorarnos.
Parece que fue ayer cuando decidiste que estabas demasiado ocupado para enamorarte, yo sigo teniendo tu paraguas en la entrada, ese que me dejaste aquel día de lluvia en que nos conocimos. Comenzó a lloviznar de forma inesperada y me pilló desprevenida, tú, tan encantador como siempre, me ofreciste el tuyo. Hace escasos dos años de ello y sigue en mi memoria cada detalle, cada gesto. Tranquilo, no lo he estado reproduciendo en mi mente estos meses, es que ya sabes que tengo muy buena memoria.
No es que mi vida haya cambiado mucho en este tiempo, he estado trabajando, mucho. Supongo que recuerdas lo que me gusta lo que hago, pero ahora se ha convertido en algo imprescindible en mi vida, casi todo mi tiempo lo ocupa eso, al completo. Imagino que me lo pegaste, tanta perfección, tanta dedicación, eso se comía tus horas libres y ahora se come las mías. Tampoco las quiero para mucho, me gusta estar ocupada siempre que puedo, de esa forma mi mente es fácil de domar, guiarla por los recuerdos que debe tener y los que es mejor tirar a la papelera como si de un papel en desuso se tratase.
Sí, sé que sigo siendo igual de egocéntrica como antes, no paro de hablar de mi y de mis cosas, lo siento. Seguramente tengas mucho que contarme, a ti nunca te ha gustado estarte quieto, siempre en movimiento, decías. Suena irónico, pero parece que he necesitado que te vayas para adaptarme a algo que antes odiaba. Con lo que adoraba yo esos días de palomitas en el sofá, sin nada mejor que hacer que hablar o ver una película, ahora he de confesar que los detesto, no puedo con momentos de reflexión en los que mi mente, mis recuerdos y mis pensamientos terminan creando un remolino de ideas para nada deseables. Quizás fuese eso lo que te ocurría a ti antes, o a lo mejor es que simplemente el destino te hizo así, al igual que modeló lo nuestro de manera desigual y egoísta, dejándolo cuesta abajo en todo momento, sin salida posible.
Quizás debí preverlo. Sí, quizás sí, pero ya sabes que yo no sirvo para ser lógica, más bien me considero una soñadora sin remedio. ¿Para qué contártelo? Tú me conoces bien, a veces diría que en exceso. No sé si me asusta eso de tener un pequeño yo, que lo conoce todo de mí, pululando por Madrid. Vale, perdona, ya sabes que lo de ser graciosa no es lo mío, ese de los dos siempre fuiste tú.
Bueno, ya me estoy poniendo ñoña. Probablemente el tener una cuantas copas de más tiene que ver con este repentino arrebato que me ha hecho escribirte esto. No, no he cambiado de opinión en ese sentido, sigue sin gustarme el alcohol, pero esta noche he decidido darle una segunda oportunidad. Quién me ha visto y quién me ve ¿Eh?, yo, que en Nochevieja brindaba con agua porque no soporto el champán.
O a lo mejor es que hoy me has pillado en un día tonto, no es que esté nostálgica, solo tonta. Sea por lo que sea, aquí estoy, como una loca, escribiéndote este email a las dos de la mañana porque no puedo dormir y he cometido el tremendo error de reflexionar. Por eso y porque he pensado que, si no tenías nada mejor que hacer, podríamos volver a enamorarnos.
sábado, 26 de marzo de 2011
¡Menuda panda de locos! (Relato kafkiano)
Era una tarde de verano a la 20:00, aproximadamente. Nos encontrábamos en Sevilla, como siempre hacemos una o dos semanas de esas calurosas vacaciones. No podían haber pasado más de 2 horas desde que bajamos del coche con las maletas arrastrando, no habíamos descansado en el cómodo patio de casa de mi abuela ni 60 de esos 120 minutos que tuvimos, pero resulta que se nos había antojado una tortilla de patatas y no había cebolla. Si hubiésemos sabido que eso se terminaría por convertir en una odisea que ni Ulises, probablemente hubiésemos encargado unas pizzas.
