Me levanté acalorada y vi clara la llegada del verano. Dieciocho días, poco más de dos semanas y todo acabaría. Terminaría tras cuatro años llenos de todo tipo de experiencias. Llegaría a su fin avisando previamente, pero sin anestesia.
Aún no tengo claro si estoy preparada para vivir el último día, el último minuto. No sé si podré pisar la última baldosa, esa que me lleve al exterior de ese edificio que me ha estado dando la bienvenida durante más de diez años. No importa si no lo estoy, deberé hacerlo en demasiado poco tiempo. Parece que fue ayer cuando tenía mi primera clase de Latín, cuando hicimos la primera guardería que nos daría dinero para ese viaje a Roma.
Voy más allá y parece que sigo estando en el avión que me llevó a Heidelberg, en el que me hizo poner mis pies en Londres o en el instante en el que pisé mi clase de 1º de ESO por primera vez. Queriendo disfrutar de cada instante, incluso ansiando llegar de una vez a mi curso actual y liberarme de esas clases que tanto odiaba, esas de ciencias de las que quería olvidarme.
Algo nuevo nos espera ahí fuera, en el exterior. Algunas cosas serán buenas, otras malas. Sea como sea, no puedo evitar que un nudo se quedé en mi estómago cada vez que pienso en ese primero minuto en un nuevo lugar. Tampoco puedo quitarme el de la garganta cuando se me viene a la cabeza el instante de la despedida. Estoy casi segura de que las lágrimas acompañarán esos momentos. Sí, lo estoy positivamente.
Años atrás adoraba la llegada del verano, a pesar de ser chica de invierno, me encantaba levantarme por la mañana y no tener nada que hacer. Ahora mismo tengo sentimientos encontrados, sigo esperando el verano y sus vacaciones con ganas. Sin embargo, algo cambia cuando pienso que no será como anteriormente, que cuando ese momento llegue no podré esperar a septiembre para verlo todo igual que tres meses atrás. Que, cuando ese mes llegue, me tocará adaptarme a algo diferente, a un lugar distinto. Deberé empezar de cero.
Tengo ganas de conocer gente nueva, pero no quiero dejar atrás a otros que me han dado tantísimo estos años. Me apetece salir del barrio, lo que pasa es que eso significa la despedida definitiva. Espero que el fin no sea tan drástico y que esa gente que me ha demostrado tanto no se vaya totalmente de mi vida. Sé que me estoy poniendo ñoña, también lo supe nada más comenzar la entrada, durante esa primera letra.
No hay muchas formas de expresar esos años que he pasado en su compañía, es sumamente díficil escribirlo todo en esta diminuta entrada, resumir cada instante en tan pocas líneas. Porque para esto las oraciones se quedan cortas. También lo hacen las ideas, sé perfectamente lo que ha significado para mi todo este tiempo, lo que no sé tan bien es que palabras debo usar para expresarlo. Ha sido tanto y se ha pasado tan rápido.
Es que aún recuerdo cuando en ese primer curso veía tan lejos el final, cuando simplemente deseaba que el tiempo pasase, que pasase rápido y llegase lo que ya he nombrado, las vacaciones de verano. También me acuerdo de los profesores, de las primeras clases. De lo que aprendí en esos días en los que parecíamos bebés inspeccionando ese nuevo mundo.
Al igual que recuerdo ese principio, sé que mi mente guardará el final para siempre. Porque merecerá la pena vivirlo solo para poder guardar un gran recuerdo de estos años. Sé que me quedo corta, lo sé. La explicación es que se hace demasiado complicado expresar todo lo que siento al pensar en ese momento. Probablemente lo mejor sea terminar esta entrada despidiéndome de todos, agradeciéndoos todo. Eso haré.
¡Muchas gracias y hasta siempre!
PD. He decidido que cerraré este blog al terminar el curso, abriré otro en verano. El que quiera tener la dirección solo debe pedírmela. Así mantendremos el contacto.
Sun is Up
lunes, 6 de junio de 2011
viernes, 3 de junio de 2011
In Memoriam
Siento las gotas de agua golpear los cristales con fuerza, a la misma vez observo como las parejas saltan los charcos con sus risas irreversibles. Mi respiración empaña la ventana de manera irregular, creándome la necesidad de dibujar un corazón en esa zona. Con la cabeza apoyada en la ventana, la mente en otra parte. Donde normalmente está, en esa última noche. En ese coche estropeado. En ese impuntual taller.
Porque aún no te perdono que no me despertases para desayunar contigo, que no me pidieses que te llevase yo al trabajo, aún no te lo perdono. Que me debes un café, un desayuno en la cama, un beso. O miles. Y no se me olvidan, me los debes.
Mientras mi mirada se pierde entre los edificios y rascacielos del precioso Madrid en el que vivimos. Sí, en plural. A la vez que siento el suelo de madera bajo mis pies y me resguardo del invierno con una chaqueta de lana de una talla más grande de lo que necesito, espero oir tus llaves en la puerta y tus pasos en el parqué. Tu voz salundándome y tu sonrisa pidiéndome un beso. Sigo esperando.
Te echo de menos, mucho. Echo de menos tus caricias, tus historias, tus preocupaciones. Hace ya siete años desde esa mañana en la que se me olvidó ponerme el despertador para llevarte a trabajar. Tu no querías, de hecho creo que tuviste que ver en que no sonase. En que las sábanas me dejaron pegada a la cama. Te culparé toda la vida por ello en un desesperado intento por liberarme de la rabia. Llueve fuera, también lo hace dentro, aunque de manera oculta y calmada. Aprendí con los años.
