Me levanté acalorada y vi clara la llegada del verano. Dieciocho días, poco más de dos semanas y todo acabaría. Terminaría tras cuatro años llenos de todo tipo de experiencias. Llegaría a su fin avisando previamente, pero sin anestesia.
Aún no tengo claro si estoy preparada para vivir el último día, el último minuto. No sé si podré pisar la última baldosa, esa que me lleve al exterior de ese edificio que me ha estado dando la bienvenida durante más de diez años. No importa si no lo estoy, deberé hacerlo en demasiado poco tiempo. Parece que fue ayer cuando tenía mi primera clase de Latín, cuando hicimos la primera guardería que nos daría dinero para ese viaje a Roma.
Voy más allá y parece que sigo estando en el avión que me llevó a Heidelberg, en el que me hizo poner mis pies en Londres o en el instante en el que pisé mi clase de 1º de ESO por primera vez. Queriendo disfrutar de cada instante, incluso ansiando llegar de una vez a mi curso actual y liberarme de esas clases que tanto odiaba, esas de ciencias de las que quería olvidarme.
Algo nuevo nos espera ahí fuera, en el exterior. Algunas cosas serán buenas, otras malas. Sea como sea, no puedo evitar que un nudo se quedé en mi estómago cada vez que pienso en ese primero minuto en un nuevo lugar. Tampoco puedo quitarme el de la garganta cuando se me viene a la cabeza el instante de la despedida. Estoy casi segura de que las lágrimas acompañarán esos momentos. Sí, lo estoy positivamente.
Años atrás adoraba la llegada del verano, a pesar de ser chica de invierno, me encantaba levantarme por la mañana y no tener nada que hacer. Ahora mismo tengo sentimientos encontrados, sigo esperando el verano y sus vacaciones con ganas. Sin embargo, algo cambia cuando pienso que no será como anteriormente, que cuando ese momento llegue no podré esperar a septiembre para verlo todo igual que tres meses atrás. Que, cuando ese mes llegue, me tocará adaptarme a algo diferente, a un lugar distinto. Deberé empezar de cero.
Tengo ganas de conocer gente nueva, pero no quiero dejar atrás a otros que me han dado tantísimo estos años. Me apetece salir del barrio, lo que pasa es que eso significa la despedida definitiva. Espero que el fin no sea tan drástico y que esa gente que me ha demostrado tanto no se vaya totalmente de mi vida. Sé que me estoy poniendo ñoña, también lo supe nada más comenzar la entrada, durante esa primera letra.
No hay muchas formas de expresar esos años que he pasado en su compañía, es sumamente díficil escribirlo todo en esta diminuta entrada, resumir cada instante en tan pocas líneas. Porque para esto las oraciones se quedan cortas. También lo hacen las ideas, sé perfectamente lo que ha significado para mi todo este tiempo, lo que no sé tan bien es que palabras debo usar para expresarlo. Ha sido tanto y se ha pasado tan rápido.
Es que aún recuerdo cuando en ese primer curso veía tan lejos el final, cuando simplemente deseaba que el tiempo pasase, que pasase rápido y llegase lo que ya he nombrado, las vacaciones de verano. También me acuerdo de los profesores, de las primeras clases. De lo que aprendí en esos días en los que parecíamos bebés inspeccionando ese nuevo mundo.
Al igual que recuerdo ese principio, sé que mi mente guardará el final para siempre. Porque merecerá la pena vivirlo solo para poder guardar un gran recuerdo de estos años. Sé que me quedo corta, lo sé. La explicación es que se hace demasiado complicado expresar todo lo que siento al pensar en ese momento. Probablemente lo mejor sea terminar esta entrada despidiéndome de todos, agradeciéndoos todo. Eso haré.
¡Muchas gracias y hasta siempre!
PD. He decidido que cerraré este blog al terminar el curso, abriré otro en verano. El que quiera tener la dirección solo debe pedírmela. Así mantendremos el contacto.
lunes, 6 de junio de 2011
viernes, 3 de junio de 2011
In Memoriam
Siento las gotas de agua golpear los cristales con fuerza, a la misma vez observo como las parejas saltan los charcos con sus risas irreversibles. Mi respiración empaña la ventana de manera irregular, creándome la necesidad de dibujar un corazón en esa zona. Con la cabeza apoyada en la ventana, la mente en otra parte. Donde normalmente está, en esa última noche. En ese coche estropeado. En ese impuntual taller.
Porque aún no te perdono que no me despertases para desayunar contigo, que no me pidieses que te llevase yo al trabajo, aún no te lo perdono. Que me debes un café, un desayuno en la cama, un beso. O miles. Y no se me olvidan, me los debes.
Mientras mi mirada se pierde entre los edificios y rascacielos del precioso Madrid en el que vivimos. Sí, en plural. A la vez que siento el suelo de madera bajo mis pies y me resguardo del invierno con una chaqueta de lana de una talla más grande de lo que necesito, espero oir tus llaves en la puerta y tus pasos en el parqué. Tu voz salundándome y tu sonrisa pidiéndome un beso. Sigo esperando.