Para empezar, volvimos a entrar en ese ya tan familiar coche que nos acompañó durante 5 horas ese día. No se nos hizo complicado llegar al supermercado más cercano, lo difícil fue irse. La salida que cogíamos habitualmente estaba cerrada por obras, así que tuvimos que utilizar otra que nos llevaba en dirección contraria a donde debíamos ir. Dado que ese día nuestro sentido de la orientación se había despedido para descansar horas antes, nos perdimos. Lo primero que se nos ocurrió fue lo más normal, preguntar, preguntar a la gente que allí vivía y que suponíamos sabría guiarnos.
No se como lo hicieron, pero el primer andaluz logró que dejásemos de tener cualquier tipo de esperanza en volver a casa, seguramente tuvo que ver la forma en que daba las señas: "Sigues tó recto, luego giras pa´llá y vuelves al otro lao" "Pero para allá ¿Para dónde? ¿A la izquierda?" "Pa´llá, pa´llá, después una rotonda que sigues recto y allí está" "Eeeh... vale, muchas gracias" Tras una sonrisa que pusimos por simple educación (Y porque el pobre hombre lo había intentado, aunque sin éxito), decidimos no darle importancia y ver si otra persona podría explicárnoslo algo mejor. Ilusas nosotras, paramos a otra andaluza, haciéndola perder su tiempo en vano "Sí, sí, una vez llegas a ese puente de allí y ves una cosa al lado, te vas hacia ese lado y una cuantas calles más allá, te vas para el otro" "Vale, vamos a ver, entonces llego al puente y giro a la derecha ¿no?" "Bueno, giras para el lado cuando veas esa cosa" "¿Qué cosa?" "¡La que verás allí! Después del puente" "Ajá... vale, vale. Gracias" Tras esto comenzamos a desesperarnos, pero seguimos siendo tan inocentes como para preguntar a un tercero "Ah, claro, allí voy yo en fiestas. Pues mira, llegas a esa rotonda y vas por una salida de ese lado, verás todo recto sin calles, pues te metes cuando veas una" "¿La primera que vea?" "La primera que veas de ese lado" "Ah, vale, bueno ya allí vuelvo a preguntar. Gracias" "De acuerdo, de nada" No sabíamos que teníamos que hacer, seguíamos igual que antes, pero decidimos ir a la aventura según las pocas pistas que nos habían dado las tres personas a las que habíamos preguntado.
Tras 45 largos y frustrantes minutos, pensamos que sería lo mejor llamar a casa para no preocupar a mi abuela, que decidió quedarse porque solo estaríamos fuera cinco escasos minutos, lo que tardáramos en ir al supermercado y volver. Pues eso, cinco minutos. El caso es que cogí mi movil y marqué, no sé en que momento me confundí, no tengo la más mínima idea, pero alguno de esos números decidió cambiarse de sitio y me lo cogió un ser desconocido "¿Sí? Dígame" "Esto..., perdón, creo que me he confundido, no estará allí María ¿no?" "María ¿La que pinta?" "Sí, sí, esa misma" "Pues no, no sé, no conozco a ninguna María" "Ah, vale, pues lo siento, adiós" "Adiós" El móvil continuó durante unos segundos en mi oreja, mientras tanto yo me dedicaba a reírme como si no existiese un mañana, a la misma vez mi madre me observaba algo asustada y sin entender nada, exactamente igual que como estaba yo en ese instante.
Para fortuna nuestra, localizamos a unos hombres que lograron encadenar dos palabras seguidas sin utilizar los comodines cosa, allá, ese lado u otro lado. Nos guiamos gracias a sus señas y llegamos a un lugar conocido que nos permitió seguir el camino hacia la preciosa puerta que se convertiría en nuestra salvación. Una vez allí, respiramos hondo y decidimos disfrutar de la tortilla como nunca, bien lo merecía después del viajecito que nos dimos por ella, por lo menos valió la pena y la comida salió rica.