No me aparto, no me muevo un milímetro, estoy a gusto como hace demasiado tiempo que no lo estaba. Este era nuestro rincón, paso mis tardes aquí. Ni quiero ni puedo evitarlo. Allí pasamos esa última noche, allí contamos estrellas en esta ciudad llena de polución, allí seguiré pasando las tardes, frente al gran ventanal del salón.
Me preguntaré toda mi vida por qué saltaste el metro que hay a poco más de dos calles de nuestro portal. Qué te hizo pasar de largo por la parada de autobús y cómo pudiste ser tan despistado como para olvidarte el monedero, no permitiéndote pedir un taxi. Desconozco el motivo por el que ni siquiera cogiste las llaves de mi coche, te habría permitido usarlo sin problemas.
La lluvia aumenta y veo como un hombre moreno corre desesperadamente para llegar a los soportales. Se parece a ti, como tantos otros. Me ha parecido verte tantas veces en estos años, demasiadas. Nadie me cree, tampoco yo misma lo hago, pero te he visto. Y siempre me haces recordar ese último primer beso.
Me desperté sola, encendí la televisión y la dejé abandonada en el salón. Me preparé el desayuno mientras hacia como si escuchase las noticias. Volví en busca del sofá con el tazón entre mis manos. Lo vi, lo vi en la televisión y no caí en la cuenta, no caí. Un mal presentimiento me sobrevino cuando procesé la información que el avance informativo daba. Te llamé, te llamé mil veces. Las llamadas perdidas aún siguen esperando para ser atendidas. Esa mañana me levanté sola, me desperté con las noticias y te insulté, te grité, te pedí explicaciones.
¿Por qué? Pues porque aún no entiendo lo que te hizo coger el tren ese maldito once de marzo.
Porque aún no te perdono que no me despertases para desayunar contigo, que no me pidieses que te llevase yo al trabajo, aún no te lo perdono. Que me debes un café, un desayuno en la cama, un beso. O miles. Y no se me olvidan, me los debes.
Mientras mi mirada se pierde entre los edificios y rascacielos del precioso Madrid en el que vivimos. Sí, en plural. A la vez que siento el suelo de madera bajo mis pies y me resguardo del invierno con una chaqueta de lana de una talla más grande de lo que necesito, espero oir tus llaves en la puerta y tus pasos en el parqué. Tu voz salundándome y tu sonrisa pidiéndome un beso. Sigo esperando.
Te echo de menos, mucho. Echo de menos tus caricias, tus historias, tus preocupaciones. Hace ya siete años desde esa mañana en la que se me olvidó ponerme el despertador para llevarte a trabajar. Tu no querías, de hecho creo que tuviste que ver en que no sonase. En que las sábanas me dejaron pegada a la cama. Te culparé toda la vida por ello en un desesperado intento por liberarme de la rabia. Llueve fuera, también lo hace dentro, aunque de manera oculta y calmada. Aprendí con los años.
No me aparto, no me muevo un milímetro, estoy a gusto como hace demasiado tiempo que no lo estaba. Este era nuestro rincón, paso mis tardes aquí. Ni quiero ni puedo evitarlo. Allí pasamos esa última noche, allí contamos estrellas en esta ciudad llena de polución, allí seguiré pasando las tardes, frente al gran ventanal del salón.
Me preguntaré toda mi vida por qué saltaste el metro que hay a poco más de dos calles de nuestro portal. Qué te hizo pasar de largo por la parada de autobús y cómo pudiste ser tan despistado como para olvidarte el monedero, no permitiéndote pedir un taxi. Desconozco el motivo por el que ni siquiera cogiste las llaves de mi coche, te habría permitido usarlo sin problemas.
La lluvia aumenta y veo como un hombre moreno corre desesperadamente para llegar a los soportales. Se parece a ti, como tantos otros. Me ha parecido verte tantas veces en estos años, demasiadas. Nadie me cree, tampoco yo misma lo hago, pero te he visto. Y siempre me haces recordar ese último primer beso.
Me desperté sola, encendí la televisión y la dejé abandonada en el salón. Me preparé el desayuno mientras hacia como si escuchase las noticias. Volví en busca del sofá con el tazón entre mis manos. Lo vi, lo vi en la televisión y no caí en la cuenta, no caí. Un mal presentimiento me sobrevino cuando procesé la información que el avance informativo daba. Te llamé, te llamé mil veces. Las llamadas perdidas aún siguen esperando para ser atendidas. Esa mañana me levanté sola, me desperté con las noticias y te insulté, te grité, te pedí explicaciones.
¿Por qué? Pues porque aún no entiendo lo que te hizo coger el tren ese maldito once de marzo.
lunes, 30 de mayo de 2011
Jazz, jazz, jazz...
Hace demasiado tiempo desde la última vez que escuché una canción de jazz, casi podría decir que el suficiente como para no recordarlo. Puedo asegurar que, en su momento, fue un estilo que detesté con todas mis fuerzas. No entiendo por qué. El caso es que esa fue la época del pop, del instrumento contínuo en el fondo, de la tecnología, de esas cosas que es tan fácil que te gusten y que se quedan dando vueltas en tu cabeza sin pedirte permiso antes.
Un día del mes de abril. Una tarde perfecta de lluvia, de esas en las que el olor a mojado se te cuela por las ventanas y no quieres dejar de percibirlo. Fue en una de estas en la que redescubrí el jazz, creo que fue el mejor momento para hacerlo. Ni antes ni después, ahora; porque en este momento el jazz es mi estilo. Me gusta su musicalidad, su sencillez, me gusta la voz del cantante sin adulterar o incluso, a veces, me interesa la canción sin cantante alguno.
