martes, 3 de mayo de 2011

Solo eso. Una casualidad.

Pieza a pieza, con dedicación y esmero. Poco a poco, sin prisas, porque había todo el tiempo del mundo. Hace tres años que empezamos con ese puzle de mil y una piezas. Poniendo una cada día. Hoy lo podíamos haber terminado, pero al buscar la parte que nos faltaba, esa pieza mil uno, no la hemos encontrado. Se nos ha perdido.

Y de repente nos convertimos en las piezas, y alargamos los brazos, nos rozamos con los dedos. Sin embargo, no podemos mantenernos en esa postura todo el tiempo y volvemos a alejarnos, dejando un abismo en medio que nos era imposible obviar.

Buscamos la pieza, miramos por todos lados, pero nada. Nuestra mente se llena de ojalás y de frases en condicional. Alguien la encontrará, alguien la recogerá, alguien sabrá ponerla y terminar el puzle, alguien. Nosotros no. Quizás si recolocamos el salón, ponemos los muebles en su sitio, ponemos todo en su sitio, conseguiremos descubrir dónde está, pero eso ya lo hicimos y volvimos a convertirlo en un mercadillo de esos que ponen los domingos, seguimos igual. No está completo, algo falta.

Qué casualidad que todo esto ocurriera cuando dejaste de llenar habitaciones vacías con tu simple presencia, cuando el frío se metió entre nosotros. He de decir que yo no quería que viniera, el problema es que no pude hacer nada por evitarlo. Ni tú tampoco.

No te culpo, ni a mi. Nos despistamos, nos empeñamos en terminar lo que teníamos y no pensamos en las consecuencias. Nos dejamos llevar y nos equivocamos ¿Y qué más da? La vida es así y está para eso, para cometer errores. Perdona, este ha sido a costa tuya. No pasa nada, este ha sido a costa mía. Sé que tú también buscas la pieza desesperado, sé que estás levantando sillones, cojines y mantas. Ojalá la encontremos, ojalá la palabra ojalá desaparezca de nuestro vocabulario y los verbos en condicional pasen a ser en presente. Lo dudo, pero hemos tardado tanto en llegar al final del puzle, hemos sufrido tanto. A lo mejor ese ha sido el problema.

Qué casualidad que esto pase cuando las palomitas y la manta era lo único familiar de nuestras tardes de lluvia y la calefacción lo que hacia menos notable la gelidez, cuando mis pies fríos han dejado de buscarte por las noches para tratar de calentarse. Qué casualidad.

El silencio se hace presente, como ultimamente siempre ocurre. Antes no nos importaba, porque los silencios no eras momentos de incomodidad en los que nuestras miradas se dirigían a las baldosas que pisaban nuestros pies. Antes podiamos hablar en silencio. Antes, antes... De repente cambiamos el condicional por el pasado. Porque antes todo era diferente y la pieza aún estaba en la caja, preparada para ser colocada en cualquier momento.

Y seguramente deberíamos aceptar la realidad, dejar de buscar algo que ha desaparecido hace demasiado tiempo. Ya ni siquiera es la pieza, tampoco somos nosotros. Es el verbo en presente, ese que deseamos encontrar, el que nos dice que todo ha acabado, que la pieza se ha perdido y no hay nada que hacer, que quizás otra persona consiga que la pongamos, solo que por separado.

Pero qué casualidad que esto ocurra cuando la rosa que me regalaste por San Valentín se marchitó, cuando lo cotidiano se ha transformado en aburrido, cuando nuestra cama se ha hecho dos metros más grande. Sí, qué casualidad.


(Las musas han vuelto, sí. Solo que ahora me acosan con estos textos ñoño-amorosos contínuamente. Prometo parar, el problema es que no sé cuando...)

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