Esa noche me fui a dormir relativamente pronto, pensando que el día siguiente sería mejor, no se me ocurría nada más surrealista que eso que me había ocurrido hoy. Parece que los vecinos me oyeron y decidieron superarlo, ya que no tardé mucho en escuchar una conocida canción que venía del piso de arriba, pero no les valió con cantar a Paulina Rubio (Seguiría siendo insoportable, pero algo más lógico), sino que se atrevieron a volver a su infancia: "Soy una taza, una tetera, una cuchara y un cucharón...". Media hora después, me encontraba con la almohada tapándome las orejas e intentando no escuchar más las voces de los habitantes del piso de arriba, que aparentaban no saberse más que esa musiquilla para niños pequeños, miré el reloj. Las 00.30, bravo, lograron superar el resto del día, se presentó como algo imposible, pero es que si te lo propones... ¡Menuda panda de locos!
Para empezar, volvimos a entrar en ese ya tan familiar coche que nos acompañó durante 5 horas ese día. No se nos hizo complicado llegar al supermercado más cercano, lo difícil fue irse. La salida que cogíamos habitualmente estaba cerrada por obras, así que tuvimos que utilizar otra que nos llevaba en dirección contraria a donde debíamos ir. Dado que ese día nuestro sentido de la orientación se había despedido para descansar horas antes, nos perdimos. Lo primero que se nos ocurrió fue lo más normal, preguntar, preguntar a la gente que allí vivía y que suponíamos sabría guiarnos.
No se como lo hicieron, pero el primer andaluz logró que dejásemos de tener cualquier tipo de esperanza en volver a casa, seguramente tuvo que ver la forma en que daba las señas: "Sigues tó recto, luego giras pa´llá y vuelves al otro lao" "Pero para allá ¿Para dónde? ¿A la izquierda?" "Pa´llá, pa´llá, después una rotonda que sigues recto y allí está" "Eeeh... vale, muchas gracias" Tras una sonrisa que pusimos por simple educación (Y porque el pobre hombre lo había intentado, aunque sin éxito), decidimos no darle importancia y ver si otra persona podría explicárnoslo algo mejor. Ilusas nosotras, paramos a otra andaluza, haciéndola perder su tiempo en vano "Sí, sí, una vez llegas a ese puente de allí y ves una cosa al lado, te vas hacia ese lado y una cuantas calles más allá, te vas para el otro" "Vale, vamos a ver, entonces llego al puente y giro a la derecha ¿no?" "Bueno, giras para el lado cuando veas esa cosa" "¿Qué cosa?" "¡La que verás allí! Después del puente" "Ajá... vale, vale. Gracias" Tras esto comenzamos a desesperarnos, pero seguimos siendo tan inocentes como para preguntar a un tercero "Ah, claro, allí voy yo en fiestas. Pues mira, llegas a esa rotonda y vas por una salida de ese lado, verás todo recto sin calles, pues te metes cuando veas una" "¿La primera que vea?" "La primera que veas de ese lado" "Ah, vale, bueno ya allí vuelvo a preguntar. Gracias" "De acuerdo, de nada" No sabíamos que teníamos que hacer, seguíamos igual que antes, pero decidimos ir a la aventura según las pocas pistas que nos habían dado las tres personas a las que habíamos preguntado.
Tras 45 largos y frustrantes minutos, pensamos que sería lo mejor llamar a casa para no preocupar a mi abuela, que decidió quedarse porque solo estaríamos fuera cinco escasos minutos, lo que tardáramos en ir al supermercado y volver. Pues eso, cinco minutos. El caso es que cogí mi movil y marqué, no sé en que momento me confundí, no tengo la más mínima idea, pero alguno de esos números decidió cambiarse de sitio y me lo cogió un ser desconocido "¿Sí? Dígame" "Esto..., perdón, creo que me he confundido, no estará allí María ¿no?" "María ¿La que pinta?" "Sí, sí, esa misma" "Pues no, no sé, no conozco a ninguna María" "Ah, vale, pues lo siento, adiós" "Adiós" El móvil continuó durante unos segundos en mi oreja, mientras tanto yo me dedicaba a reírme como si no existiese un mañana, a la misma vez mi madre me observaba algo asustada y sin entender nada, exactamente igual que como estaba yo en ese instante.