El pop sigue presente en mi vida ¡Cómo para no estarlo! Pero ha llegado a convertirse en un segundo plano, algo que pensé que jamás ocurriría. Antes, cuando me preguntaban cual era mi estilo de música favorita, yo respondía que el pop. Ahora, desde la relativa lejanía, confesaré que en realidad no tenía estilo favorito, que si decía pop era porque eso ocupaba mis oídos casi todo el día, que mi segunda respuesta era "Ninguna en especial, me gusta la música " Y me quedaba tan a gusto.
Siempre deseé encontrar el estilo que me gustase, una vez lo he encontrado, creo que si lo he hecho ha sido porque es el momento. No hablo de destino, no hablo de futuro escrito, hablo de evolución. Porque puede que sea para mal o para bien, eso no lo sé, el caso es que no soy la misma. Ni yo ni mis gustos.
Que ya no me conformo, que si de mi depende prefiero lo especial, que me gusta lo diferente y que esto es lo que representa para mi el jazz. Música tranquila, música armoniosa, música que facilita el cambiar de mundo al que te apetezca en ese momento. En general, música. Seguramente, mis dudas anteriores se debieran a que los estilos cambian según el momento en el que te encuentres, pero si ahora no tengo esas dudas es porque sé que en cualquier circunstancia una canción de jazz sería perfecta. Otras también, sin embargo nunca rechazaría el jazz.
De todas formas, el pop seguirá interrumpiéndome sin preguntar y la mayoría de sus canciones se quedarán en mi cerebro, las letras pasearán por donde les apetezca y lo comercial será más conocido que ningun otro tipo de música. Aún así, seguiré buscando en internet, cambiando el estilo, haciendo lo posible por encontrar otros estilos...
Porque prefiero el jazz al pop...
Un día del mes de abril. Una tarde perfecta de lluvia, de esas en las que el olor a mojado se te cuela por las ventanas y no quieres dejar de percibirlo. Fue en una de estas en la que redescubrí el jazz, creo que fue el mejor momento para hacerlo. Ni antes ni después, ahora; porque en este momento el jazz es mi estilo. Me gusta su musicalidad, su sencillez, me gusta la voz del cantante sin adulterar o incluso, a veces, me interesa la canción sin cantante alguno.
El pop sigue presente en mi vida ¡Cómo para no estarlo! Pero ha llegado a convertirse en un segundo plano, algo que pensé que jamás ocurriría. Antes, cuando me preguntaban cual era mi estilo de música favorita, yo respondía que el pop. Ahora, desde la relativa lejanía, confesaré que en realidad no tenía estilo favorito, que si decía pop era porque eso ocupaba mis oídos casi todo el día, que mi segunda respuesta era "Ninguna en especial, me gusta la música " Y me quedaba tan a gusto.
Siempre deseé encontrar el estilo que me gustase, una vez lo he encontrado, creo que si lo he hecho ha sido porque es el momento. No hablo de destino, no hablo de futuro escrito, hablo de evolución. Porque puede que sea para mal o para bien, eso no lo sé, el caso es que no soy la misma. Ni yo ni mis gustos.
Que ya no me conformo, que si de mi depende prefiero lo especial, que me gusta lo diferente y que esto es lo que representa para mi el jazz. Música tranquila, música armoniosa, música que facilita el cambiar de mundo al que te apetezca en ese momento. En general, música. Seguramente, mis dudas anteriores se debieran a que los estilos cambian según el momento en el que te encuentres, pero si ahora no tengo esas dudas es porque sé que en cualquier circunstancia una canción de jazz sería perfecta. Otras también, sin embargo nunca rechazaría el jazz.
De todas formas, el pop seguirá interrumpiéndome sin preguntar y la mayoría de sus canciones se quedarán en mi cerebro, las letras pasearán por donde les apetezca y lo comercial será más conocido que ningun otro tipo de música. Aún así, seguiré buscando en internet, cambiando el estilo, haciendo lo posible por encontrar otros estilos...
Porque prefiero el jazz al pop...
lunes, 23 de mayo de 2011
Underwood Girls
Los tacones resuenan en las baldosas de mármol que adornan esa fría sala en la que hace meses que trabaja. Le encanta ese sonido unido con el de las máquinas de escribir que se oyen contínuamente en la habitación, presumiblemente debido a que está rodeada de mecanógrafas. Sí, en su totalidad mujeres.
Todas iguales, uniformadas sin uniforme, elegantes sin elegancia, obligadas sin obligación. Parece que les gusta dejarse llevar por lo dictado. Los vestidos con falda de tubo con los que puedes bajar la vista hasta justo debajo de las rodillas y en los que los franceses marcan las mangas abundan en la estancia. Dejarán el vuelo para sus fines de semana en el campo, como lo haría cualquier madre que merezca la pena en esta época.
Me muevo por el lugar en busca de mi máquina Underwood para mecanografiar lo debido mientras observo a todas y cada una de las copias que me rodean. Seguramente yo sea otra de ellas, pero por lo menos no me coloco un vestido gris en forma de tubo mañana a mañana. Eso ya me hace sentir especial, suene o no prepotente. Ellas, que tienen marido y tres hijos, al menos uno o dos rubios. Ellas, que dedican su tiempo libre a cocinar pastel de manzana o arándanos. Ellas, americanas de los años cincuenta.
