¿Recuerdas aquella época en la que todas tus preocupaciones se basaban en no salirte al colorear o en aprederte el abecedario?
¿Recuerdas ese momento en el que deseabas hacerte mayor y, por consecuente, hacer todas esas cosas que hacían ellos?
Yo sí, y cada vez lo añoro más. Añoro no tener más que dos sumas de deberes, añoro esas tardes sin problemas, sin exámenes que estudiar, esas tardes sin disgustos, porque si los había, se fundamentaban en que uno hacía trampas jugando al escondite o en que se habían copiado de ti al hacer algo. Echo de menos el reírme por cualquier tontería, ya que, aunque ahora intente siempre buscarle el lado positivo a las cosas, reírme todo lo que pueda, divertirme todo lo que pueda, es obvio que nada será como antes.
Echo de menos que la mayor heroicidad que se podía hacer era decir "por mi y por todos mis compañeros". Echo de menos que mis padres me diesen un euro de paga los sábados y yo me ilusionase porque para mi era una fortuna. Echo de menos esos juegos, esas tonterías, esa inocencia.
Extraño no enterarme de las maldades del mundo, extraño esa ingenuidad que te hacía feliz. Extraño esas antiguas creencias. Extraño el pensar que todo puede pasar, que todo es posible.
Recuerdo el disfrute de las pequeñas cosas, pues todo lo que se aprendía se convertía en algo maravilloso, algo nuevo completamente. Las sonrisas eran reales, la gente era perfecta y no había ningún inconveniente en tu vida, no había nada que te pudiesen impedir hacer lo que te propusieses.
Adoro rememorar la falta de vergüenza que caracteriza a esa edad, hacer tonterías y no pensar que nadie te juzga, saber que nadie te juzga ¿Por qué? Porque eres un niño. Me encanta ver esas películas de Disney que tanto me gustaban de pequeña y que tantos dolores de cabeza daban a mis padres. Esas que veía una y otra vez y me seguían encantando. Y que aún me encantan.
La emoción cuando se te caía un diente de leche, cuando te levantabas y descubrías un regalo bajo tu almohada. Cuando tu mayor deseo era vestirte de princesa y ponerte los tacones de tu madre. Cuando estos se te salían, te quedaban grandes, pero te daba igual. Tu te los ponías y te caías con ellos millones de veces, aun así no desistías. Esos momentos en lo que siempre que te pasase algo, cualquier tontería, con ir a contárselo a tu madre se arreglaba. Porque aunque me guste ser autosuficiente, a veces también me encantaría que todo se solucionase tan simplemente.
Nadie se callaba nada, no existía el rencor, no existía el odio. Esas palabras estaban tachadas en tu diccionario particular.
Porque cuando eres pequeño quieres ser más mayor, quieres tener posibilidades de hacer más cosas, quieres ser autosuficiente, esa inocencia, el no entender ciertas bromas, ciertos comentarios te frustra. Pero no sabes lo que te pierdes al querer crecer tan rápido. La vida del niño es fácil y sencilla. La del adulto es bonita, eso es innegable, pero hay matices que siempre añoras, cosas que extrañas y gente a la que echas de menos. Como siempre, no se puede tener todo.

Yo también echo de menos la infancia :D había menos problemas o te lo solucionaban tus padres y no teníamos que tomar decisiones muy importantes, una de ellas, indecisión por los juguetes que te ibas a pedir para Navidad, jajaja.
ResponderEliminarJjajaj y tanto, esa se convertía en tu mayor preocupación... xDD
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