Para fortuna nuestra, localizamos a unos hombres que lograron encadenar dos palabras seguidas sin utilizar los comodines cosa, allá, ese lado u otro lado. Nos guiamos gracias a sus señas y llegamos a un lugar conocido que nos permitió seguir el camino hacia la preciosa puerta que se convertiría en nuestra salvación. Una vez allí, respiramos hondo y decidimos disfrutar de la tortilla como nunca, bien lo merecía después del viajecito que nos dimos por ella, por lo menos valió la pena y la comida salió rica.
Esa noche me fui a dormir relativamente pronto, pensando que el día siguiente sería mejor, no se me ocurría nada más surrealista que eso que me había ocurrido hoy. Parece que los vecinos me oyeron y decidieron superarlo, ya que no tardé mucho en escuchar una conocida canción que venía del piso de arriba, pero no les valió con cantar a Paulina Rubio (Seguiría siendo insoportable, pero algo más lógico), sino que se atrevieron a volver a su infancia: "Soy una taza, una tetera, una cuchara y un cucharón...". Media hora después, me encontraba con la almohada tapándome las orejas e intentando no escuchar más las voces de los habitantes del piso de arriba, que aparentaban no saberse más que esa musiquilla para niños pequeños, miré el reloj. Las 00.30, bravo, lograron superar el resto del día, se presentó como algo imposible, pero es que si te lo propones... ¡Menuda panda de locos!
lunes, 21 de marzo de 2011
Habladurías, habladurías.
Como si de un niño pequeño, de esos que juegan al famoso teléfono escacharrado en su tiempo libre, se tratase, se dedica a susurrar al oído de la persona que ocupa un espacio a su lado lo que otro acaba de contarle, aunque quizás algo cambiado. Solo quizás.
Tampoco es que le importe si es cierto o no lo que dice, no se va ni a preocupar en contrastarlo, ni siquiera reflexionará sobre si es lo correcto o no. De todas formas, si lo piensas, lo que es correcto y lo que no lo es está bastante distorsionado en nuestra sociedad. Sea como sea, él simplemente se dedica a decirlo a su acompañante. El único problema es que lo que acaba de resonar en sus tímpanos no es suficientemente interesante como para crear una conversación larga y divertida sobre ello, seguramente no importe que se cambie un poco para que se pueda conversar durante muchas entretenidas horas.
Al lado de él, habita una chica rubia, que escucha con atención la historia que su compañero le cuenta en ese tono tan bajo, no es capaz de percibir algunas palabras, da igual, ya hará lo posible por descubrirlas, como si tiene que cambiar ciertos aspectos de lo ocurrido. No importa.
De esta forma, la historia termina por convertirse en una de esas famosas telenovelas sudamericanas en las que el enrevesamiento es extremo, la gente comenta algo que en realidad no ha ocurrido, puede que el que ha recibido la información en último lugar si que piense que eso ha sido así, el problema es que el que ha comenzado ese cotilleo no es capaz de negarlo mientras haya algo de lo que hablar o no quede él en ridículo.
La sociedad actual, o parte de ella, ha llegado a un punto de irrespeto y de lo que podríamos llegar a llamar degradación de una manera exagerada, baja autoestima de forma simple, que no le importaría vender a su mejor amigo, contar sus trapos sucios, si tiene algo, lo que sea, que consiga meterle dentro de ese grupo, que le haga no sentirse fuera. Así que, una vez que esa persona que te acompaña normalmente no está, una vez la gente va a su rollo y tu no sabes de qué hablar, lo primero que harás será comenzar la frase con ¿Sabías que... o Me he enterado de que..., unos segundos después, el rumor correrá por los alrededores, unos minutos más tarde, la gente empezará a murmurar mientras pasas, sin disimulo alguno, no les importará que escuches, pero más tarde aún, a las horas, todo el distrito conocerá lo que supuestamente ocurrió en tu vida aunque aún no sepa ni quién eres tú.