Observo sus peinados, exageradamente rizados. Sí, ellas también son en su mayoría rubias, alguna privilegiada puede contemplar su pelo castaño frente al espejo cada día, pero son raras. Esos peinados, decía, esa permanente que les ha costado largos minutos de espera, eso marca su estilo. Algunas quieren sentirse especiales poniéndose unos guantes que les llegan a las muñecas, a juego con el vestido, por supuesto. Aún así, el color solo puede verse en la avenida, asomándose a las ventanas que dan a las grandes calles, plagadas de Corvettes brillantes y rojos. A la gente le gusta lo llamativo, o eso parece.
Miro mi reloj para comprobar que es mi hora de comer, cojo mi ficha y la meto en la perforadora para que conste mi salida. Una vez fuera, con mis zapatos taconeando en el suelo de la calle, me coloco las gafas de sol y me enlazo el pelo con un pañuelo que anime mi atuendo algo más. Soy una excéntrica de época, para qué negarlo. Busco y encuentro una cafetería de esas en las que las camareras te sirven subidas a unos patines, los adoro.
Me siento frente a la ventana y presto atención al cine de la acera de enfrente, hay una gran fila que llega casi hasta la entrada del comercio de al lado, todo el mundo está deseando ver esa nueva película de la Monroe, La Tentación Vive Arriba creo que se llamaba. Desde que esa chica tan guapa había comenzado a salir en la gran pantalla, hace aproximadamente cinco años, nadie parecía capaz de pararla. A pesar de que, para mi gusto, no tenía más que ese envidiable físico y solo un trágico final podría hacerla perdurar tras su retirada.
La camarera que me atenderá ese día se acerca a mí con sus patines color azul. No comeré algo demasiado serio, como casi nunca, así que me decido por unas patatas fritas con bacon y queso y por un perrito caliente. De beber, Coca Cola. La chica apunta y se va dirección a la barra mientras en el tocadiscos suena Elvis Presley, esa nueva gran promesa. Pensándolo seriamente las cosas han evolucionado mucho de unos años atrás a nuestros días. Hasta hace poco, la película en color era algo con lo que soñar. Ahora mismo Marilyn puede mostrar su pelo rubio al mundo sin ningún problema.
Retiro mi mirada y esta vez me fijo en ese nuevo establecimiento que inauguraron hace unas semanas. Nada nuevo, uno más de comida rápida, McDonald´s. Como el Burger´s que hay enfrente, sí, pero seguro que de estos no tienen en la Unión Soviética. Giro mi muñeca y veo la hora, acelerándome al comprobar que me quedan menos de treinta minutos para comer. Por suerte, me traen la comida en ese mismo instante. Más que comer, devoro, en parte porque mi tripa ruge sin parar, en parte porque los segundos van más rápido de lo normal.
Poco más de diez minutos después, voy camino de mi trabajo de nuevo. Perdida en mis pensamientos, imaginándome el futuro, reflexionando sobre los posibles avances. No pueden ser muchos, la ciencia corre deprisa, también lo hace la tecnología. A la vez que entro en la oficina y me quito el lazo del pelo y las gafas de sol, imagino un año 2005 con coches volando por las calles. La gente está empeñada con que dentro de poco el hombre pisará la Luna. Yo, en mi contínuo afán por llevar la contraria, no lo creo. Aún tardaremos al menos unos quince años. Eso sí, lo haremos nosotros y no la URSS, que parece empeñada en superarnos. Igual que nosotros a ellos.
Piso las baldosas grises otra vez y parece como si los colores controlasen mis pensamientos, estos vuelven a perderse entre papeles y máquinas de escribir. Entre tacones y vestidos grises. Entre copias con sonrisas impermeables. Y en medio me despisto yo. Vuelta al trabajo.
Todas iguales, uniformadas sin uniforme, elegantes sin elegancia, obligadas sin obligación. Parece que les gusta dejarse llevar por lo dictado. Los vestidos con falda de tubo con los que puedes bajar la vista hasta justo debajo de las rodillas y en los que los franceses marcan las mangas abundan en la estancia. Dejarán el vuelo para sus fines de semana en el campo, como lo haría cualquier madre que merezca la pena en esta época.Me muevo por el lugar en busca de mi máquina Underwood para mecanografiar lo debido mientras observo a todas y cada una de las copias que me rodean. Seguramente yo sea otra de ellas, pero por lo menos no me coloco un vestido gris en forma de tubo mañana a mañana. Eso ya me hace sentir especial, suene o no prepotente. Ellas, que tienen marido y tres hijos, al menos uno o dos rubios. Ellas, que dedican su tiempo libre a cocinar pastel de manzana o arándanos. Ellas, americanas de los años cincuenta.
Observo sus peinados, exageradamente rizados. Sí, ellas también son en su mayoría rubias, alguna privilegiada puede contemplar su pelo castaño frente al espejo cada día, pero son raras. Esos peinados, decía, esa permanente que les ha costado largos minutos de espera, eso marca su estilo. Algunas quieren sentirse especiales poniéndose unos guantes que les llegan a las muñecas, a juego con el vestido, por supuesto. Aún así, el color solo puede verse en la avenida, asomándose a las ventanas que dan a las grandes calles, plagadas de Corvettes brillantes y rojos. A la gente le gusta lo llamativo, o eso parece.
Miro mi reloj para comprobar que es mi hora de comer, cojo mi ficha y la meto en la perforadora para que conste mi salida. Una vez fuera, con mis zapatos taconeando en el suelo de la calle, me coloco las gafas de sol y me enlazo el pelo con un pañuelo que anime mi atuendo algo más. Soy una excéntrica de época, para qué negarlo. Busco y encuentro una cafetería de esas en las que las camareras te sirven subidas a unos patines, los adoro.Me siento frente a la ventana y presto atención al cine de la acera de enfrente, hay una gran fila que llega casi hasta la entrada del comercio de al lado, todo el mundo está deseando ver esa nueva película de la Monroe, La Tentación Vive Arriba creo que se llamaba. Desde que esa chica tan guapa había comenzado a salir en la gran pantalla, hace aproximadamente cinco años, nadie parecía capaz de pararla. A pesar de que, para mi gusto, no tenía más que ese envidiable físico y solo un trágico final podría hacerla perdurar tras su retirada.
