Todas iguales, uniformadas sin uniforme, elegantes sin elegancia, obligadas sin obligación. Parece que les gusta dejarse llevar por lo dictado. Los vestidos con falda de tubo con los que puedes bajar la vista hasta justo debajo de las rodillas y en los que los franceses marcan las mangas abundan en la estancia. Dejarán el vuelo para sus fines de semana en el campo, como lo haría cualquier madre que merezca la pena en esta época.Me muevo por el lugar en busca de mi máquina Underwood para mecanografiar lo debido mientras observo a todas y cada una de las copias que me rodean. Seguramente yo sea otra de ellas, pero por lo menos no me coloco un vestido gris en forma de tubo mañana a mañana. Eso ya me hace sentir especial, suene o no prepotente. Ellas, que tienen marido y tres hijos, al menos uno o dos rubios. Ellas, que dedican su tiempo libre a cocinar pastel de manzana o arándanos. Ellas, americanas de los años cincuenta.
Observo sus peinados, exageradamente rizados. Sí, ellas también son en su mayoría rubias, alguna privilegiada puede contemplar su pelo castaño frente al espejo cada día, pero son raras. Esos peinados, decía, esa permanente que les ha costado largos minutos de espera, eso marca su estilo. Algunas quieren sentirse especiales poniéndose unos guantes que les llegan a las muñecas, a juego con el vestido, por supuesto. Aún así, el color solo puede verse en la avenida, asomándose a las ventanas que dan a las grandes calles, plagadas de Corvettes brillantes y rojos. A la gente le gusta lo llamativo, o eso parece.
Miro mi reloj para comprobar que es mi hora de comer, cojo mi ficha y la meto en la perforadora para que conste mi salida. Una vez fuera, con mis zapatos taconeando en el suelo de la calle, me coloco las gafas de sol y me enlazo el pelo con un pañuelo que anime mi atuendo algo más. Soy una excéntrica de época, para qué negarlo. Busco y encuentro una cafetería de esas en las que las camareras te sirven subidas a unos patines, los adoro.Me siento frente a la ventana y presto atención al cine de la acera de enfrente, hay una gran fila que llega casi hasta la entrada del comercio de al lado, todo el mundo está deseando ver esa nueva película de la Monroe, La Tentación Vive Arriba creo que se llamaba. Desde que esa chica tan guapa había comenzado a salir en la gran pantalla, hace aproximadamente cinco años, nadie parecía capaz de pararla. A pesar de que, para mi gusto, no tenía más que ese envidiable físico y solo un trágico final podría hacerla perdurar tras su retirada.
La camarera que me atenderá ese día se acerca a mí con sus patines color azul. No comeré algo demasiado serio, como casi nunca, así que me decido por unas patatas fritas con bacon y queso y por un perrito caliente. De beber, Coca Cola. La chica apunta y se va dirección a la barra mientras en el tocadiscos suena Elvis Presley, esa nueva gran promesa. Pensándolo seriamente las cosas han evolucionado mucho de unos años atrás a nuestros días. Hasta hace poco, la película en color era algo con lo que soñar. Ahora mismo Marilyn puede mostrar su pelo rubio al mundo sin ningún problema.
Retiro mi mirada y esta vez me fijo en ese nuevo establecimiento que inauguraron hace unas semanas. Nada nuevo, uno más de comida rápida, McDonald´s. Como el Burger´s que hay enfrente, sí, pero seguro que de estos no tienen en la Unión Soviética. Giro mi muñeca y veo la hora, acelerándome al comprobar que me quedan menos de treinta minutos para comer. Por suerte, me traen la comida en ese mismo instante. Más que comer, devoro, en parte porque mi tripa ruge sin parar, en parte porque los segundos van más rápido de lo normal.
Poco más de diez minutos después, voy camino de mi trabajo de nuevo. Perdida en mis pensamientos, imaginándome el futuro, reflexionando sobre los posibles avances. No pueden ser muchos, la ciencia corre deprisa, también lo hace la tecnología. A la vez que entro en la oficina y me quito el lazo del pelo y las gafas de sol, imagino un año 2005 con coches volando por las calles. La gente está empeñada con que dentro de poco el hombre pisará la Luna. Yo, en mi contínuo afán por llevar la contraria, no lo creo. Aún tardaremos al menos unos quince años. Eso sí, lo haremos nosotros y no la URSS, que parece empeñada en superarnos. Igual que nosotros a ellos.
Piso las baldosas grises otra vez y parece como si los colores controlasen mis pensamientos, estos vuelven a perderse entre papeles y máquinas de escribir. Entre tacones y vestidos grises. Entre copias con sonrisas impermeables. Y en medio me despisto yo. Vuelta al trabajo.

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ResponderEliminarSabías que estaba en proceso :) ¿Qué te ha parecido? ;D
ResponderEliminarxDD