La verdad es que merecería la pena intentar descubrir que mueve la existencia de esas personas, cuáles son sus objetivos en la vida o qué les motiva. No obstante, lo más probable es que ese estudio terminase más pronto de lo esperado, una respuesta ocuparía el 100% de los labios de estas personas: Pff... Y yo qué sé. No tienen planes de futuro mayores que lo que hacer el viernes siguiente, por eso mismo se entretienen comentando la vida de todo el mundo, porque no saben de otra forma de divertirse, su mente es tan plana, tan llana, tan vacía de pensamientos coherentes, no porque no puedan, sino porque simplemente no se esfuerzan por hacerlo, porque no hay nada que les motive para intentar usar algo más el cerebro.
Sinceramente pienso que la gente debería quererse más, por lo menos lo suficiente como para no vender a esos que te tratan tan bien, esos que antes de enterarse de cosas que no deberían haber pasado te apreciaban tanto, lo suficiente como para mantenerse firme y no entrar al trapo en esas situaciones. No hace falta estar rodeado de gente en todo momento, pero si que es recomendable el respetar a los demás, y más aún el respetarse a sí mismo, ese es el primer paso.
Tampoco es que le importe si es cierto o no lo que dice, no se va ni a preocupar en contrastarlo, ni siquiera reflexionará sobre si es lo correcto o no. De todas formas, si lo piensas, lo que es correcto y lo que no lo es está bastante distorsionado en nuestra sociedad. Sea como sea, él simplemente se dedica a decirlo a su acompañante. El único problema es que lo que acaba de resonar en sus tímpanos no es suficientemente interesante como para crear una conversación larga y divertida sobre ello, seguramente no importe que se cambie un poco para que se pueda conversar durante muchas entretenidas horas.
Al lado de él, habita una chica rubia, que escucha con atención la historia que su compañero le cuenta en ese tono tan bajo, no es capaz de percibir algunas palabras, da igual, ya hará lo posible por descubrirlas, como si tiene que cambiar ciertos aspectos de lo ocurrido. No importa.
De esta forma, la historia termina por convertirse en una de esas famosas telenovelas sudamericanas en las que el enrevesamiento es extremo, la gente comenta algo que en realidad no ha ocurrido, puede que el que ha recibido la información en último lugar si que piense que eso ha sido así, el problema es que el que ha comenzado ese cotilleo no es capaz de negarlo mientras haya algo de lo que hablar o no quede él en ridículo.
La sociedad actual, o parte de ella, ha llegado a un punto de irrespeto y de lo que podríamos llegar a llamar degradación de una manera exagerada, baja autoestima de forma simple, que no le importaría vender a su mejor amigo, contar sus trapos sucios, si tiene algo, lo que sea, que consiga meterle dentro de ese grupo, que le haga no sentirse fuera. Así que, una vez que esa persona que te acompaña normalmente no está, una vez la gente va a su rollo y tu no sabes de qué hablar, lo primero que harás será comenzar la frase con ¿Sabías que... o Me he enterado de que..., unos segundos después, el rumor correrá por los alrededores, unos minutos más tarde, la gente empezará a murmurar mientras pasas, sin disimulo alguno, no les importará que escuches, pero más tarde aún, a las horas, todo el distrito conocerá lo que supuestamente ocurrió en tu vida aunque aún no sepa ni quién eres tú.
La verdad es que merecería la pena intentar descubrir que mueve la existencia de esas personas, cuáles son sus objetivos en la vida o qué les motiva. No obstante, lo más probable es que ese estudio terminase más pronto de lo esperado, una respuesta ocuparía el 100% de los labios de estas personas: Pff... Y yo qué sé. No tienen planes de futuro mayores que lo que hacer el viernes siguiente, por eso mismo se entretienen comentando la vida de todo el mundo, porque no saben de otra forma de divertirse, su mente es tan plana, tan llana, tan vacía de pensamientos coherentes, no porque no puedan, sino porque simplemente no se esfuerzan por hacerlo, porque no hay nada que les motive para intentar usar algo más el cerebro.