La camarera que me atenderá ese día se acerca a mí con sus patines color azul. No comeré algo demasiado serio, como casi nunca, así que me decido por unas patatas fritas con bacon y queso y por un perrito caliente. De beber, Coca Cola. La chica apunta y se va dirección a la barra mientras en el tocadiscos suena Elvis Presley, esa nueva gran promesa. Pensándolo seriamente las cosas han evolucionado mucho de unos años atrás a nuestros días. Hasta hace poco, la película en color era algo con lo que soñar. Ahora mismo Marilyn puede mostrar su pelo rubio al mundo sin ningún problema.
Retiro mi mirada y esta vez me fijo en ese nuevo establecimiento que inauguraron hace unas semanas. Nada nuevo, uno más de comida rápida, McDonald´s. Como el Burger´s que hay enfrente, sí, pero seguro que de estos no tienen en la Unión Soviética. Giro mi muñeca y veo la hora, acelerándome al comprobar que me quedan menos de treinta minutos para comer. Por suerte, me traen la comida en ese mismo instante. Más que comer, devoro, en parte porque mi tripa ruge sin parar, en parte porque los segundos van más rápido de lo normal.
Poco más de diez minutos después, voy camino de mi trabajo de nuevo. Perdida en mis pensamientos, imaginándome el futuro, reflexionando sobre los posibles avances. No pueden ser muchos, la ciencia corre deprisa, también lo hace la tecnología. A la vez que entro en la oficina y me quito el lazo del pelo y las gafas de sol, imagino un año 2005 con coches volando por las calles. La gente está empeñada con que dentro de poco el hombre pisará la Luna. Yo, en mi contínuo afán por llevar la contraria, no lo creo. Aún tardaremos al menos unos quince años. Eso sí, lo haremos nosotros y no la URSS, que parece empeñada en superarnos. Igual que nosotros a ellos.
Piso las baldosas grises otra vez y parece como si los colores controlasen mis pensamientos, estos vuelven a perderse entre papeles y máquinas de escribir. Entre tacones y vestidos grises. Entre copias con sonrisas impermeables. Y en medio me despisto yo. Vuelta al trabajo.
lunes, 16 de mayo de 2011
Mañanas
Y es que adoro cualquier mañana a tu lado, pero hoy me apetece sentirme especial. Tampoco pido mucho, solo algo diferente. No quiero que obvies los besos, ni las frases cortas pero llenas de sentido que me dices. Ni siquiera pido que dejes de hacer lo típico, que no des los buenos días por ser demasiado normal, no. Porque todo lo que ya estás habituado a hacer y decir es perfecto. Sin embargo, hoy soy amiga de los pluses y me encantaría que se uniesen a nuestros desayunos.
A lo mejor el cambiar el café por el nesquik conseguiría que volviese a mi infancia, probablemente prefiera que tomes un capuchino que me dé una excusa para poder besarte nada más terminar de beberlo o lo mismo no necesito excusas. A lo mejor me estoy volviendo muy tonta, pero hoy quiero una rosa por cada metro que ande, deseo un beso por palabra y una sonrisa por segundo. No es más que una racha, tranquilo, no deberás soportarme en este estado durante más de un día. Lo siento, hoy estoy ñoña. Hoy estoy amorosa. Hoy estoy pesada y necesito que me correspondan, nada más.
Espero que tengas paciencia porque hoy la necesitarás. Según pasen las semanas, según pasen los meses, irás descubriendo esas partes de mí que no a todo el mundo gustan. Porque hay gente muy quisquillosa o porque posiblemente yo me ponga muy pesada. Porque hay gente muy poco comprensiva o porque probablemente yo me vuelva muy intransigente, no lo sé. Sea como sea, me parece que ahora es a ti a quién le toca saber la respuesta.
Aún no he descubierto la causa de estas rachas, no tengo claro si se deben a una alegría extrema que llega sin previo aviso o si, por el contrario, los bajones me inspiran en ese sentido. Si hay suerte, tu podrás contármelo.
El caso es que esta mañana el suspiro se me quedaría en la punta de la lengua si me susurrases una frase de mi poema de Pedro Salinas favorito, ese que tengo escrito en la pared de mi habitación que tanto te gusta. Te adoraría aún más si me trajeses el desayuno a la cama y sería perfecto que esta enamoradiza mujer que desea un caballero recibiese su plato favorito. No, no quiero abusar, son solo antojos, pero realmente los agradecería.
Porque hoy necesito todos los mimos que puedas darme, cualquier cosa empalagosa que en otros momentos habría sido excesiva ahora sería la mejor elección. Seguramente sea una romántica de incógnito, una de esas que dice no serlo pero que se derrite cada vez que ve estas azucaradas películas que siempre acaban igual. Yo que sé, mi cabeza hoy no está para esas cosas, ni esas ni ningunas otras...
... ¿Y si me apetece celebrar San Valentín en diciembre?
¿Y qué pasa si yo hoy quiero que me sirvas el zumo en una copa de champán?
