martes, 26 de abril de 2011

Jaque mate

Mueves ficha por segunda vez. Ganaste la primera partida, pero cometiste el error de mostrar tu prepotencia aceptando otra más. Como si pensases que juguemos las veces que juguemos tu siempre me vencerás. No solo vencerás, sino que además me dejarás por los suelos. Como la última vez. Pero hiciste trampas, estoy segura de que no jugaste limpio en nuestra primera partida.

Tres movimientos, solo tres movimientos y me encerraste, dejándome sin salida alguna. Lograste hacerme caer lentamente y sin darme cuenta. Te aliaste con los peones, con la reina y te convertiste en el rey. El rey negro, fuiste el rey negro. Obligándome a mi a ser el blanco, un color claro e inocente, fácil de manchar, fácil de empañar. Ni siquiera te atreviste a jugar sin trucos, desde el principio miraste con desprecio a mis torres, a mis peones, a mis alfiles y a mi rey. Te comiste mis caballos y te los quedaste sin remordimiento alguno.

Y ahora me toca a mi. Y muevo ficha. Y te miro y sonrío con malicia. Porque no lo sabes, pero te estás cavando tu propia tumba con cada movimiento. Esto no ha hecho más que empezar, no obstante, ya me veo ganadora. Sí, ahora la prepotente soy yo, creo que fuiste tu quién me enseñaste a ser así. Tú me descubriste este juego, tú me hiciste querer jugarlo y desear ganarlo. Sin embargo, me faltaba lo más importante, se te olvidó indicarme una norma imprescindible. No se practica en pareja, es individual. Uno contra uno, no uno con el otro. Parece ser que se te pasó contármelo, el caso es que me tocó averiguarlo por mí misma. Algo no muy agradable y que, sin duda, tuvo que ver con que perdiese la partida.

Aparentemente te has quedado sin trucos, supuestamente te he dejado en blanco. A lo mejor has decidido jugar limpio, lo mismo has cambiado tus técnicas una vez me viste suplicarte un empate en el que mi humillación fuese menor y mi rey no se destrozase en pedacitos que luego debía recoger y pegar, probablemente has conocido lo que son los remordimientos, puede ser. Me da igual, sigue siendo demasiado tarde, la partida ya ha empezado y ahora no puedes retirarte.

He cambiado tanto que ya ni mis propios peones me reconocen, por tu culpa. Me he convertido en esto que soy, algo que odio, me he transformado en una reina negra, mi actual color. Una reina absolutista, una reina vengativa, una reina prepotente. Y lo detesto. Quiero cambiar, volver atrás, no aceptar el jugar la primera partida que irremediablemente desencadenó en esta segunda, esta que estoy a punto de ganar. Ojalá lo termine logrando. Sé que primero he de pasar el trámite de ganar esto, porque es un mero trámite, mi alfil amenaza a tu reina y yo te amenazo a ti. La reina negra amenaza al rey blanco, sarcástico color. ¿No te sientes ofendido por ser el blanco esta vez? Deberías, el blanco siempre pierde. El blanco siempre acaba mal. Gracias por hacerme comprobarlo.

Me has convertido en un caos, me has transformado en una reina colocada en la casilla equivocada o en el tablero equivocado. Algo tan patético como jugar conmigo al parchís o a la oca. Algo sin solución, de momento. Observo la partida detenidamente, estudio cada movimiento y posición de lo que te queda aún en pie, lo que no he destrozado ya con el mismo remordimiento que tú tuviste en su momento. No te quedan peones con los que defenderte, lo único que te queda es una torre. Una torre que no me molesta en absoluto, porque ya eres mío, porque ya no tienes escapatoria. Mueves ficha por segunda vez, solo que esta partida la gano yo.

sábado, 2 de abril de 2011

Viaja

Anúdate un pañuelo al cuello, coge tu Vespa y date una vuelta por Italia, déjate invadir por los años cincuenta y disfruta de la gastronomía. Visita Milán, Roma, Pisa y Verona. Termina tu paseo en Venecia. Bájate de la moto y súbete a una góndola, observa los canales, disfruta de las vistas y enámorate de tu acompañante. Ten un romance fugaz, pasea por todos los rincones de ese lugar. Aprovecha la magia para impregnarte de ella y siente todo lo especial y diferente que te transmita.