Sinceramente pienso que la gente debería quererse más, por lo menos lo suficiente como para no vender a esos que te tratan tan bien, esos que antes de enterarse de cosas que no deberían haber pasado te apreciaban tanto, lo suficiente como para mantenerse firme y no entrar al trapo en esas situaciones. No hace falta estar rodeado de gente en todo momento, pero si que es recomendable el respetar a los demás, y más aún el respetarse a sí mismo, ese es el primer paso.
miércoles, 16 de marzo de 2011
La vida misma
Qué difícil es la convivencia...
-Hola- Sonríe mientras camina al interior de la casa
-¡Ey!- Sigue atento a su pantalla, o más bien al videojuego que hay en ella
-¿Qué tal el día?
-Ptsé...- Se encoje de hombros mientras sus neuronas se concentran al cien por cien en ese coche que no hace más que destrozar la gran ciudad.
-¿Ptsé? ¿Cómo que ptsé?- Se lo toma con humor y comienza a reírse, pero no desiste y continúa intentando que utilice su cerebro para otras cosas- Entonces todo bien ¿no?
-Séh
-¿Qué significa "séh"?- No tiene ninguna duda de lo que significa, pero es que ella conseguirá sacar algo en claro de esa conversación sea como sea.
-Pues eso- ¿Por qué pregunta tanto? Voy a perder la partida...
- Creo que voy a cambiarme y a preparar algo rápido de cena.
- Ajá...
- No te apetece nada especial ¿No?- ¿Para qué pregunto? ¡Si quiere algo especial que se lo prepare él mismo!
-Especial...- Ni siquiera sé lo que me acaba de decir, solo he entendido lo de "algo especial"...
-Sí, especial... ¿Me estás escuchando?
-Ajá..
-¿¡No puedes darle al pause un segundo!? Es bastante frustrante hablar con alguien que ni me mira a la cara
-La cara...
-¡Por favor! ¡Un poco de atención por aquí...!
-Espera, que estoy a punto de ganar la carrera- Vuelve a dejar de atender al mundo exterior y se mete en su burbuja, él, la consola y la pantalla son los únicos supervivientes del planeta- Vamos... Vamos...
- Bueno, mira, si quieres algo especial te levantas y te lo haces tu mismo
- Sí, cariño, yo también te quiero- Lo dice en serio, no ha escuchado una palabra de lo que le ha dicho y eso es una repuesta recurrente.
- Pero ¡¿Qué dices?! ¡Buah! ¿Sábes qué? Cuando quieras hablar y dejes la máquina esta de una vez, vienes- Le mira y le ve asentir, se da cuenta de que no está escuchándola y termina por desesperarse del todo- No sé para qué digo nada si ahora mismo toda tu atención está en ese jueguecito...- Se va, enfadada, a la misma vez que pronuncia esa frase, se pierde por el pasillo marcando fuertemente el paso con los tacones- Parece que su pareja es la maquinita y no yo, tio...
- ¡Vale...!-Sigue a lo suyo, solo que esta vez y tras el portazo que ella da al entrar en la habitación, termina por descentrarse y no presta atención al videojuego por primera vez- ¡Mierda! Ya he perdido, ¡En el último momento!
...Y qué complicadas son las relaciones humanas. Nada más que añadir.
-Hola- Sonríe mientras camina al interior de la casa
-¡Ey!- Sigue atento a su pantalla, o más bien al videojuego que hay en ella
-¿Qué tal el día?
-Ptsé...- Se encoje de hombros mientras sus neuronas se concentran al cien por cien en ese coche que no hace más que destrozar la gran ciudad.
-¿Ptsé? ¿Cómo que ptsé?- Se lo toma con humor y comienza a reírse, pero no desiste y continúa intentando que utilice su cerebro para otras cosas- Entonces todo bien ¿no?
-Séh
-¿Qué significa "séh"?- No tiene ninguna duda de lo que significa, pero es que ella conseguirá sacar algo en claro de esa conversación sea como sea.
-Pues eso- ¿Por qué pregunta tanto? Voy a perder la partida...
- Creo que voy a cambiarme y a preparar algo rápido de cena.
- Ajá...
- No te apetece nada especial ¿No?- ¿Para qué pregunto? ¡Si quiere algo especial que se lo prepare él mismo!