A lo mejor el cambiar el café por el nesquik conseguiría que volviese a mi infancia, probablemente prefiera que tomes un capuchino que me dé una excusa para poder besarte nada más terminar de beberlo o lo mismo no necesito excusas. A lo mejor me estoy volviendo muy tonta, pero hoy quiero una rosa por cada metro que ande, deseo un beso por palabra y una sonrisa por segundo. No es más que una racha, tranquilo, no deberás soportarme en este estado durante más de un día. Lo siento, hoy estoy ñoña. Hoy estoy amorosa. Hoy estoy pesada y necesito que me correspondan, nada más.
Espero que tengas paciencia porque hoy la necesitarás. Según pasen las semanas, según pasen los meses, irás descubriendo esas partes de mí que no a todo el mundo gustan. Porque hay gente muy quisquillosa o porque posiblemente yo me ponga muy pesada. Porque hay gente muy poco comprensiva o porque probablemente yo me vuelva muy intransigente, no lo sé. Sea como sea, me parece que ahora es a ti a quién le toca saber la respuesta.
Aún no he descubierto la causa de estas rachas, no tengo claro si se deben a una alegría extrema que llega sin previo aviso o si, por el contrario, los bajones me inspiran en ese sentido. Si hay suerte, tu podrás contármelo.
El caso es que esta mañana el suspiro se me quedaría en la punta de la lengua si me susurrases una frase de mi poema de Pedro Salinas favorito, ese que tengo escrito en la pared de mi habitación que tanto te gusta. Te adoraría aún más si me trajeses el desayuno a la cama y sería perfecto que esta enamoradiza mujer que desea un caballero recibiese su plato favorito. No, no quiero abusar, son solo antojos, pero realmente los agradecería.
Porque hoy necesito todos los mimos que puedas darme, cualquier cosa empalagosa que en otros momentos habría sido excesiva ahora sería la mejor elección. Seguramente sea una romántica de incógnito, una de esas que dice no serlo pero que se derrite cada vez que ve estas azucaradas películas que siempre acaban igual. Yo que sé, mi cabeza hoy no está para esas cosas, ni esas ni ningunas otras...
... ¿Y si me apetece celebrar San Valentín en diciembre?
¿Y qué pasa si yo hoy quiero que me sirvas el zumo en una copa de champán?
¡Si me llamaras, sí,
si me llamaras!
Lo dejaría todo,
todo lo tiraría:
los precios, los catálogos,
el azul del océano en los mapas,
los días y sus noches,
los telegramas viejos
y un amor.
Tú, que no eres mi amor,
¡si me llamaras!
Y aún espero tu voz:
telescopios abajo,
desde la estrella,
por espejos, por túneles,
por los años bisiestos
puede venir. No sé por dónde.
Desde el prodigio, siempre.
Porque si tú me llamas
-¡si me llamaras, sí, si me llamaras!-
será desde un milagro,
incógnito, sin verlo.
Nunca desde los labios que te beso,
nunca desde la voz que dice:
"No te vayas."
si me llamaras!
Lo dejaría todo,
todo lo tiraría:
los precios, los catálogos,
el azul del océano en los mapas,
los días y sus noches,
los telegramas viejos
y un amor.
Tú, que no eres mi amor,
¡si me llamaras!
Y aún espero tu voz:
telescopios abajo,
desde la estrella,
por espejos, por túneles,
por los años bisiestos
puede venir. No sé por dónde.
Desde el prodigio, siempre.
Porque si tú me llamas
-¡si me llamaras, sí, si me llamaras!-
será desde un milagro,
incógnito, sin verlo.
Nunca desde los labios que te beso,
nunca desde la voz que dice:
"No te vayas."
lunes, 9 de mayo de 2011
Sueños
Me desperté sin saber muy bien lo que había soñado, se me había olvidado completamente y pensé que nunca lo recordaría, la única información que me había quedado era la sensación de emoción que sabía que desaparecería en cuestión de segundos. Normalmente, los recuerdos van distorsionándose según pasa el tiempo y, probablemente, de lo que yo me acordé no fue lo que realmente soñé. Lo más seguro es que eso fuese lo que deseara, eso es lo más seguro.
Si te estás preguntando qué ocupó mi mente durante la noche, tan solo necesitaré una palabra para que logres comprenderlo. Él. Él todo el tiempo. Irremediable y exclusivamente él. Tranquila, no debes preocuparte, sé a qué se debe, se debe a que él ocupó mi último pensamiento del día. Y también el primero, para qué negarlo.
No, no hace falta que formules la pregunta, esa teoría no es cierta. No es verdad que el que esté en mi mente en esos dos momentos del día, el primero y el último, sea para mí algo que prefiero ni nombrar por ser demasiado importante. No, no y no, me niego. Sobre todo en estos momento en los que no me puedo permitir que eso ocurra. Porque tengo otras preocupaciones, porque no es justo y porque no quiero.
No pienso escucharte, no pienso hacer caso a lo que me digas, me da igual, no quiero y ya está. Ya, ya sé que un tsunami no pregunta antes de arrasar con todo, ni se preocupa por si quieres o no que pase, pero es que él no es un tsunami, ni cualquier otro tipo de calamidad meteorológica.
¡Qué no! ¡Qué te digo que no! Que a mi no me convences. Eso no es verdad yespero que nunca lo será. No te pienso repetir las causas. ¡Qué no! Que ni su pelo negro, ni sus ojos verdes, ni su piel morena perduran en mi mente más tiempo del debido. A lo mejor unos segundos, pero solo unos segundos y nada más. Que su sonrisa no es especial, ni tampoco lo son sus carcajadas o sus miradas. Que sí, que sé que me cuesta apartar la mirada cada vez que su verde se cruza con mi azul y me encanta el contraste de mi pelo rubio con el suyo negro, sí, pero eso no quiere decir nada.