Te echo de menos, mucho. Echo de menos tus caricias, tus historias, tus preocupaciones. Hace ya siete años desde esa mañana en la que se me olvidó ponerme el despertador para llevarte a trabajar. Tu no querías, de hecho creo que tuviste que ver en que no sonase. En que las sábanas me dejaron pegada a la cama. Te culparé toda la vida por ello en un desesperado intento por liberarme de la rabia. Llueve fuera, también lo hace dentro, aunque de manera oculta y calmada. Aprendí con los años.
No me aparto, no me muevo un milímetro, estoy a gusto como hace demasiado tiempo que no lo estaba. Este era nuestro rincón, paso mis tardes aquí. Ni quiero ni puedo evitarlo. Allí pasamos esa última noche, allí contamos estrellas en esta ciudad llena de polución, allí seguiré pasando las tardes, frente al gran ventanal del salón.
Me preguntaré toda mi vida por qué saltaste el metro que hay a poco más de dos calles de nuestro portal. Qué te hizo pasar de largo por la parada de autobús y cómo pudiste ser tan despistado como para olvidarte el monedero, no permitiéndote pedir un taxi. Desconozco el motivo por el que ni siquiera cogiste las llaves de mi coche, te habría permitido usarlo sin problemas.
La lluvia aumenta y veo como un hombre moreno corre desesperadamente para llegar a los soportales. Se parece a ti, como tantos otros. Me ha parecido verte tantas veces en estos años, demasiadas. Nadie me cree, tampoco yo misma lo hago, pero te he visto. Y siempre me haces recordar ese último primer beso.
Me desperté sola, encendí la televisión y la dejé abandonada en el salón. Me preparé el desayuno mientras hacia como si escuchase las noticias. Volví en busca del sofá con el tazón entre mis manos. Lo vi, lo vi en la televisión y no caí en la cuenta, no caí. Un mal presentimiento me sobrevino cuando procesé la información que el avance informativo daba. Te llamé, te llamé mil veces. Las llamadas perdidas aún siguen esperando para ser atendidas. Esa mañana me levanté sola, me desperté con las noticias y te insulté, te grité, te pedí explicaciones.
¿Por qué? Pues porque aún no entiendo lo que te hizo coger el tren ese maldito once de marzo.
Porque aún no te perdono que no me despertases para desayunar contigo, que no me pidieses que te llevase yo al trabajo, aún no te lo perdono. Que me debes un café, un desayuno en la cama, un beso. O miles. Y no se me olvidan, me los debes.
Mientras mi mirada se pierde entre los edificios y rascacielos del precioso Madrid en el que vivimos. Sí, en plural. A la vez que siento el suelo de madera bajo mis pies y me resguardo del invierno con una chaqueta de lana de una talla más grande de lo que necesito, espero oir tus llaves en la puerta y tus pasos en el parqué. Tu voz salundándome y tu sonrisa pidiéndome un beso. Sigo esperando.
Te echo de menos, mucho. Echo de menos tus caricias, tus historias, tus preocupaciones. Hace ya siete años desde esa mañana en la que se me olvidó ponerme el despertador para llevarte a trabajar. Tu no querías, de hecho creo que tuviste que ver en que no sonase. En que las sábanas me dejaron pegada a la cama. Te culparé toda la vida por ello en un desesperado intento por liberarme de la rabia. Llueve fuera, también lo hace dentro, aunque de manera oculta y calmada. Aprendí con los años.
No me aparto, no me muevo un milímetro, estoy a gusto como hace demasiado tiempo que no lo estaba. Este era nuestro rincón, paso mis tardes aquí. Ni quiero ni puedo evitarlo. Allí pasamos esa última noche, allí contamos estrellas en esta ciudad llena de polución, allí seguiré pasando las tardes, frente al gran ventanal del salón.
Me preguntaré toda mi vida por qué saltaste el metro que hay a poco más de dos calles de nuestro portal. Qué te hizo pasar de largo por la parada de autobús y cómo pudiste ser tan despistado como para olvidarte el monedero, no permitiéndote pedir un taxi. Desconozco el motivo por el que ni siquiera cogiste las llaves de mi coche, te habría permitido usarlo sin problemas.
La lluvia aumenta y veo como un hombre moreno corre desesperadamente para llegar a los soportales. Se parece a ti, como tantos otros. Me ha parecido verte tantas veces en estos años, demasiadas. Nadie me cree, tampoco yo misma lo hago, pero te he visto. Y siempre me haces recordar ese último primer beso.
Me desperté sola, encendí la televisión y la dejé abandonada en el salón. Me preparé el desayuno mientras hacia como si escuchase las noticias. Volví en busca del sofá con el tazón entre mis manos. Lo vi, lo vi en la televisión y no caí en la cuenta, no caí. Un mal presentimiento me sobrevino cuando procesé la información que el avance informativo daba. Te llamé, te llamé mil veces. Las llamadas perdidas aún siguen esperando para ser atendidas. Esa mañana me levanté sola, me desperté con las noticias y te insulté, te grité, te pedí explicaciones.
¿Por qué? Pues porque aún no entiendo lo que te hizo coger el tren ese maldito once de marzo.
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