-Especial...- Ni siquiera sé lo que me acaba de decir, solo he entendido lo de "algo especial"...
-Sí, especial... ¿Me estás escuchando?
-Ajá..
-¿¡No puedes darle al pause un segundo!? Es bastante frustrante hablar con alguien que ni me mira a la cara
-La cara...
-¡Por favor! ¡Un poco de atención por aquí...!
-Espera, que estoy a punto de ganar la carrera- Vuelve a dejar de atender al mundo exterior y se mete en su burbuja, él, la consola y la pantalla son los únicos supervivientes del planeta- Vamos... Vamos...
- Bueno, mira, si quieres algo especial te levantas y te lo haces tu mismo
- Sí, cariño, yo también te quiero- Lo dice en serio, no ha escuchado una palabra de lo que le ha dicho y eso es una repuesta recurrente.
- Pero ¡¿Qué dices?! ¡Buah! ¿Sábes qué? Cuando quieras hablar y dejes la máquina esta de una vez, vienes- Le mira y le ve asentir, se da cuenta de que no está escuchándola y termina por desesperarse del todo- No sé para qué digo nada si ahora mismo toda tu atención está en ese jueguecito...- Se va, enfadada, a la misma vez que pronuncia esa frase, se pierde por el pasillo marcando fuertemente el paso con los tacones- Parece que su pareja es la maquinita y no yo, tio...
- ¡Vale...!-Sigue a lo suyo, solo que esta vez y tras el portazo que ella da al entrar en la habitación, termina por descentrarse y no presta atención al videojuego por primera vez- ¡Mierda! Ya he perdido, ¡En el último momento!
...Y qué complicadas son las relaciones humanas. Nada más que añadir.
domingo, 13 de marzo de 2011
¿Y qué cuento yo ahora?
Tras tres días reflexionando, después de tres mañanas en las que mi cabeza ha sido puesta patas arriba, quedándose desordenada y sin idea de como debería recolocarse, sigo sin saber qué tema será el siguiente. Y aquí me encuentro, escribiéndolo en una entrada, intentando que ocupe algo más que estas tres líneas.
Espero que este repentino enfado con las musas sea cosa de unos pocos días, horas si es elegible, pero mientras sigan molestas conmigo por yo qué sé qué deberé valerme por los restos que dejaron en mi mente para escribir algo más. Parece ser que la imaginación, por su parte, continúa sin preguntarle a nadie si se la necesita y me asalta cuando le apetece, dejándome más frustrada todavía en el momento en que mi pantalla es testigo de esos pequeños textos inextensibles que ocupan poco más de cuatro líneas, por lo que no están preparados para ser colgados aquí.
Probablemente debería de disculparme con ellas, eso si supiese por qué, lo que si es verdad es que, si bien su enfado lleva ahí, aunque latente, pero ahí, unos cuantos meses, esta vez su furia se ha desatado y se han declarado en huelga como si de unos controladores aéreos cualquiera se trataran, dejándome a mi desvalida y sin forma alguna de crear algo medianamente decente. A la vista está ¡Qué esto es muy mejorable!
Tendré que mantenerme tranquila y contar hasta cien en el momento en el que nos reunamos para llegar a un acuerdo con ellas, porque así desde luego no puedo seguir, en un instante me asaltan títulos, si que tengo temas en mente, por supuesto que sí, el problema es no poder desarrollarlos ni saber cuando tendré potestad para hacerlo, no son míos, no son de mi propiedad y no puedo robárselos a mis ayudantes sin preguntar antes. El otro día no dudé en hacerlo, me acerqué relajada y sin tensión para después pedírselo de buenas maneras, la dificultad comenzó cuando me lo negaron, de forma tajante me dijeron que no. Ni una letra más, ni una palabra, ni una frase explicándose, simplemente no.