¿Se puede saber por qué estás tan pesada? Que no sigas insistiendo, te digo que no. Sí, he suspirado cuando he pensado en él ¿Qué pasa? Eso tampoco tiene por qué tener ese significado, simplemente he suspirado. No, no te intento convencer, a mí misma tampoco. Solo quiero que pares de decir esas tonterías. ¿Que qué soñé? Eso es fácil, caminábamos por un parque, caminábamos de manera lenta, disfrutando del sol y de la brisa y a cada paso íbamos envejeciendo un poco más. Sí, envejecíamos, pero seguíamos con la sonrisa en los labios. Me desperté con esa sensación de felicidad, aunque solo me duró unos instantes.
No, no estoy sonriendo, no tengo cara de tonta ni nada de eso. No, no significa nada para mí. El por qué soñé eso no lo sé, ni tampoco estoy intentando averiguarlo, simplemente ha pasado. La gente también sueña cosas estúpidas ¿No? También pueden soñarse cosas sin sentido y que estén fuera de lugar. Pues ya está.
No, no intento creérmelo yo.Bueno, quizás un poco sí. Yo estoy segura ¿Lo estás tú? No vale responderme con otra pregunta, ya te he dicho que yo estoy segura ¿Intentas hacerme dudar? Pues te alegrará saber que lo has conseguido, dudo. Dudo mucho. O lo mismo lo malo es que no dudo, que lo tengo claro, pero tengo claro lo que no quería saber... Dios mío ¿Y ahora que hago yo?
-No sé, a mí no me preguntes, yo solo soy tu cabeza. Quizás deberías decírselo a alguien unos centímetros más abajo. Sí, me refiero a él, a tu corazón.
Si te estás preguntando qué ocupó mi mente durante la noche, tan solo necesitaré una palabra para que logres comprenderlo. Él. Él todo el tiempo. Irremediable y exclusivamente él. Tranquila, no debes preocuparte, sé a qué se debe, se debe a que él ocupó mi último pensamiento del día. Y también el primero, para qué negarlo.
No, no hace falta que formules la pregunta, esa teoría no es cierta. No es verdad que el que esté en mi mente en esos dos momentos del día, el primero y el último, sea para mí algo que prefiero ni nombrar por ser demasiado importante. No, no y no, me niego. Sobre todo en estos momento en los que no me puedo permitir que eso ocurra. Porque tengo otras preocupaciones, porque no es justo y porque no quiero.
No pienso escucharte, no pienso hacer caso a lo que me digas, me da igual, no quiero y ya está. Ya, ya sé que un tsunami no pregunta antes de arrasar con todo, ni se preocupa por si quieres o no que pase, pero es que él no es un tsunami, ni cualquier otro tipo de calamidad meteorológica.
¡Qué no! ¡Qué te digo que no! Que a mi no me convences. Eso no es verdad y
¿Se puede saber por qué estás tan pesada? Que no sigas insistiendo, te digo que no. Sí, he suspirado cuando he pensado en él ¿Qué pasa? Eso tampoco tiene por qué tener ese significado, simplemente he suspirado. No, no te intento convencer, a mí misma tampoco. Solo quiero que pares de decir esas tonterías. ¿Que qué soñé? Eso es fácil, caminábamos por un parque, caminábamos de manera lenta, disfrutando del sol y de la brisa y a cada paso íbamos envejeciendo un poco más. Sí, envejecíamos, pero seguíamos con la sonrisa en los labios. Me desperté con esa sensación de felicidad, aunque solo me duró unos instantes.
No, no estoy sonriendo, no tengo cara de tonta ni nada de eso. No, no significa nada para mí. El por qué soñé eso no lo sé, ni tampoco estoy intentando averiguarlo, simplemente ha pasado. La gente también sueña cosas estúpidas ¿No? También pueden soñarse cosas sin sentido y que estén fuera de lugar. Pues ya está.
No, no intento creérmelo yo.
-No sé, a mí no me preguntes, yo solo soy tu cabeza. Quizás deberías decírselo a alguien unos centímetros más abajo. Sí, me refiero a él, a tu corazón.
martes, 3 de mayo de 2011
Solo eso. Una casualidad.
Pieza a pieza, con dedicación y esmero. Poco a poco, sin prisas, porque había todo el tiempo del mundo. Hace tres años que empezamos con ese puzle de mil y una piezas. Poniendo una cada día. Hoy lo podíamos haber terminado, pero al buscar la parte que nos faltaba, esa pieza mil uno, no la hemos encontrado. Se nos ha perdido.
Y de repente nos convertimos en las piezas, y alargamos los brazos, nos rozamos con los dedos. Sin embargo, no podemos mantenernos en esa postura todo el tiempo y volvemos a alejarnos, dejando un abismo en medio que nos era imposible obviar.
Buscamos la pieza, miramos por todos lados, pero nada. Nuestra mente se llena de ojalás y de frases en condicional. Alguien la encontrará, alguien la recogerá, alguien sabrá ponerla y terminar el puzle, alguien. Nosotros no. Quizás si recolocamos el salón, ponemos los muebles en su sitio, ponemos todo en su sitio, conseguiremos descubrir dónde está, pero eso ya lo hicimos y volvimos a convertirlo en un mercadillo de esos que ponen los domingos, seguimos igual. No está completo, algo falta.
Qué casualidad que todo esto ocurriera cuando dejaste de llenar habitaciones vacías con tu simple presencia, cuando el frío se metió entre nosotros. He de decir que yo no quería que viniera, el problema es que no pude hacer nada por evitarlo. Ni tú tampoco.