Tras eso, coge un avión y vete hasta Nueva York. Llama a uno de esos taxis amarillos y permite que te hagan una foto dentro de él. Siéntete intimidada por los enormes rascacielos y sube tres o cuatro veces al Empire State. Nótate pequeña al ponerte al lado de la Estatua de la Libertad. Retrata las vistas que más preciosas te parezcan y experimenta el ser parte de esa gran ciudad.

No puedes dejar de visitar San Francisco, pasa bajo el famoso puente Golden Gate, utiliza el tranvía para transportarte y mejora un poco tu inglés. Compra algún que otro souvenir y pasea descalza por la playa. Observa el contraste entre mar y boscaje y vuelve a inmortalizarlo. No te olvides de guardar una tarjeta de memoria de repuesto en el bolsillo, la necesitarás.

Sí, la necesitarás cuando visites las playas de Miami, que dejarán por los suelos a las de San Francisco. Descansa en ese destino, porque aún te quedan mucho más. Toma el sol, báñate y broncéate. No te irá mal cualquier recuerdo del calor en Noruega.

Visita los fiordos, mira como los árboles llenan las montañas de un intenso color verde. Si tienes suerte podrás disfrutar del blanco de la nieve sobre algunas de esas frondosas sierras. Acaba con la primera tarjeta de memoria que llevaste sacando un recuerdo que ni por asomo se parecerá al aspecto en vivo. Abrígate y no cojas frío, no te será agradable visitar Berlín con catarro.

Contempla los contrastes que ocupan cada rincón de la metrópoli. Comprueba como lo nuevo y lo antiguo se funden a pocos metros cuadrados y comienza a gastar la tarjeta de memoria de tu cámara dígital. Pasea por la Potsdamer Platz y cómprate una réflex, practica tu alemán en cualquier parte de la ciudad. Camina frente a la Puerta de Brandeburgo y párate para ver cada detalle, sigue andando y llega a la Gedächtniskirche o a la Alexanderplatz, incluso a ambas.

Sigue y sigue fotografiando sin parar mientras el avión te lleva a Londres. Llama a quien te apetezca desde una cabina telefónica y observa el Big Ben desde los cristales. Inmortaliza las vistas desde el London Eye y estrena tu nueva cámara réflex sacando instantáneas artísticas del Puente de Londres desde el Támesis. Disfruta de la lluvia y del té como nunca pensaste que harías y déjate llevar hasta cualquier callejuela que consiga que te pierdas durante unas horas.

No necesitarás volver a coger un avión para ir hasta Escocia. Déjate llevar por sus misterios, sus calles encantadas y sus leyendas. Cógete una barca y trata de navegar por el oscuro Lago Ness, busca al monstruo e intenta capturarlo con esa maravillosa réflex a la que se le acumula el trabajo. Siente miedo al no ver el fondo del negro lago. Sal de la barca y permite que te persuadan para comprar cualquier tontería siempre y cuando esta no cueste en exceso, que aún te quedan cosas por ver y París no es barata.

Sube a la Torre Eiffel y observa toda la capital desde las alturas. Comprueba como te habrías sentido en Nueva York si la Estatua de la Libertad estuviese en su tamaño real, pasea bajo El Arco del Triunfo y no te olvides de la única forma que tienes de recordar eso para siempre. Cómete también una crepe y averigua porque son tan típicas de allí desde el primer bocado. Mira el reloj y descubre que se te acaba el día, que te quedan varios destinos a los que ir.

Pasa por Sídney y asómbrate por enésima vez. Disfruta de Egipto y siéntete muy pequeñito al lado de las pirámides. No te olvides de Japón, explora otra forma de pensar. Vete hasta Tailandia, visita cada mágico sitio de Bangkok. Una vez hayas hecho todo esto, vuelve a Madrid.

Aquí deberás visitar el Templo de Debod, la Gran Vía y El Retiro, móntate en una barca y rema durante quince minutos, gastando las fotos que aún te sobren. Tras eso, recorre a pie cada espacio de la ciudad y vuelve a casa tan solo un poco más abierto de mente y sabiendo que aún te quedan muchas cosas por ver. No lo ovides, déjate atrapar por otras culturas, viaja.