Sigo dándole vueltas a la cabeza, analizando mis movimientos y gestos, mis respuestas y preguntas, sus posibles exiguas ayudas, pero nada, todo sigue igual, no comprendo que he hecho ni entiendo el por qué de esto que ocurre. Al menos parece que la tormenta ha pasado levemente y me han permitido salir del paso y escribir este pequeño texto, no obstante es lo suficientemente largo como para ser premiado con una publicación. Aparentemente tienen un corazón lo bastante grande como para no dejarme a la deriva por completo, continúo en una reducida tabla de madera que comienza a romperse en pedazos, sin embargo esta vez los tiburones que la rodeaban han desaparecido y mis lecciones de natación, presumiblemente mas que suficientes, dan sus frutos.
Aunque probablemente lo que ocurra es que me encuentro en el ojo del huracán, un lugar más o menos calmado en comparación con lo que le rodea, pero significaría que se avecina lo peor, una sequía completa de ideas mientras llueve sobre mi y los vientos me arrastran de un lado a otro, sin destino final aparente. Suplico que eso no ocurra pues no puedo permitírmelo, por eso mismo espero poder reunirme con ellas pronto y llegar a un acuerdo. Comenzaré colocando mi cabeza como estaba antes de la masacre, las ideas por allí, la imaginación por allá... Parece sencillo, no obstante esto es solo el comienzo.
Espero que este repentino enfado con las musas sea cosa de unos pocos días, horas si es elegible, pero mientras sigan molestas conmigo por yo qué sé qué deberé valerme por los restos que dejaron en mi mente para escribir algo más. Parece ser que la imaginación, por su parte, continúa sin preguntarle a nadie si se la necesita y me asalta cuando le apetece, dejándome más frustrada todavía en el momento en que mi pantalla es testigo de esos pequeños textos inextensibles que ocupan poco más de cuatro líneas, por lo que no están preparados para ser colgados aquí.
Probablemente debería de disculparme con ellas, eso si supiese por qué, lo que si es verdad es que, si bien su enfado lleva ahí, aunque latente, pero ahí, unos cuantos meses, esta vez su furia se ha desatado y se han declarado en huelga como si de unos controladores aéreos cualquiera se trataran, dejándome a mi desvalida y sin forma alguna de crear algo medianamente decente. A la vista está ¡Qué esto es muy mejorable!
Tendré que mantenerme tranquila y contar hasta cien en el momento en el que nos reunamos para llegar a un acuerdo con ellas, porque así desde luego no puedo seguir, en un instante me asaltan títulos, si que tengo temas en mente, por supuesto que sí, el problema es no poder desarrollarlos ni saber cuando tendré potestad para hacerlo, no son míos, no son de mi propiedad y no puedo robárselos a mis ayudantes sin preguntar antes. El otro día no dudé en hacerlo, me acerqué relajada y sin tensión para después pedírselo de buenas maneras, la dificultad comenzó cuando me lo negaron, de forma tajante me dijeron que no. Ni una letra más, ni una palabra, ni una frase explicándose, simplemente no.
Sigo dándole vueltas a la cabeza, analizando mis movimientos y gestos, mis respuestas y preguntas, sus posibles exiguas ayudas, pero nada, todo sigue igual, no comprendo que he hecho ni entiendo el por qué de esto que ocurre. Al menos parece que la tormenta ha pasado levemente y me han permitido salir del paso y escribir este pequeño texto, no obstante es lo suficientemente largo como para ser premiado con una publicación. Aparentemente tienen un corazón lo bastante grande como para no dejarme a la deriva por completo, continúo en una reducida tabla de madera que comienza a romperse en pedazos, sin embargo esta vez los tiburones que la rodeaban han desaparecido y mis lecciones de natación, presumiblemente mas que suficientes, dan sus frutos.
Aunque probablemente lo que ocurra es que me encuentro en el ojo del huracán, un lugar más o menos calmado en comparación con lo que le rodea, pero significaría que se avecina lo peor, una sequía completa de ideas mientras llueve sobre mi y los vientos me arrastran de un lado a otro, sin destino final aparente. Suplico que eso no ocurra pues no puedo permitírmelo, por eso mismo espero poder reunirme con ellas pronto y llegar a un acuerdo. Comenzaré colocando mi cabeza como estaba antes de la masacre, las ideas por allí, la imaginación por allá... Parece sencillo, no obstante esto es solo el comienzo.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)