No te culpo, ni a mi. Nos despistamos, nos empeñamos en terminar lo que teníamos y no pensamos en las consecuencias. Nos dejamos llevar y nos equivocamos ¿Y qué más da? La vida es así y está para eso, para cometer errores. Perdona, este ha sido a costa tuya. No pasa nada, este ha sido a costa mía. Sé que tú también buscas la pieza desesperado, sé que estás levantando sillones, cojines y mantas. Ojalá la encontremos, ojalá la palabra ojalá desaparezca de nuestro vocabulario y los verbos en condicional pasen a ser en presente. Lo dudo, pero hemos tardado tanto en llegar al final del puzle, hemos sufrido tanto. A lo mejor ese ha sido el problema.
Qué casualidad que esto pase cuando las palomitas y la manta era lo único familiar de nuestras tardes de lluvia y la calefacción lo que hacia menos notable la gelidez, cuando mis pies fríos han dejado de buscarte por las noches para tratar de calentarse. Qué casualidad.
El silencio se hace presente, como ultimamente siempre ocurre. Antes no nos importaba, porque los silencios no eras momentos de incomodidad en los que nuestras miradas se dirigían a las baldosas que pisaban nuestros pies. Antes podiamos hablar en silencio. Antes, antes... De repente cambiamos el condicional por el pasado. Porque antes todo era diferente y la pieza aún estaba en la caja, preparada para ser colocada en cualquier momento.
Y seguramente deberíamos aceptar la realidad, dejar de buscar algo que ha desaparecido hace demasiado tiempo. Ya ni siquiera es la pieza, tampoco somos nosotros. Es el verbo en presente, ese que deseamos encontrar, el que nos dice que todo ha acabado, que la pieza se ha perdido y no hay nada que hacer, que quizás otra persona consiga que la pongamos, solo que por separado.
Pero qué casualidad que esto ocurra cuando la rosa que me regalaste por San Valentín se marchitó, cuando lo cotidiano se ha transformado en aburrido, cuando nuestra cama se ha hecho dos metros más grande. Sí, qué casualidad.
(Las musas han vuelto, sí. Solo que ahora me acosan con estos textos ñoño-amorosos contínuamente. Prometo parar, el problema es que no sé cuando...)
Y de repente nos convertimos en las piezas, y alargamos los brazos, nos rozamos con los dedos. Sin embargo, no podemos mantenernos en esa postura todo el tiempo y volvemos a alejarnos, dejando un abismo en medio que nos era imposible obviar.
Buscamos la pieza, miramos por todos lados, pero nada. Nuestra mente se llena de ojalás y de frases en condicional. Alguien la encontrará, alguien la recogerá, alguien sabrá ponerla y terminar el puzle, alguien. Nosotros no. Quizás si recolocamos el salón, ponemos los muebles en su sitio, ponemos todo en su sitio, conseguiremos descubrir dónde está, pero eso ya lo hicimos y volvimos a convertirlo en un mercadillo de esos que ponen los domingos, seguimos igual. No está completo, algo falta.
Qué casualidad que todo esto ocurriera cuando dejaste de llenar habitaciones vacías con tu simple presencia, cuando el frío se metió entre nosotros. He de decir que yo no quería que viniera, el problema es que no pude hacer nada por evitarlo. Ni tú tampoco.
No te culpo, ni a mi. Nos despistamos, nos empeñamos en terminar lo que teníamos y no pensamos en las consecuencias. Nos dejamos llevar y nos equivocamos ¿Y qué más da? La vida es así y está para eso, para cometer errores. Perdona, este ha sido a costa tuya. No pasa nada, este ha sido a costa mía. Sé que tú también buscas la pieza desesperado, sé que estás levantando sillones, cojines y mantas. Ojalá la encontremos, ojalá la palabra ojalá desaparezca de nuestro vocabulario y los verbos en condicional pasen a ser en presente. Lo dudo, pero hemos tardado tanto en llegar al final del puzle, hemos sufrido tanto. A lo mejor ese ha sido el problema.
Qué casualidad que esto pase cuando las palomitas y la manta era lo único familiar de nuestras tardes de lluvia y la calefacción lo que hacia menos notable la gelidez, cuando mis pies fríos han dejado de buscarte por las noches para tratar de calentarse. Qué casualidad.
El silencio se hace presente, como ultimamente siempre ocurre. Antes no nos importaba, porque los silencios no eras momentos de incomodidad en los que nuestras miradas se dirigían a las baldosas que pisaban nuestros pies. Antes podiamos hablar en silencio. Antes, antes... De repente cambiamos el condicional por el pasado. Porque antes todo era diferente y la pieza aún estaba en la caja, preparada para ser colocada en cualquier momento.
Y seguramente deberíamos aceptar la realidad, dejar de buscar algo que ha desaparecido hace demasiado tiempo. Ya ni siquiera es la pieza, tampoco somos nosotros. Es el verbo en presente, ese que deseamos encontrar, el que nos dice que todo ha acabado, que la pieza se ha perdido y no hay nada que hacer, que quizás otra persona consiga que la pongamos, solo que por separado.
Pero qué casualidad que esto ocurra cuando la rosa que me regalaste por San Valentín se marchitó, cuando lo cotidiano se ha transformado en aburrido, cuando nuestra cama se ha hecho dos metros más grande. Sí, qué casualidad.
(Las musas han vuelto, sí. Solo que ahora me acosan con estos textos ñoño-amorosos contínuamente. Prometo parar, el problema es que no sé cuando...)
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)
